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El
realismo sucio en América Latina. Reflexiones a partir
de Pedro Juan Gutiérrez
Por ANKE
BIRKENMAIER,
Estudiante de doctorado en la Universidad de Yale, Estados
Unidos
New Haven, junio 2004
Publicado en: Miradas,
revista del audiovisual, número 6, 2004 Cuba |
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Y nos encontramos con que
nuestra época produce
una multitud de individuos cuya existencia
--sin que ellos mismos lo hayan pensado--
pertenece a la picaresca. Hombres nacidos
en épocas difíciles, huérfanos de oficio
a profesión,
que hallan el modo de remontar la corriente adversa,
entregándose a las actividades más pintorescas.
Alejo Carpentier, Hacia
una moderna picaresca (1956)
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Más
que categoría crítica, el realismo sucio ha
llegado a ser una etiqueta comercial para designar a la generación
joven de escritores latinoamericanos como la representó
el Boom para los escritores publicados a partir de los años
sesenta. Si nos fijamos en Google, nos salen reseñas
o noticias de prensa de algunos escritores cubanos, mexicanos
y norteamericanos que asocian el término con lo abyecto
y lo pornográfico, la violencia, una estética
de la "basura," y hasta una tendencia a lo políticamente
incorrecto, al machismo y el sexismo.(1)
Muchas veces se compara a estos escritores, entre los cuales
se cuentan autores tan diversos como Pedro Juan Gutiérrez,
Fernando Vallejo, los del Crack mexicano, el grupo de escritores
compilado por Alberto Fuguet en la antología MacOndo
(1996) y, más recientemente, el colombiano Efraím
Medina Reyes, con los norteamericanos Charles Bukowski o Henry
Miller, que en los años sesenta se habían presentado
con un lenguaje sexual explícito y una estética
de la acción que choqueaba en esos momentos mucho más
que ahora.
La falta
de precisión conceptual tampoco es remediada por el
hecho de que ya a fines de los años sesenta se había
producido el fenómeno del cine brasileño "de
lixo," donde la basura fue el emblema de una sociedad
empobrecida y corrupta; de manera similar, en México
el movimiento de los escritores de "La Onda" había
propuesto ya a fines de los años sesenta una estética
de ruptura con el resto de la literatura expresada en un realismo
crudo y el uso de un lenguaje coloquial. Si aceptamos el naturalismo
como otro predecesor lejano, resulta que el término
"realismo sucio" no recoge, por lo tanto, una tendencia
particularmente novedosa que, sin embargo, vuelve a surgir
periódicamente, anunciándose como más
realista que la literatura establecida.
El realismo sucio parece
ser propio del ámbito americano en general, o por lo
menos es allí donde más prosperó. (2)
Una definición nítida del realismo sucio se
ha dado en Estados Unidos con respecto a los escritores norteamericanos
Raymond Carver, Richard Ford, Tobias Wolff y otros, que representaban
en sus cuentos un ambiente norteamericano, concentrado en
la descripción de la vida diaria en áreas rurales
o en lugares donde no pasaba mucho. Como dice Bill Buford
en su editorial del número especial de GRANTA sobre
Dirty Realism, se trata de una ficción "dedicada
al detalle local, al matiz, a las pequeñas distorsiones
en el lenguaje y el gesto" y a la vez de "una ficción
que podría ser de cualquier parte: es gente perdida
en un mundo lleno de comida junk y de los detalles opresivos
del consumismo moderno." (3)
Según Buford, existe una falta de acción en
los cuentos de los escritores norteamericanos que buscan,
en vez de ello, la revelación de un ambiente o de un
momento y un lugar histórico. Es lo que Hegel llamó
"la prosa del mundo", característica de las
ficciones realistas del siglo XIX donde, más que la
trama o la vida individual, el detalle aparentemente superfluo
y banal evocaba un hic et nunc, la impresión
completa de una época o de una sociedad. El otro elemento
importante de la definición de Buford es, paradójicamente,
el hecho de que a la vez estas historias podrían ser
de cualquier parte: describen a gente común y problemas
que pertenecen a la condición humana, no tanto a una
cultura o a un lugar determinado. Tomemos, por ejemplo, la
novela más reciente de Pedro Juan Gutiérrez,
Carne de perro
(2003). Su interés no radica tanto en que trate de
un escritor que viaja incesantemente entre La Habana y Guanabo,
sino, a mi modo de ver, en la evocación de un ideal
estoico y en el cansancio del protagonista ante preocupaciones
que son siempre iguales. Se nota en esta última novela
del ciclo habanero
de Gutiérrez el intento de mantenerse lejos de cualquier
exceso de emoción y de tomar distancia con respecto
a la miseria, observando nada más, no en tanto que
voyeur sino como ser humano. El dirty realism
de los estadounidenses, tal como lo ha retomado Gutiérrez
aquí, es así un estilo descriptivo y contemplativo
que se distancia de -aunque no se opone a- las películas
de acción y al consumo fácil de la cultura popular.
(4)
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En Latinoamérica,
el "realismo sucio" se ha identificado generalmente
con una estética de la violencia que no por casualidad
se presta tanto al cine como al género novelesco.
El estilo de películas como Ciudad de Dios
(2002), Amores perros (2002) y de la novela La
virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo
(de la que también existe una versión cinematográfica)
se caracteriza por un exceso de violencia en las relaciones
entre las personas; estas historias viven de la velocidad
con la que los protagonistas asesinan, mueren, huyen y
atacan. Algo de eso ocurre también en Gutiérrez,
si pensamos en las |
muertes, casi todas violentas y repentinas,
y sobre todo en el apocalíptico final de El
Rey de La Habana (1999), aunque la violencia, creo, es en
Gutiérrez de índole más bien ancilar. En
La virgen de los sicarios, al contrario, la violencia
del mundo de Medellín se expresa no sólo en las
múltiples escenas de asesinatos sin razón, sino
también en el lenguaje abyecto del narrador, que consiste
en una mezcla de la jerga de los sicarios y de expresiones cultas.
En la representación
escrita o visual de la violencia en los barrios marginales
de la gran ciudad es donde la cuestión de la autenticidad
emerge con más urgencia. Este "efecto de lo real"
es reforzado a veces por las circunstancias del rodaje, comunicadas
al público mediante epígrafes y posdatas. La
película Rodrigo D, no futuro (1990) de Víctor
Gaviria, por ejemplo, termina con "solamente" dos
asesinatos, pero la violencia como tal aparece después
en una postdata, la cual refiere que la mayoría de
los actores, que habían representado un guión
basado en su propia vida cotidiana, murieron antes de que
se estrenara la película por causa de la "violencia
sin sentido" en sus barrios. El proceso inverso ocurrió
en Ciudad de Dios, donde los actores eran muchachos
de la calle seleccionados a base de un concurso y un proyecto
social vinculado con él que se proponía distanciarlos
del ambiente en el que vivían hasta entonces. (5)
Aunque los guiones sean ficticios, las circunstancias del
rodaje y las tramas se confunden. Así, estas producciones
latinoamericanas se convierten en híbridos entre documental
y ficción, proyectan una inmediatez y un compromiso
social que caracteriza, según Julianne Burton, al cine
latinoamericano en general, pero que ha adoptado últimamente
formas especialmente crudas. (6)
En el "cine sucio"
hay otras películas cuyo énfasis está
más en la fábula, o sea, que se concentran más
en contar historias modeladas sobre un conflicto entre hermanos,
como en Amores perros (2000), o una historia de amor,
como en The Dancer Upstairs (2002), de John Malkovich.
Estas películas han convertido en tópicos de
una estética violenta las figuras del guerrillero letrado
y del niño asesino, sin, por supuesto, insertarlas
en un contexto de compromiso social. En Estados Unidos y en
Latinoamérica películas de esta índole,
como también Traffic (2000), de Steven Soderbergh,
se mantienen dentro de convenciones estrechas para mostrarle
a la sociedad su "otra cara." A la vez, es cuestionable
si reducir Latinoamérica a una estética de violencia
y protesta social todavía se puede tildar de lo "auténtico."
Por un lado, se puede argumentar que efectivamente la cotidianidad
latinoamericana está marcada por un grado elevado de
violencia y de miseria raramente representada ni en el cine
ni en la literatura. Por otro lado, esta misma identificación
exclusiva de lo sucio y de lo abyecto con Latinoamérica
se vuelve totalizante y tiende a perpetuar estereotipos sobre
Latinoamérica en vez de a provocar o informar.
Sin embargo, las películas
y las novelas del realismo sucio identificadas aquí
no tienen la violencia como su único rasgo, y quizás
concentrarse en lo brutal y lo chocante confunde más
que ayuda a la hora de definir lo particular de estas producciones
de los últimos años. Más allá
de la violencia, lo que resalta de las evaluaciones críticas
hasta ahora es un concepto de la autenticidad del realismo
sucio independiente de la violencia y de lo abyecto. Ena Lucía
Portela, por ejemplo, aprecia el colorido y el tono de El
Rey de La Habana mucho más que los actos de su
protagonista. Destaca en su ensayo Con
hambre y sin dinero la fidelidad en el detalle nimio de
la vida cotidiana cubana y la precisión del lenguaje
coloquial de El Rey de La Habana. (7)
Lo que más distingue este tono acertado de la narración
es, según Portela, la indiferencia de los personajes
hacia la política. La descripción de su lucha
contra el hambre -motivo por excelencia de la picaresca-,
que no les deja energía para otra preocupación,
es la marca de la fidelidad del texto hacia sus modelos reales.
Esta concentración en las necesidades y en los deseos
inmediatos y privados de la gente de clase baja aparece de
muchas formas en las narrativas del realismo sucio. Tenemos
una vertiente un tanto frívola de la misma indiferencia
política en Érase una vez el amor pero tuve
que matarlo (2003), del escritor colombiano Efraím
Medina Reyes, donde se menciona de pasada que el protagonista
tiene que dejar su apartamento porque "están cayendo
bombas" -no sabemos ni por qué ni cómo.
Los conflictos de los protagonistas de esta novela -un grupo
de amigos bohemios, sin ocupación específica
pero tampoco delincuentes- tratan en esta novela del amor
y del problema de buscar casa y trabajo y de conseguirse dinero
para la próxima borrachera. A diferencia de la novela
naturalista, ni los protagonistas ni los narradores parecen
tener idea ni interés en juicios o soluciones más
generales. Viven después de la utopía, en un
tiempo del eterno presente o del olvido feliz, donde ni el
pasado ni el futuro interesan. (8)
| Otra
vertiente del esfuerzo por enfatizar la veracidad de lo
contado es la tendencia al autobiografismo. Como escribe
Esther Whitfield, no es por casualidad que el protagonista
de cuatro de las cinco novelas de Pedro Juan Gutiérrez
se llame Pedro Juan. (9)
Es como si el escritor se estuviera burlando del lector
ingenuo que espera encontrar la "verdad" literal
detrás de la ficción de Gutiérrez.
La presentación biográfica subraya la afinidad
del escritor con su protagonista. Gutiérrez aparece
allí -con foto- como un hombre duro que ha hecho
de todo en su vida y que vive en Centro Habana -es decir,
es el perfecto doble de Pedro Juan. La misma estrategia
de usar biografías estilizadas para aparecer más
próximo a la propia ficción, la usan varios
otros escritores jóvenes, como Efraím Medina
Reyes, quien se vanagloria en la presentación biográfica
de "haber tenido una impresionante racha de novias
gordas y de haber disputado catorce |
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combates de boxeo sin conocer la victoria",
o como el mexicano Guillermo Fadanelli en su libro más
reciente, Compraré un rifle (2004). Los autores
se crean así identidades de pequeños rufianes
cuya ocupación es, entre otras cosas, la de ser escritor,
carrera que difiere de las típicas de los escritores
establecidos que generalmente pasaron del periodismo o de la
docencia a la ficción; los escritores del realismo sucio
insisten en una vida activa y dura al margen de la sociedad
y llena de experiencias "pintorescas", por citar la
idea de Alejo Carpentier sobre la picaresca. Aquí de
nuevo se adopta una postura narrativa híbrida, ya que
estos escritores asumen las dos funciones del testimonio: son
cronistas de sus propias vidas, letrados y sujetos marginales
a la vez. (10)
Las narrativas del realismo
sucio tienen generalmente un punto de partida tajante que
aparece bajo diferentes formas, pero fundamentalmente repite
una misma estructura. Se podría describir como el silencio
después de una catástrofe, o en todo caso, el
de la vida llana y mala inmediatamente después de un
evento decisivo. Este momento, tal vez, sea más latino
que americano, más perteneciente a la tradición
de la picaresca que a la del testimonio, pero también
muestra una afinidad especial con las películas del
estilo neorrealista italiano, como El ladrón de
bicicletas (1949) de Vittorio de Sica o Los olvidados
(1950) de Luis Buñuel, ambas producidas en los
años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Este
momento definitorio sería en Cuba el derrumbe de la
Unión Soviética y la subsiguiente crisis económica
a partir de 1990. No siempre se puede ubicar con precisión
una catástrofe, a veces hasta se omite el origen concreto
a partir del cual se desarrolla la historia. Se puede tratar
simplemente de la sensación de vivir después
de que se haya cumplido un ciclo. En La virgen de los
sicarios, que es de 1994, sospecho que el origen del
caos apocalíptico en Medellín descrito en la
novela se encuentra en la muerte del narcotraficante Pablo
Escobar en diciembre de 1993, que había sido precedida
por un período de terrorismo implacable y fue seguida
por un empeoramiento del conflicto armado interno. (11)
En todo caso, los protagonistas de las narrativas del realismo
sucio viven muchas veces en un ambiente marcado por una mentalidad
de guerra, donde las emociones y las reacciones violentas
se muestran al blanco vivo.
En Vallejo se evidencia
también que esta perspectiva sobre Colombia no tiene
mucho que ver con una noción intuitiva de realismo
en el sentido de representación directa o verídica.
Se establece, más bien, un vínculo muy particular
entre el letrado -el narrador de Vallejo es filólogo-
y el adolescente pícaro. Así, la novela trata
más del proceso de traducción de la violencia
en escritura que de la vida misma de los sicarios. El narrador
de Vallejo -cuyo nombre "Fernando" es otra alusión
al autor mismo- sigue una especie de misión espiritual
y estética junto al sicario Alexis, su "ángel
de la guardia," que lo lleva a interpretar las hazañas
de su amante como una especie de sinécdoque de lo que
merecería la sociedad entera. Esta coyuntura entre
escritor y asesino o entre artista y pícaro se da en
muchas variaciones. Generalmente, el ser artista y ser delincuente
son funciones separadas que se encuentran en una especie de
simbiosis, aunque el escritor precisa más del delincuente
que viceversa. El relato empieza con el encuentro entre el
escritor y el delincuente, y se cierra con la muerte del delincuente.
Muchas veces, los adolescentes pícaros son analfabetos
o han dejado de ir a escuela, como en El Rey de la Habana,
o en Rodrigo D.
Inspirada por el modelo
picaresco es también la ausencia de genealogía
de los protagonistas. Esta ausencia de los padres y de la
familia toma a veces el lugar de la catástrofe decisiva
mencionada antes: en el centro de la historia se encuentran
adolescentes que o acaban de perder a sus padres o nunca los
conocieron, que son desarraigados y quieren borrar lo que
les acaba de pasar, incapaces de construirse una nueva vida
desde la nada -en Rodrigo D, éste no aguanta
la muerte de su madre; en La vendedora de rosas (1998),
otra película de Gaviria enfocada en un grupo de niñas
adolescentes de Medellín, los conflictos de las protagonistas
giran alrededor de la muerte de los padres, o del abuso por
parte de ellos y la huida de la casa; en Los olvidados,
el protagonista principal nunca conoció a sus padres,
y en El Rey de La Habana, Rey pierde de un golpe
a su madre, a su hermano y a su abuela.
Son en su mayoría
novelas de adolescentes que no logran insertarse en la sociedad.
Estos adolescentes representan, es cierto, la lucha de la
juventud por imponerse sobre la generación precedente,
un conflicto de poder entre los que ya están y los
que todavía no han logrado nada, como dice Patricia
Spacks sobre el motivo de la adolescencia en el género
novelesco. (12)
Pero la insistencia reciente en el adolescente sin futuro
ni esperanza de mejorar su destino tiene un trasfondo particularmente
hispanoamericano. Este radica en el hecho de que el Nuevo
Mundo había sido desde su conquista "o pais do
futuro," el ámbito de la Utopía de Tomás
Moro, que se manifestaba en el paraíso reencarnado
en el Caribe, según Cristóbal Colón,
o en la visión entusiasta de la democracia norteamericana,
por parte de Alexis de Tocqueville. La idea de poder empezar
desde cero, de dejar el pasado atrás y hacerse una
nueva vida en una sociedad recién creada provoca las
contraficciones de los escritores y cineastas publicadas en
los años noventa. Ellas se encuentran, por lo tanto,
no sólo en el ámbito de la representación
mimética de una realidad dura, surgida desde el final
de la llamada Guerra Fría. Los cambios económicos
y políticos después de la caída del muro
de Berlín o tras la muerte de Pablo Escobar en Colombia
son relativos en la literatura del realismo sucio, más
interesada en historias de individuos marginales que en hechos
históricos.
A pesar del éxito
mundial del realismo sucio y de la insistencia de sus autores
en no escribir para un público culturalmente delimitado,
diría que el género parece seguir una vertiente
cultural específicamente hispanoamericana que dialoga
con el público global desde su propia tradición
y dinámica. Se define por su escepticismo ante las
grandes utopías y por la protesta implícita
del individuo -se llame Lazarillo de Tormes o Ignatius Reilly
o Rey- contra los que gobiernan. El adolescente, el escritor
y el asesino son configuraciones de un género de escritura
que ha renacido en Latinoamérica en los últimos
años.
Notas:
1.-
Me refiero al artículo de Diana Palaversich sobre el
realismo sucio mexicano, Las
trampas del sexo. Dos caras del realismo sucio; a diversas
publicaciones cubanas online sobre Yoss y Pedro Juan Gutiérrez
y al anuncio de un comic del guionista español Martí,
Historias del realismo sucio, entre otros. (Regresar).
2.-
También se ha hablado del realismo sucio de una novela
española como Historias del Kronen, de José
Ángel Mañas. Sin embargo, creo que las similitudes
son superficiales y deberían ser tratadas como un caso
aparte. (Regresar)
3.-
Buford, Bill. Editorial GRANTA 8. Dirty Realism: New Writing
from America (1983): 4. (Regresar)
4.-
Gutiérrez, de hecho, se refirió a Carver y a
Ford cuando, en su conversación conmigo, habló
de sus modelos literarios (Anke Birkenmaier, Transgresión
no rima con revolución. Entrevista a Pedro Juan Gutiérrez,
Quimera 205 [2001]: 18-24). Igualmente, en Carne de perro
se mencionan las poesías de Carver. (Regresar)
5.-
Véase la entrevista de Wilson Morales, City
of God: An Interview with co-director Katia Lund and author
Paolo Lins, (mayo, 2003) junio 19, 2004. (Regresar)
6.-
Julianne, Burton, Cinema and Social Change in Latin America.
Austin: University of Texas Press, 1986. Burton distingue,
sin embargo, claramente entre el cine latinoamericano documental
y el ficticio. (Regresar)
7.-
Ena Lucía Portela, Con
hambre y sin dinero, Crítica 98 (abril-mayo, 2003):
61-80. (Regresar)
8.-
Josefina Ludmer, en su ponencia Ficciones cubanas de los
últimos años: el problema de la literatura política
(Coloquio de Yale, 4-5 de octubre, 2002) apunta esta tendencia
hacia el "presentismo" en la última ficción
latinoamericana. (Regresar)
9.-
Esther Whitfield, Autobiografía
sucia: The Body Impolitic of Trilogía sucia de la Habana,
Revista de Estudios Hispánicos 36.2 (mayo 2002): 329-353.
(Regresar)
10.-
Whitfield llama la atención sobre la afinidad de Trilogía
sucia con el testimonio que se nota también en
su perspectiva narrativa: es una narrativa directa, contada
desde la primera persona. (Regresar)
11.-
Se lee en la novela: "Con la muerte del presunto narcotraficante
que dijo arriba nuestro primer mandatario, aquí prácticamente
la profesión de sicario se acabó. Muerto el
santo se acabó el milagro. Sin trabajo fijo, se dispersaron
por la ciudad y se pusieron a secuestrar, a atracar, a robar."
(34) Aunque no se mencione el nombre de Escobar en la novela,
creo que su muerte es el origen y la condición a partir
de la cual la historia toma su desarrollo. (Regresar)
12.-
Patricia Meyer Spacks. The Adolescent Idea. Myths of Youth
and the Adult Imagination. New York: Basic Books, 1981.
(Regresar)
© Anke Birkenmaier
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