| |
 |
LA CUBA DE... PEDRO JUAN
GUTIÉRREZ
Oficios que se pierden |
| PEDRO
JUAN GUTIÉRREZ
Habanera, Ciudad de La Habana, Cuba
Número 3, 1997
|
|
|

|
Este médico ejerció
desde siempre un oficio generoso. Se dedicaba a coser
el himen desgarrado de aquellas jóvenes que
entregaron su virginidad al hombre equivocado. No
quiero recordar el nombre de aquel pueblecito verde,
lento, distante y perdido. Tal vez por aquello de
“pueblo pequeño infierno grande”,
tuvo siempre una clientela abundante. Cuando lo conocí
yo vivía en un pueblo cercano y un poco mayor.
Lo visitaba con frecuencia, simpatizamos y me contó
muchas historias. Era un hombre silencioso, de 80
años, con las manos levemente temblorosas.
Jamás se casó, no tuvo hijos y nadie
supo si tuvo amores. Murió hace unos años
y ahora me permito revelar su historia.
|
Las muchachas llegaban
casi siempre al oscurecer o muy de madrugada, solas, y entraban
discretamente a la casa, escondida al fondo de una tupida
arboleda con todas las frutas posibles e imposibles en el
trópico. Una casa humilde, de madera y tejas, a la
salida del pueblecito. El lugar ideal para este médico
solitario que siempre hizo abortos ilegales, devolvió
virginidades perdidas y atendió a parturientas secretas.
Al final de su vida apenas
reparaba algún himen. Cada día tenía
menos dientas y me decía, airado: “No viene nadie
porque le gente ya no cree ni en Dios y da lo mismo señoras
que señoritas. La humanidad ha perdido la vergüenza.
Habitualmente las pacientes, apenadas, le saludaban mirando
al suelo y le decían: “Doctor, quisiera que usted
me operara porque cometí un error hace tiempo y ahora
me voy a casar. Doctor, si mi novio se entera, me mata”.
| Una
vez llegué a visitarle al mediodía y me
contó de una muchacha muy osada a quien había
“operado” esa madrugada. Estuvo casada tres
años, y se divorció. —Ahora quería
casarse otra vez, pero con aquel novio que tuvo en su
adolescencia. “Es el hombre de mi vida, doctor,
con ese hombre he soñado siempre y quiero darle
una sorpresa en la noche de bodas”. El médico
ya no se asombraba. Estaba de regreso de todos los caminos
posibles. Tuvo una clienta que se hizo la operación
cinco veces, para tratar de engañar a otros tantos
hombres. Y otra que “recuperó” su
virginidad perdida de niña “en un accidente
de autos”, según le dijo, sólo para
ingresar en un convento de monjas.
Les cuento el último
caso que atendió poco antes de morir y que me
narró con nostálgica melancolía.
|
 |
La muchacha llegó
muy de madrugada. Él le brinda café pero ella
no acepta. Quiere que todo sea rápido, antes de que
amanezca, para que no la vean salir. Cuando percibe que casi
ha ofendido al doctor, rectifica: “Perdone, doctor,
esta es una casa muy decente, pero usted me comprende...”
El médico la hace pasar a la habitación de al
lado. Le ordena desnudarse de la cintura hacia abajo. La coloca
sobre una camilla fría, con las piernas abiertas y
en alto. Se lava las manos. Enciende una luz y revisa la vulva.
Pequeña, rosada, seca, con un monte de venus copioso,
negro, juvenil. Abre los labios exteriores, también
los otros más pequeños. Palpa levemente con
sus dedos, nunca usa guantes, y nota un estremecimiento en
la joven. Él siente apenas un esbozo de deseo, como
un anhelo en las entrepiernas Mira a la cara de la muchacha
y comprueba que está sonrojada. La tranquiliza con
una frase profesional, mientras prepara una aguja curva,
una pinza y una crin de caballo. Todo desinfectado previamente.
El pelo de caballo, fino y resistente, es el secreto del oficio,
porque después se confundirá con los vellos
de la esposa.
El médico retorna
a su posición privilegiada entre las piernas. Respira
profundo. Con mano diestra da dos puntadas rápidas
y perfectas. La muchacha se contrae de dolor en cada ocasión
y de nuevo se relaja. Él hace un nudo mínimo
y lo disimula entre los vellos legítimos. Limpia con
un líquido desinfectante, mira a los ojos de su paciente
y sonríe satisfecho: “Has quedado mejor que cuando
eras una niña”.
La muchacha se viste
rápidamente y le pregunta cuánto es. El médico
responde: veinte pesos. Pero no los coge con las manos. Le
pide que los coloque sobre la camilla mientras él se
afana con los instrumentos. Ella le agradece y se retira.
Entonces el médico se asoma a la ventana y la ve alejarse
aprisa, en la luz gris del amanecer, en medio de la niebla
leve y la vegetación copiosa. De nuevo siente aquel
anhelo inútil. El corazón le late un poquito
más rápido. Cuando yo llegué, dos horas
después, a charlar un rato, fumaba un largo tabaco
torcido por él mismo y lo noté ansioso. Muy
ansioso.
©Pedro Juan Gutiérrez
Otras crónicas publicadas por Habanera:
La
hora de las libaciones
Se
decía “temporal”
Aguardiente
y sangre
Melodrama
inconcluso
Elegancia
y crueldad |