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LA CUBA DE... PEDRO JUAN
GUTIÉRREZ
La hora de las libaciones |
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PEDRO
JUAN GUTIÉRREZ
Habanera, Ciudad de La Habana, Cuba
Número 2, 1996
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Tengo una deuda pendiente con los
boleros. Lo cual no es original. El (la) que más
y el (la) que menos, ha tenido sus romances furtivos
arrullados por los boleros de siempre. Los boleros
de todos. O sus noviazgos y amores no clandestinos,
también marcados por esas canciones que se
mueven desde el almíbar hasta el acíbar,
desde la ternura hasta la crueldad, desde el amor
hasta el odio, desde mi corazón en tu mano
hasta la puñalada trapera en la espalda.
Todo eso y más es un bolero.
Y el tango y la ranchera, pero esas son otras historias.
Tal vez lo mejor del bolero es que nunca se pone viejo.
Un bolero jamás se queda calvo, o echa barriga
y canas, o pierde facultades y deseos. No. El
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bolero siempre está ahí
erguido, oportuno, lleno de memorias. Ayer
por la tarde, hablo (¿escribo?) en el verano de 1996,
pero podría ser en cualquier año, voy por el
barrio de Colón, en el mismo centro de Ciudad de La
Habana. En Águila y Virtudes descubro un bar viejo
y destartalado por los años, y la desidia pero es uno
de los pocos sitios donde te puedes dar un trago de ron malo
por dos pesos. No venden añejo, ni hay hielo ni vasos
de vidrio, ni saladitos para picar, pero tampoco cobran en
dólares, menos mal.
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Entré,
me senté a la barra. Caía un aguacero,
preludio del verano. Los habituales hablaban de pelota,
política y mujeres, como debe ser. El dependiente
(barman es en los lugares con clase) me puso
un doble delante y de paso —como no soy del barrio—
trató de jugármela con el vuelto. “No,
asere, te di diez pesos”, le dije yo por toda
explicación. Se disculpó, me devolvió
mis seis pesos y me dediqué a tragarme aquella
candela. Lo mejor de todo era el radio. No sé
de dónde lo sacaron: un radio Philips de cuando
el Morro era de madera. Y ponían un bolero tras
otro. De los clásicos: Vicentico Valdés,
Domingo Lugo, Panchito Riset, Ñico Membiela,
Lino Borges. Pedí otro doble. El primero me asentó
bien y lo mejor es no dejar el pico caliente.
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Y allí estaba
yo, observando dos mulatas hermosísimas y auténticas,
con sus vestidos strapless igual que aquellos de
entonces: bien ajustados, cortos, mostrando un poco, insinuando
el resto. Ellas, concentradas en sus hombres y bebiendo con
ellos. El resto del paisaje eran hombres solos hablando acaloradamente
y manoteando y dos ripios de viejos, destrozados por el alcohol
y listos para ser rescatados por A.A.
Y
yo recostado a la barra y pensando que todo es sencillo, pero
nos gusta complicarlo. Todo era perfecto: boleros, mulatas
hermosas, ron, chubasco estival, seis de la tarde y yo sin
nada que hacer y veinte pesos más en el bolsillo.
Es decir, estaba al borde
de la felicidad. Me faltaba algo. Pero no comprendía
qué era. Ya iba por el tercer dable. Cesó la
llovizna. Me soné de un golpe lo que quedaba y me fui
porque no me gustan las descargas de borrachos y me sorprendí
buscando con quién descargar un rato. Y no debe ser.
Mi infancia transcurrió en un bar parecido a éste,
propiedad de mi padre. Allí desde mis dos o tres años,
bailaba todas las tardes con una victrola que tenía
todos estos boleros y más. Mucho más. Mi padre
me decía, años después: “El cliente
solitario se pone difícil a partir del tercer o cuarto
trago. Ahí se alegra o se entristece y busca con quién
descargar.”
Así que me fui.
Y entonces, con el viento fresco y húmedo después
del aguacero, comprendí. Lo que me faltaba era entender
que soy la excepción de la regla de mi padre. No me
puse ni alegre ni triste. En aquel lugar y con aquellos boleros
sólo reflexioné sobre un tema eterno: han pasado
40 años desde aquel bar de mi padre y aquella victrola.
Mucho tiempo y mucha agua por el molino. Casi toda mi vida.
Y sin embargo, no. A veces el tiempo no pasa. En este bar
del barrio de Colón el tiempo está detenido
y cada tarde sucede lo mismo. Y suena Panchito Ríset:
“El cuartico está igualito”. Allí
al atardecer, a la hora de las libaciones, los boleros arañan
mi corazón y el de cualquiera que pase por allí
y se detenga unos minutos ante la barra, para tragarse un
vaso de ron barato.
©Pedro Juan Gutiérrez
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