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  Ensayo de Amir Valle sobre Pedro Juan Gutiérrez  
 

Anda un rey en La Habana: Pedro Juan Gutiérrez puede llamarse.

Por AMIR VALLE
Escritor, crítico literario y periodista
Gutiérrez y Valle durante la presentación de Animal tropical en la Feria del Libro de La Habana, 2002  (© TONI PRADAS)

  En la presentación oficial de su novela Animal tropical, durante la Feria Internacional del Libro La Habana 2003, el escritor Pedro Juan Gutiérrez, un nombre mencionadísimo en los últimos tiempos a la hora de hablar de la narrativa cubana, aseguró ante el público que “vender tomates es el mejor negocio posible en los barrios donde sucede lo que yo escribo”.

   Quizás tenga razón. Y hasta valdría la pena pensar en que uno de sus personajes, en Animal tropical, tiene un puesto de ventas de tomate, y de algún modo sueña con que esa es la felicidad.

   Pero la realidad es otra. O debería escribir: la marginalidad es otra.

   Mucho se ha dicho en los últimos años sobre los aportes de este escritor al actual panorama de la narrativa cubana. Desde que obtuviera fama y reconocimiento, además de un buen grupo de traducciones y ediciones, con su Trilogía sucia de La Habana (“un libro que escribí desde el desencanto y desencantado, ajustando cuentas”, según palabras del propio autor), han sido bien enjundiosos y muy variados los escritos que, en el exterior (pues en Cuba nada se ha publicado), intentan explicar esa mirada distinta que hace en sus siguientes novelas: El Rey de La Habana, El insaciable hombre araña, y Carne de perro, con la cual dice, cierra su Ciclo de Centro Habana.

   Tengo la suerte de vivir junto a los personajes de Pedro Juan. En simples palabras, vivo en la misma cuadra, casualmente en la azotea del edificio más alto después de esa especie de torre en la cual él escribe.

Calle San Lázaro, Centro Habana  (© TONI PRADAS) Desde mi azotea puedo ver la ventana de Pedro Juan, encendida hasta altas horas de la noche, y entonces me lo imagino torturándose, como le dije una vez: es decir, escribiendo a mano (pues yo no logro poner una palabra si no es a computadora), creando esos mundos alucinantes donde el sexo, el amor en todas sus variantes, la droga, el alcohol, el desencanto, y la frustración, son materiales que atrapan a todos, y a quienes compartimos el espacio de esos personajes, nos hacen sentir como en casa.
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  Esa es la verdad, el verdadero aporte de Pedro Juan a estas letras. Y aunque pueda parecer absoluto, demasiado talvez, creo que no había existido un retrato tan real de La Habana desde que Cabrera Infante escribiera su famosa Tres tristes tigres. La Habana cambiante, una Habana que es distinta según las horas del día, en la cual incluso es dis-tinta la sensualidad con la que se sientan las mujeres en los quicios de las puertas de Centro Habana, a la altiva majestuosidad con la que lo hacen las que viven en el Vedado; esa Habana voluble, compleja, socialmente imposible de codificar, tenía que ser escrita con la mordacidad, el desparpajo, y la rispidez con la que Pedro Juan escribe y describe Centro Habana.

  Hace un año, en la Semana Negra de Gijón, el escritor cubano residente en Suecia, Antonio Alvarez Gil, intentó contradecirme cuando dije que Cuba era un país marginal si se le aplicaba los raseros con los cuales, internacionalmen-te, se valora la marginalidad. Esa marginalidad aparece descarnada, cruda, en directo, en la serie escrita por este narrador, que no oculta nada por duro o asqueante que pueda parecer la existencia de sus personajes en esa marginalia en la que están hundidos. Utilizando la parábola bíblica, cada personaje de Pedro Juan parece decir: “quien no haya pecado que lance la primera piedra”, y se hunde en la demostración novelada de una tesis cada vez más cierta: la marginalidad es la asunción de modos de existencia que atentan contra los principios de la moral, y todos sus protagonistas nos recuerdan: En Cuba quien no compra en el mercado negro usa una máscara, la doble moral. Para decirlo como uno de ellos: “aquí todo el mundo tiene su caquita”.

  Es naturalidad con la que describe la marginalidad, desde la participación, desde la pertenencia, es lo que resulta destacable como aporte: no hay juicios, no hay rechazo; se es así porque no existe otro modo de ser, porque la vida no cambiará, aunque algunos lo sueñan en las tramas de esta novela, y porque todo parece estar predestinado a un mismo fin: la destrucción, la monotonía, la resignación.

  No hay ninguna novela escrita en los últimos 30 años, en la cual el pesimismo sea atmósfera. Algunas existen, El polvo y el oro, de Julio Travieso, por ejemplo, donde el pe-simismo aparece al final cuando toda la gloria histórica de una familia se viene al piso bajo el embate justiciero, pero irracional en ese momento, de la triunfante Revolución Cubana. Pero en todas existe un hálito de esperanza, un tiempo para el optimismo. No en Pedro Juan. Sus personajes están condenados desde el inicio mismo a la derrota. Incluso en Animal tropical, donde nos propone la relación tempestuosa y a veces asqueante de amor entre el protagonista y Gloria, una joven prostituta de la vida (figura, por cierto, muy típica de Centro Habana y La Habana Vieja), el amor no salvará nada, como siempre suele suceder.

  Y esas tramas de vidas condenadas, esos personajes que asumen la supervivencia del día a día como la única filosofía posible, esa complejidad moral donde las costumbres se echan a un lado para imponer otras que tienen que ver, precisamente, con esa supervivencia, están ahí, en los barrios que Pedro Juan recorre para hacer sus compras de comida, para conversar con los amigos, para empaparse de la realidad que luego vuelca en sus novelas. Por eso no me asombró cuando hace poco menos de un año, el joven narrador Jorge Alberto Aguiar ganara el premio Pinos Nuevos con su libro de narraciones Adiós a las almas, en la cual ese ámbito de marginalidad, ese mundo sórdido de la droga, la prostitución, la pérdida de valores, retoma nuevos aires, con un desenfado superior, incluso, al de Pedro Juan. ¿Será necesario agregar que este otro narrador también vive en Centro Habana?

© TONI PRADAS   Lástima que los libros de Pedro Juan Gutiérrez no sean publicados en Cuba, del mismo modo en que a Padura se le publicó su tetralogía. Un libro como El rey de La Habana, es una obra que ha de leerse por todos los cubanos como lo que realmente es: un aporte a esa forma de vida, a ese comportamiento social en que los cubanos nos hemos visto envueltos en los últimos años.

  No ha de olvidarse que Pedro Juan escribe sobre dos barrios pequeños: Centro Habana y La Habana Vieja, y que son éstos, casualmente, los barrios más poblados de la capital cubana. Prefiero terminar con las palabras que me dijera un vecino de esa calle cortísima que compartimos Pedro Juan y yo: Perseverancia. “Escritor eres tú, asere; el calvo ese que vive allá, en Perseverancia y San Lázaro, es uno de nosotros, de los de acá abajo. Por eso escribe así, bárbaro, directo al pecho, no con florecitas ni adornos para decir las cosas”.

© Amir Valle

     
       
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