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  Crónicas. Habanera, Cuba  
 
LA CUBA DE... PEDRO JUAN GUTIÉRREZ
Melodrama inconcluso

PEDRO JUAN GUTIÉRREZ
Habanera, Ciudad de La Habana, Cuba
Número 11, 1998


©RAÚL ARROCHE

   Nos gusta pensar que lo terrible de la vida está lejos de nosotros. Y es lógico. Es preferible imaginar que lo malo no nos alcanzará. Por razones de salud mental siempre es aconsejable rozarnos con lo bueno, lo puro, lo noble, lo casto. Al menos así lo prefieren los espíritus conservadores y timoratos. Son pocos los que viven a pecho abierto, siempre al borde del precipicio. De todos modos, a veces el mundo se nos vira al revés.

   Hace poco tembló cerca de mí uno de esos terremotos íntimos. El padre de una amiga mía —ya muy viejo y enfermo— le confesó que en realidad ella era su hija adoptiva.

   El y su esposa la habían adoptado cuando ella era un bebé de pocos meses. El secreto lo guardaron siempre cuidadosamente. Ahora, cuando aquella bebé tiene 42 años, el pobre hombre no pudo soportar más esa mentira en su pecho y la suelta como quien lanza una bomba. No quería morir con ella dentro.

   Carmen —vamos a llamarla así— es una mujer enérgica, vital y alegre, siempre con una sonrisa en los labios, pero aquella noticia puso a prueba su sistema de defensa. Primero se desconcertó, después se deprimió; Necesitó unos días para tomar una decisión y seguir una pista que su padre le había dado: fue a conocer a uno de sus hermanos, que vive en la misma ciudad.

   Entonces supo un poco más de su historia. Cuarenta y tantos años atrás su madre era una mujer muy pobre, del campo. Se fue a trabajar al pueblo cercano y se ubicó como sirvienta en un bar. El resto es fácil de adivinar: si era “agradable” con los clientes, las propinas eran mayores. Una muchacha joven y seguramente bonita. Se iba a la cama frecuentemente con este o con aquel. Un poco descuidada —en los años ‘50 el aborto era prohibido en Cuba y los anticonceptivos escasos, caros y poco conocidos— quedó embarazada un par de veces. Tal vez ni sabía quién era el padre. Y tomó una decisión drástica y pragmática: regaló a las criaturas en adopción a familias de clase media, capaces de cuidarlas bien.

©ALEN LAUZÁN

   El hermano de Carmen, más joven, nació en algún momento mejor y la señora sí lo crió y educó, junto con tres o cuatro más. Por supuesto, le dio el nombre y la dirección de su madre.

   Casualmente —el mundo es pequeño— la señora vive en la Habana, cerca de mi casa. Carmen vive en otra ciudad. Pero, además, no quería encontrarse precipitadamente con aquella señora. Entonces me pide que la visite. Una tarde me decido a hacer mi papel de diplomático intermediario. Ubico la dirección, subo las escaleras, toco a la puerta. Me abre una señora muy normal y tranquila. Una persona sosegada, de escasos sesenta años, tal vez menos. Nada hace recordar su turbulenta juventud. Yo había preparado mentalmente unas palabras para suavizar aquel encuentro. Pero en ese momento se me olvidaron y lo dije:

   —Buenas tardes, ¿usted es fulana de tal?

   —Sí, soy yo.

   —Mire.., yo... ¿usted tiene una hija en tal ciudad?

   —¿Yo? iNoooooo! Yo soy de La Habana.

   —¿Cómo que no? Se llama fulana de tal y tiene 42 años.

   —No, no. Usted está equivocado.

   Ante una respuesta tan vigorosa me quedé desarmado. Bajé la cabeza. Me mordí los labios. La mente se me quedó en blanco.

   —Disculpe. Estoy equivocado.

   Y me fui. No sé lo que experimentaba dentro de mí: cólera, decepción, impotencia. No sé. Tal vez una mezcla de todos esos sentimientos. Llamé a Carmen, le dije lo que había sucedido. Su respuesta fue breve y tajante:

   —Bueno, si no me quiere conocer, que no me conozca.

   Pero yo sé que esto no quedará así. Los fantasmitas ya empezaron a moverse. Sé que Carmen de nuevo intentará buscarla un día de estos. Al menos para reprocharle, para herirla, para saber si se parecen, para discutir y desahogarse, para escuchar las justificaciones de aquella señora, para darle otra oportunidad. En fin, para saber quién coño la trajo a este mundo y para, después de injuriarse mutuamente, echarse a llorar las dos y abrazarse. Este es un melodrama real inconcluso. Algún día —cuando suceda— les contaré el final.

©Pedro Juan Gutiérrez

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