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  Crónicas. Habanera, Cuba  
 
LA CUBA DE... PEDRO JUAN GUTIÉRREZ
Se decía “temporal”

PEDRO JUAN GUTIÉRREZ
Habanera, Ciudad de La Habana, Cuba
Número 1, 1997


©RAÚL ARROCHE

   Cada año inventamos unas cuantas palabras, al mismo tiempo que otras las guardamos per secula seculorum en un armario polvoriento y cubierto de telarañas. Es nuestro deporte predilecto, y no el béisbol, como piensan muchos.

   Pondré un solo botón de muestra, aunque la lista pudiera ocupar cientos de páginas. Cuando yo era niño, digamos... treinta y pico de años tras, mas o menos, se decía temporal. Pero uno se enteraba cuando el temporal ya estaba mojando y soplando arriba de nosotros. Nadie sabia de dónde venía, por qué se formaba, cuánto duraría ni hacia dónde se marcharía.

   Hoy cambió su nombre por «depresión tropical» y se sabe con mucha exactitud si mutará en ciclón o en huracán y hasta qué ruta va a seguir. Sabemos todo su historial. Se compara estadísticamente con los más violentos. En fin, todo. Hasta sus secretos más íntimos se hacen públicos. Se le sigue desde que nace hasta que muere con escrupuloso detalle y se controla todo a su alrededor. Es perseguido día y noche por satélites, aviones de reconocimiento, radares. Todo eso va a las computadoras y de ahí a la TV y cuando por allá lejísimo, en el Golfo de Honduras o en el cabo Gracias a Dios, hubo una racha de 105 kph, los minutos después le alcanzan un papel al comentarista en pantalla, el tipo pone los ojos en blanco y dice: “Oh, en este momento tiene rachas de vientos de 105 kilómetros por hora. Les recuerdo que veinte minutos atrás los vientos máximos eran sólo de 95. Esto quiere decir que se intensifican gradualmente y...”.

   Dicen que “guerra avisada no mata soldado” (lo cual no es completamente cierto, pero como refrán no está mal). De ese modo ahora sí nos preparamos para evitar catástrofes grandes. La radio y la TV reiteran qué debemos hacer en cada momento, la Defensa Civil y el Gobierno están organizados hasta el mínimo detalle para estas situaciones y toda esa parafernalia que se desata es efectiva. Por ejemplo, en octubre pasado el ciclán Lili durante tres días arrasó con todo lo que encontró a su paso por Cuba, pero no ocasionó ni un solo muerto.

   Ahora hasta se hacen congresos internacionales sobre desastres naturales y la TV trasmite al instante y a todo el planeta (ioh, la aldea global!) lo que va sucediendo. De ese modo, con el Lili soplando duro, y en las horas posteriores, me llamaron amigas de Argentina, España, Alemania, porque estaban viendo todo por TV y querían saber cómo nos iba.

©ALEN LAUZÁN

   Es una diferencia enorme porque en aquella época de mi niñez (iqué horror, ya escribo como los viejos!) uno encendía el radio de batería en medio del temporal sólo para escuchar los episodios de Guaitabó al mediodía y de Chan Li Pó por la noche. Nada de información meteorológica. O si la había nadie la escuchaba. Y si la escuchaban no la entendían. Además, y no exagero, esa palabra (meteorológica) muy pocos la podían pronunciar bien. Bueno, quizás en La Habana la podían pronunciar algunos, pero no dónde yo vivía, en una vega de tabaco en Pinar del Río, con mi abuela y un tío.

   Si la cosa se ponía peliaguda abuela encendía una vela en el altar del cuarto. O dos o tres. Y mi tío salía al campo con una guataca a tratar de sacarles agua a los sembrados de tabaco, maíz y frijoles. Al segundo día ya era un diluvio bíblico irremediable y empezaba el viento a arrasar las siembras y el arroyo a crecer y a inundar la vega. Mi tío ya no hablaba más y ponía cara de tranca. Abuela era la que repetía: “Ay, Dios mío, se perdió todo”, y se iba a rezar en el altar. Yo no entendía nada. Sólo escuchaba. Ya con los años tendría tiempo para entender. A veces para entender demasiado. Y me divertía mojándome y jugando con lodo.

   Pero bueno, eso es historia antigua. Ahora busco en un diccionario viejo la palabra temporal. Tiene varias acepciones. Una de ellas dice: “Tiempo de lluvia persistente.” Y no me atrevo a buscar en un diccionario moderno, recién editado. ¿Para qué?, si la palabra temporal ya no existe.

©Pedro Juan Gutiérrez

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