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Ensayo
de Ena Lucía Portela sobre Pedro Juan Gutiérrez |
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Con
hambre y sin dinero
(Primera parte de cuatro)
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Tras un espectacular debut
como narrador con un libro de cuentos bastante desigual,
apresurado, reiterativo y por momentos impresionante,
El
Rey de La Habana, primera novela de Pedro Juan Gutiérrez,
venía precedida por una fama un tanto equívoca.
El comercial del trópico: “A golpe de ron,
música y sexo, no deja títere con cabeza”.
Las inevitables y poco imaginativas referencias al canon
del llamado realismo sucio: “Una especie de caribeño
Bukowski o de habanero Henry Miller”. La también
inevitable e imprecisa comparación con otros narradores
cubanos de algún modo afines: “Tan radical
como Reinaldo |
Arenas y mucho más hiriente que
Zoé Valdés”. Y para cerrar con broche de
oro: “Una de las revelaciones más impactantes de
la literatura latinoamericana reciente”
¿Qué más se podía pedir? Con éxito
de ventas y con la crítica hispana en un bolsillo, nuestro
Pedro Juan había dado un palo editorial. Un tremendo
palazo. De la noche a la mañana se había convertido
en el más notorio entre los escritores cubanos en activo,
desbancando a Zoé Valdés. Hasta ahí, normal.
Ya sabemos cómo funcionan estas cosas. Lo verdaderamente
asombroso, lo insólito, al menos para mí, fue
que a pesar de todo el ruido y la parafernalia, El Rey...
resultara ser una magnífica novela. Amena, de las que
te agarran desde la primera página y no te sueltan hasta
la última; intensa, de las que te estremecen y te ponen
la carne de gallina y los pelitos de punta; profunda, de las
que invitan a pensar y en cada relectura descubres algo nuevo.
En
cerca de doscientas páginas (dado el formato
del libro, el manuscrito debió tener muchas menos),
un narrador en tercera persona, casi todo el tiempo
colocado en la perspectiva del protagonista, nos cuenta
de cabo a rabo la vida de este muchacho del barrio de
San Leopoldo, el menor de los hijos de la monga, el
mulato ni lindo ni feo que jamás había
comido carne: Reinaldo o Rey, alias El Rey de La Habana.
Tan monárquico apodo, que el personaje se ha
ganado en buena lid por el tamaño interesante
de su pene con dos municiones de acero, de los rodamientos
de bicicletas (“perlanas”, en jerga carcelaria),
debajo del glande, y por el entusiasmo y la habilidad
con que lo maneja, al mismo tiempo resulta salvajemente
irónico, puesto que este Rey sin cetro ni corona
procede del más bajo estrato |
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social, un inframundo urbano hecho de
la peor miseria material y espiritual, subsuelo hambreado, alcoholizado,
promiscuo, mariguanero y violento, lo último de lo último,
en fin, la mierda –en un momento dado es ésa la
palabra que emplea el narrador para referirse al ámbito
del personaje y ahora mismo no se me ocurre otra más
exacta–, al punto que parece casi imposible imaginar a
alguien más próximo a las bestias, más
primitivo, más marginal que él, aunque al mismo
tiempo –y esto es importante, como veremos luego–
sigue siendo un ser humano.
La historia, desde la infancia nada prometedora de Rey, el vertiginoso
instante en que pierde de un golpe a toda su familia, su reclusión
a los trece años en un correccional de menores, sus aventuras
allí, donde el mayor triunfo consiste en no ser sodomizado
cueste lo que cueste y en jugarle cabeza al instructor a fin
de pasar en la oscuridad del calabozo, en la amable compañía
de las cucarachas, el menor tiempo posible, y su posterior fuga
a los dieciséis, hasta su horrible muerte a los diecisiete,
pasando por toda clase de peripecias en las calles de esta ciudad
devastada, oscura, sucia, rota y peligrosa, que es La Habana
de los noventa, transcurre de modo lineal, continuo, sin división
en capítulos, como un relato de largo aliento. A Rey,
tránsfuga, sin hogar, sin apoyo de nadie, indocumentado
o provisto de una falsa identificación, con tres varas
de hambre, casi analfabeto, harapiento, apestoso a grajo y a
cualquier cosa, con ladillas, buzo (no de las profundidades
marinas, sino de los latones de basura), mendigo, pícaro,
ladrón, alguna vez estibador en un agromercado o ayudante
de sepulturero o chofer de un bicitaxi u obrero en una fábrica
de cervezas (no dura mucho en ningún empleo), masturbador
exhibicionista, chulito de séptima categoría,
traficante de drogas también de séptima categoría,
homicida y necrófilo, un desastre, en fin, en toda la
extensión del término, también lo encontraremos
ilegal en Varadero y de paso por la ciudad de Matanzas, pero
su escenario predilecto, su ambiente natural, su reino, es La
Habana.
En rigor no podría afirmarse que esta novela asombrosa
irrumpe cual rayo en cielo sereno en el panorama de la narrativa
cubana de fines del siglo pasado. Más bien se inserta
en una moda –dicho sea esto sin intención peyorativa,
¿qué tienen de malo las modas?– o tendencia
muy acentuada entre nuestros autores de todas las generaciones,
en la Isla y en el exilio, a ocuparse del tema de la marginalidad,
la delincuencia, la prostitución, las drogas, la cárcel,
a contar historias bien espeluznantes donde se combinan la miseria,
el embrutecimiento y la violencia, con personajes canallas en
ambientes sórdidos. Ya antes en Cuba se había
escrito sobre el lado más “oscuro” de la
sociedad, y muy bien por cierto. Ahí están Hombres
sin mujer, novela de Carlos Montenegro, y algunos entre los
mejores relatos de Lino Novás Calvo, por sólo
citar dos ejemplos notables. Pero a partir de la década
de los noventa lo que se desata es una especie de zafarrancho.
La marginalidad, por increíble que parezca, se vuelve
centro o, cuando menos, obligada referencia. Páginas
y más páginas sobre jineteras y pingueros, proxenetas,
vividores, pícaros, traficantes de todo lo traficable,
borrachos, drogadictos, balseros, tipos agresivos y feroces
con el cuchillo entre los dientes, veteranos de la guerra en
África que perdieron la chaveta, locos arrebatados, ex
presidiarios, y también otros que quizás en otras
sociedades no serían marginales, o al menos no tanto,
como los travestis, las lesbianas, los enfermos de sida y los
santeros. Como quien dice, Alí Babá y los cuarenta
ladrones. Imposible mencionar aquí y ahora todos los
títulos. Tampoco vale la pena. Baste con saber que proliferan,
que se dan silvestres como la verdolaga.
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