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LA CUBA DE... PEDRO JUAN GUTIÉRREZ Aguardiente
y sangre |
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PEDRO
JUAN GUTIÉRREZ
Habanera, Ciudad de La Habana, Cuba
Número 4, 1997
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Hace
un par de años estuve unos días recorriendo
las montañas de El Escambray, al centro de la
Isla. Una tarde llego a un pequeño poblado. Sus
habitantes se dedican sobre todo a trabajar en los bosques
y cafetales de los alrededores.
Tenían
fiesta. Celebraban algo. No recuerdo qué celebraban
pero había alegría en el ambiente, música,
comida, baile, bebida. Recién comenzaba la parranda
cuando llegué. Periodista al fin y al cabo, tengo
una gran flexibilidad para adaptarme a las circunstancias,
así que puse a un lado el trabajo y me dediqué
a fiestar yo también.
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Lo
mismo hicieron el chofer y el fotógrafo que me acompañaban,
seres tan brillantes como yo en el arte de pecar más
y mejor.
Bien,
entremos al asunto. A medida que los barriles de aguardiente
se vaciaban, los pistones cerebrales de aquellos campesinos
se aceleraban más y más. En Cuba se dice en
esos casos que “el ron se les subió pa’
la cabeza”.
De tal modo comenzaron
las broncas. Se hizo de noche y más y más broncas.
Sólo que no eran con jabs al hígado y ganchos
al mentón. No. Nada tan inocente. Eran a machetazos.
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Fue
sanguinario. A eso de las diez de la noche, una amiga
tuvo un fuerte ataque de asma y la acompañé
al hospital, pequeño, situado en el centro del
pueblo. Tres médicos y cinco enfermeras. No pudieron
atenderla.
Los
médicos no alcanzaban para coser heridas y remitir
algunos casos más graves para un hospital mayor
en una ciudad del llano. Jamás olvidaré
aquella imagen de los médicos y enfermeras agotadísimos.
Hacía horas que suturaban tajazos de machetes
y cuchillos. Otros veinte heridos esperaban su turno.
Todos ensangrentados como si fueran carniceros.
Al
día siguiente, temprano por la mañana,
pasé de nuevo frente al hospital. Unas mujeres
fregaban los pisos con agua abundante. El
agua era roja, como si se tratara de un matadero de
reses y no de un hospital.
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Algunos pensarán
que exagero o que soy morboso. Pues no. Ni lo uno ni lo otro.
Me gusta ser positivo. Estoy convencido de que esta aventura
tremenda y terrible que es la vida sólo podemos transitarla
con un pensamiento constructivo y positivo. De lo contrario
no merece la pena.
Un lugareño, apenado,
trató de justificar a sus compatriotas: “Es que
hace mucho tiempo no teníamos fiesta aquí, y
se acumularon muchos rencores y celos. Ya usted sabe, pueblo
chico, infierno grande”.
“¿Es decir,
que los rencores y celos acumulados se resuelven a machetazos?”,
le pregunté.
Y él me contestó:
“Cuando la gente es corta de palabras... enseguida se
van a las manos”. Cierto. Aquel hombre tenía
razón. El alcohol nos desinhibe y entonces nos mostramos
como somos. Sacamos lo que hemos escondido dentro mucho tiempo.
En otro sitio, tal vez no habría pasado de la discusión
alterada y vociferante, o se hubieran ido a escuchar boleros
tristes cuando, en medio de la borrachera, alguien le dijo
a su amigo que efectivamente su mujer lo cornea hace años
con el vecino y que él es lo único en el pueblo
que lo ignora, porque a sus espaldas le llaman “el venado”.
Otros más irían altivos y despechados, a plantear
divorcio. En fin, cada quien reacciona como puede. Si la reserva
de palabras e ideas es mínima, entonces se acude ciegamente
a la brutalidad del machete. Es la única “solución”
a mano.
No me gusta juzgar
ni sacar conclusiones didácticas y moralistas de lo
que sucede a mi alrededor —quizás por seguir
el consejo bíblico: con la misma vara que midas, te
medirán—, así que sólo apuntado
aquel suceso de pasiones exacerbadas, sangre abundante y palabras
escasas.
©Pedro Juan Gutiérrez
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