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Graham
Greene, la ética de la traición
Graham Greene, personaje de novela
MIGUEL GARCÍA-POSADA
ABC
Cultural, Madrid, España
4 octubre 2004 |
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A
GRAHAM Greene no le dieron el Premio Nobel, dicen, porque,
según los señores académicos, tenía
demasiado éxito comercial, curioso argumento
este que no utilizaron, por cierto, con Pearl S. Buck,
por ejemplo. Podían habérselo denegado
también en virtud de su extravagante biografía:
católico converso en país protestante,
converso y heterodoxo, cristiano simpatizante con las
causas irredentas (desde la España de los años
treinta hasta la Nicaragua sandinista), conspicuo miembro
del Servicio Secreto Británico. E inglés
difícil aun siendo británico hasta la
médula.
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Hubo bastante de fabuloso
en la vida de Greene, cuyo centenario celebramos ahora, y
esta novela de Pedro Juan Gutiérrez inserta al personaje
en un espacio que nunca le resultó ajeno: el mundo
del espionaje y el contraespionaje (El agente confidencial,
El factor humano, Nuestro hombre en La Habana,
cuyo título rehace el autor cubano en este Nuestro
GG en La Habana), del gansterismo y los bajos fondos:
mundo, en fin, propio de serie negra o novela policíaca.
Agotado su tan celebrado
ciclo de La Habana
contemplada (y deformada) con las lentes del «realismo
sucio», Gutiérrez ha elegido a Greene para adentrarse
en el universo de la novela policíaca, no para escribir
«otra» novela policíaca. Cada vez resulta
más claro, en efecto, que, al margen de su excelencia
estilística, los grandes cultivadores del género
(Hammett, Chandler, Himes, Cain) no supieron o no pudieron
escapar a sus coactivos códigos, con la excepción
quizá de Simenon y, en otro orden de cosas, de Conan
Doyle. Y ésta es la miseria del género: su condición
de literatura engagée, bien es verdad que no partidista,
ni doctrinaria, pero sí tributaria, hasta la esclavitud,
de rubias malditas, asesinos implacables, tenebrosos ambientes,
extrema violencia, todo un orbe convencional a fuerza de repetirse
de modo estereotipado.
Clamorosa grieta
Hay quienes no dudan en comparar a Chandler
con Faulkner, y eso en el orden del estilo puede ser reivindicable;
pero este juicio encierra una clamorosa grieta: la escritura
de Chandler no era libre, la de Faulkner sí; Chandler
estaba condicionado por los códigos del género
al que se adhería; Faulkner sólo tenía
que luchar con las limitaciones de toda escritura.
Por eso hay que
aplaudir la decisión inicial de Gutiérrez: utilizar
materiales de novela policíaca, pero no escribir una
novela policíaca. La conversión de Greene en
personaje novelesco le abría muchas posibilidades;
Gutiérrez las explora hasta entregarnos un muy válido
texto sobre la pugna de los servicios secretos de la época
por la captura de los criminales nazis refugiados en América
y, más concretamente, en Cuba, en La Habana de los
años cincuenta (la misma de Nuestro hombre,
que presenta similares tonalidades), regentada por el régimen
corrupto de Batista, donde las bandas de hampones campaban
a sus anchas. Es la época de El americano impasible
(1956), la gran novela sobre el desastre de Occidente en la
Indochina aún francesa; de hecho, vemos a Greene dando
retoques a su novela.
Lujuria y perversiones
| Todo
esto está en Nuestro GG, que aporta
además otros elementos característicos
del mundo de Gutiérrez, como la lujuria y las
perversiones sexuales; La Habana la nuit comparece aquí
en su miserable esplendor. Como otros textos ambientados
en la época, encierra un guiño sutil hacia
las perspectivas de un cambio profundo que se cifraría
en la victoria de los revolucionarios en enero de 1959.
Un eficaz equívoco
–la duplicidad de identidades– pone en funcionamiento
una máquina narrativa ágil, rápida,
de sagaz economía verbal y diegética,
que nos lleva al borde del abismo, y aun más
allá del abismo: hay algunas escenas de asesinatos
que resultan literalmente escalofriantes. Pero aquí
quería conducir Gutiérrez al lector: a
la evidencia de un universo gratuito, presidido por
los intereses y la codicia, donde las pasiones políticas
esconden oscuras apetencias, no muy superiores a las
de los más siniestros gánsteres.
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Éste
es el corazón de la novela, que rinde homenaje –con
respeto pero sin mojigatería– a uno de los más
grandes novelistas del siglo XX.
En el texto de El americano
impasible
Gutiérrez presenta, en su novela,
a Graham Greene efectuando aún correcciones sobre el
original de El americano. Tiene interés como
reflexión sobre la familiaridad con el estilo de Greene,
que a buen seguro hubiera asentido ante el rumbo de esas correcciones,
y sobre el propio Gutiérrez: «GG revisó
todas las reflexiones que había colocado en el libro.
Una novela es como un edificio. No se pueden colgar puertas
y ventanas en cualquier sitio. Hay que saber cuál es
el lugar exacto donde van. Y cuál es el tamaño,
el estilo, el color que se les dará. Al igual que los
edificios, algunas novelas son singulares y perduran y las
visitan millones de personas. Otras son anodinas y vulgares
y no atraen a nadie, hasta que se desmoronan con el paso del
tiempo. Sólo los espíritus locos, los atrevidos,
los provocadores, corren el riesgo de edificar novelas perdurables,
conmovedoras, que trastornan y estremecen a sus visitantes.
La locura es decisiva. // Más adelante volvió
a leer un párrafo que le complacía mucho: “Sé
hasta qué punto puedo ser cruel y malvado. Ahora, me
parece, he mejorado un poco; se lo debo al Oriente, no soy
más dulce pero sí más tranquilo. Quizá
sea sencillamente que tengo cinco años más”.
// Sonrió, muy satisfecho. Había quedado perfecto.
Mejor imposible. Era un guiño al lector inteligente.
A veces le gustaba entregarse así, desnudarse un poquito
ante el lector que conocía sus libros anteriores. Había
ideas que las repetía por aquí y por allá».
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