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  Ensayo de Ena Lucía Portela sobre Pedro Juan Gutiérrez  
 

Con hambre y sin dinero

Por ENA LUCÍA PORTELA

La Habana, 2 de febrero de 2003

Ena Lucía Portela
 

 
Pedro Juan Gutiérrez (® TONI PRADAS) TRAS UN espectacular debut como narrador con un libro de cuentos bastante desigual, apresurado, reiterativo y por momentos impresionante, El Rey de La Habana, primera novela de Pedro Juan Gutiérrez, venía precedida por una fama un tanto equívoca. El comercial del trópico: “A golpe de ron, música y sexo, no deja títere con cabeza”. Las inevitables y poco imaginativas referencias al canon del llamado realismo sucio: “Una especie de caribeño Bukowski o de habanero Henry Miller”. La también inevitable e imprecisa comparación con otros narradores cubanos de algún modo afines:
“Tan radical como Reinaldo Arenas y mucho más hiriente que Zoé Valdés”. Y para cerrar con broche de oro: “Una de las revelaciones más impactantes de la literatura latinoamericana reciente”

¿Qué más se podía pedir? Con éxito de ventas y con la crítica hispana en un bolsillo, nuestro Pedro Juan había dado un palo editorial. Un tremendo palazo. De la noche a la mañana se había convertido en el más notorio entre los escritores cubanos en activo, desbancando a Zoé Valdés. Hasta ahí, normal. Ya sabemos cómo funcionan estas cosas. Lo verdaderamente asombroso, lo insólito, al menos para mí, fue que a pesar de todo el ruido y la parafernalia, El Rey... resultara ser una magnífica novela. Amena, de las que te agarran desde la primera página y no te sueltan hasta la última; intensa, de las que te estremecen y te ponen la carne de gallina y los pelitos de punta; profunda, de las que invitan a pensar y en cada relectura descubres algo nuevo.
En cerca de doscientas páginas (dado el formato del libro, el manuscrito debió tener muchas menos), un narrador en tercera persona, casi todo el tiempo colocado en la perspectiva del protagonista, nos cuenta de cabo a rabo la vida de este muchacho del barrio de San Leopoldo, el menor de los hijos de la monga, el mulato ni lindo ni feo que jamás había comido carne: Reinaldo o Rey, alias El Rey de La Habana. Tan monárquico apodo, que el personaje se ha ganado en buena lid por el tamaño interesante de su pene con dos municiones de acero, de los rodamientos de bicicletas (“perlanas”, en jerga carcelaria), debajo del glande, y por el entusiasmo y la habilidad con que lo maneja, al mismo tiempo resulta salvajemente irónico, puesto que este Rey sin cetro ni corona procede del más bajo estrato
Pedro Juan Gutiérrez - El Rey de La Habana (Anagrama)
social, un inframundo urbano hecho de la peor miseria material y espiritual, subsuelo hambreado, alcoholizado, promiscuo, mariguanero y violento, lo último de lo último, en fin, la mierda –en un momento dado es ésa la palabra que emplea el narrador para referirse al ámbito del personaje y ahora mismo no se me ocurre otra más exacta–, al punto que parece casi imposible imaginar a alguien más próximo a las bestias, más primitivo, más marginal que él, aunque al mismo tiempo –y esto es importante, como veremos luego– sigue siendo un ser humano.

La historia, desde la infancia nada prometedora de Rey, el vertiginoso instante en que pierde de un golpe a toda su familia, su reclusión a los trece años en un correccional de menores, sus aventuras allí, donde el mayor triunfo consiste en no ser sodomizado cueste lo que cueste y en jugarle cabeza al instructor a fin de pasar en la oscuridad del calabozo, en la amable compañía de las cucarachas, el menor tiempo posible, y su posterior fuga a los dieciséis, hasta su horrible muerte a los diecisiete, pasando por toda clase de peripecias en las calles de esta ciudad devastada, oscura, sucia, rota y peligrosa, que es La Habana de los noventa, transcurre de modo lineal, continuo, sin división en capítulos, como un relato de largo aliento. A Rey, tránsfuga, sin hogar, sin apoyo de nadie, indocumentado o provisto de una falsa identificación, con tres varas de hambre, casi analfabeto, harapiento, apestoso a grajo y a cualquier cosa, con ladillas, buzo (no de las profundidades marinas, sino de los latones de basura), mendigo, pícaro, ladrón, alguna vez estibador en un agromercado o ayudante de sepulturero o chofer de un bicitaxi u obrero en una fábrica de cervezas (no dura mucho en ningún empleo), masturbador exhibicionista, chulito de séptima categoría, traficante de drogas también de séptima categoría, homicida y necrófilo, un desastre, en fin, en toda la extensión del término, también lo encontraremos ilegal en Varadero y de paso por la ciudad de Matanzas, pero su escenario predilecto, su ambiente natural, su reino, es La Habana.

En rigor no podría afirmarse que esta novela asombrosa irrumpe cual rayo en cielo sereno en el panorama de la narrativa cubana de fines del siglo pasado. Más bien se inserta en una moda –dicho sea esto sin intención peyorativa, ¿qué tienen de malo las modas?– o tendencia muy acentuada entre nuestros autores de todas las generaciones, en la Isla y en el exilio, a ocuparse del tema de la marginalidad, la delincuencia, la prostitución, las drogas, la cárcel, a contar historias bien espeluznantes donde se combinan la miseria, el embrutecimiento y la violencia, con personajes canallas en ambientes sórdidos. Ya antes en Cuba se había escrito sobre el lado más “oscuro” de la sociedad, y muy bien por cierto. Ahí están Hombres sin mujer, novela de Carlos Montenegro, y algunos entre los mejores relatos de Lino Novás Calvo, por sólo citar dos ejemplos notables. Pero a partir de la década de los noventa lo que se desata es una especie de zafarrancho. La marginalidad, por increíble que parezca, se vuelve centro o, cuando menos, obligada referencia. Páginas y más páginas sobre jineteras y pingueros, proxenetas, vividores, pícaros, traficantes de todo lo traficable, borrachos, drogadictos, balseros, tipos agresivos y feroces con el cuchillo entre los dientes, veteranos de la guerra en África que perdieron la chaveta, locos arrebatados, ex presidiarios, y también otros que quizás en otras sociedades no serían marginales, o al menos no tanto, como los travestis, las lesbianas, los enfermos de sida y los santeros. Como quien dice, Alí Babá y los cuarenta ladrones. Imposible mencionar aquí y ahora todos los títulos. Tampoco vale la pena. Baste con saber que proliferan, que se dan silvestres como la verdolaga.

   
     
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