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LA CUBA DE... PEDRO JUAN
GUTIÉRREZ Elegancia
y crueldad |
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PEDRO
JUAN GUTIÉRREZ
Habanera, Ciudad de La Habana, Cuba
Número 13, 1998
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Muchas
veces he navegado en pequeños barcos de pesca
al oeste de Cuba, en el Golfo de México. Cerca
de las costas cubanas corre la poderosa Corriente del
Golfo. Allí siempre hay pesca buena y abundante.
Las aguas son profundas, de un azul oscuro y denso.
Tranquilas por ¡as mañanas. Al mediodía
habitualmente aparecen unas olas de dos a tres metros
que se podrían interpretar como advertencia de
lo imprevisible que es la zona. Casi en la superficie
abundan las manchas de atunes, esos espléndidos
peces plateados de carne blanca y sabrosa. Una mancha
es como una manada: van todos bien apretados unos contra
otros, cumpliendo sus milenarios ritos de nacimiento,
alimentación, reproducción y muerte.
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Siempre aprisa. Ni ellos mismos saben
por qué, pero jamás se detienen. De
algún modo, incomprensible aún para nosotros,
repiten cada año las mismas rutas con exactitud perfecta.
Cada mancha va acompañada siempre de tres o cuatro
tiburones enormes. Unos escualos largos, negros, imponentes.
Torpedos que se deslizan sin esfuerzo, escoltando a la turba.
Elegantes y siniestros, no embisten a ¡a mancha. No
crean el pánico porque eso equivale a dar un manotazo
en medio de un plato de lentejas.
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Lo
inteligente es agarrar una cuchara y comer las lentejas
poco a poco, tomando de los bordes. Así hacen
¡os escualos. Sólo se tragan limpia, hermosa,
silenciosamente, a los que por unos segundos se entretienen
y pierden el rumbo, o sufren de alguna enfermedad que
los debilita, o simplemente, a los más torpes,
que se descuidan. Si el atún se aleja un metro
ya es suficiente. Se autocondena y se convierte en víctima.
Paga cara su temeridad o su estupidez. En fracciones
de segundo el tiburón aparece y se traga al infeliz
sin darle tiempo a rectificar. No hay perdón.
A la primera va la vencida.
Es una ley dura,
implacable, pero al mismo tiempo es una forma perfecta
y gallarda de morir. El escualo cumple su tarea profiláctica
de modo implacable. Sólo engulle a los que son
un mal ejemplo: los más fuertes que intentan
escaparse, y los más débiles y tontos
que no pueden continuar.
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Eso no se puede permitir.
La ley de la manada es primitiva e inflexible: todos juntos,
apretados, muy parecidos unos a otros, sanos y atléticos,
para continuar esa sempiterna y vital -aunque monótona-
tarea de ir y venir, reproducirse, alimentarse, etc.
Lo mejor de todo es lo
que sucede un segundo después de cada merienda: el
tiburón lo ha hecho limpiamente, en silencio, sin mover
un músculo más allá de sus fauces de
verdugo, con una elegancia adecuada para momento tan decisivo
y trascendental. Ni un hilillo de sangre corre por su mandíbula.
Nada lo delata. Por su parte, los compañeros del atún
sacrificado hacen de la visal gorda. El tipo se arriesgó.
Jugó a la ruleta rusa y perdió. Ni siquiera
hay un adiós para él. Nada. No ha sucedido nada.
Hay que seguir adelante. ¿Hacia dónde? Nadie
sabe. A algún sitio, conducidos por el instinto. En
las frías y oscuras aguas todo sigue como siempre.
Atunes y tiburones con sus ritos de vida y muerte. Por encima
de ellos, en la superficie, aparecen unos barcos pequeños
y sólidos. Con un truco rústico hacen creer
a ¡os atunes que pequeñas sardinas brincan juguetonas
ante ellos Se les despierta el apetito y las ansias innatas
de devorar al más pequeño. Intentan atrapar
esos hilos de plata y muerden anzuelos. De golpe los atunes
son izados uno a uno fuera del agua y mueren aleteando en
la cubierta de los barcos, sin comprender qué ha sucedido.
Los hombres, astutos,
atrapan así a los peces y respetan a los escualos verdugos,
los capataces que logran mantener bien apretada la manada,
lo cual conviene para capturarlos mejor.
Son los pescadores quienes
realmente tienen en sus manos los hilos de la trama. A bordo
de uno de los barcos sólo un hombre no pesca. Es un
escriba, que observa, mira al horizonte, piensa, y toma apuntes
sobre los ritos, los juegos y las leyes elegantes y crueles
de hombres y animales.
©Pedro Juan Gutiérrez
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