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Con
hambre y sin dinero
(Segunda parte de cuatro)
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Tal fenómeno obedece
a tres causas fundamentales y relacionadas entre sí.
La primera, obvia, es la situación objetiva del
país; nadie ignora que tras el derrumbe del comunismo
soviético, a Cuba, en su condición de satélite
o cliente o como se le quiera llamar, se le cortó
el agua y la luz (no es metáfora) y el petróleo
y cualquier ilusión de prosperidad que muchos corazones
incautos albergaran |
hasta entonces; con la crisis económica,
profunda, aplastante, visceral, vino la crisis social, el desempleo,
las carencias de todo tipo, el hambre y, como es de suponer,
un enorme incremento de la desesperación, el afán
de emigrar, el alcoholismo, la locura, los suicidios, la mentalidad
de tiempo de guerra y el delito común en todas sus variantes.
La segunda causa tiene que ver con el empecinamiento del gobierno
en negar todo eso, con la falta de transparencia casi absoluta
en los medios de comunicación masiva, con el hecho de
que la televisión, la radio y los periódicos reflejan
un país que en nada se parece al verdadero; nos muestran
la mejor de las patrias posibles, la más segura, culta
y democrática, algo semejante a un paraíso donde
todo marcha a pedir de boca, pura ciencia ficción. La
vociferante histeria nacionalista sirve lo mismo para aturdir
y desinformar, en tanto propaganda política burda pero
tenaz, que para subvertir (o “sobrecompensar”, diría
Freud) el lacerante complejo de inferioridad nacional. Nada
más lógico, entonces, que en un país sin
espacios alternativos para la sátira política,
sin crónica roja, sin pornografía, etc., los contenidos
propios de esos digamos géneros no demasiado artísticos
(nada de “subgéneros”, que también
tienen su importancia y su función social) se transfieran
a la literatura. La mente humana, ya se sabe, está diseñada
de tal modo que todo aquello que se pretenda ocultar o prohibir,
por desagradable o intrascendente que sea, automáticamente
se vuelve atractivo. La tercera causa, aunque no la de menor
peso, reside en ese dios tan seductor, huidizo, impredecible
y caprichoso, más fuerte que el Dios cristiano y que
Olofi y todos los orishas juntos, que adoramos bajo la advocación
de Mercado. Lo que en la metrópolis literaria de la lengua
española, o sea, en Madrid o Barcelona, allá lejos,
se espera de un narrador cubano. En términos generales,
puesto que hay sus excepciones, podría decirse que en
lo referido a Cuba se cotizan sobre todo el sensacionalismo,
la denuncia política, el sexo explícito y el “lenguaje
caribeño”. Un español o un francés,
y no digamos ya un anglosajón, aún puede, dentro
de ciertos límites, escribir sobre lo que más
le plazca, puede darse el gusto de ser “universal”
y “cosmopolita”; un cubano también, desde
luego, pero la tiene más difícil. Al menos en
principio, un cubano debe parecer cubano. A veces he tenido
la impresión (quizás se trate sólo de eso,
de una funesta y lamentable impresión) de que algunos
europeos nos tienen por una banda de monos lujuriosos, alegres,
musicales, étnicos y folclóricos, y que como tales
debemos comportarnos. Si no, ellos se sienten defraudados. ¿Y
qué se le va a hacer? Con el dinero no se juega.
El valor literario, muy en función del valor comercial,
de todos esos libros está determinado no tanto por una
estructura original o una buena prosa, como por las historias
que cuentan, y no por el interés que posean las anécdotas
en sí mismas, por sus implicaciones filosóficas,
psicológicas o éticas, sino por el vínculo
más o menos evidente que se establezca entre ellas y
la vida real en la Cuba de ahora mismo, por la noción
de “autenticidad”. Y es ahí, justo ahí,
donde se traba la bicicleta. Porque la inmensa mayoría
de esos libros son falsificaciones. Más chapuceras o
más sofisticadas, pero falsificaciones. Las muy chapuceras
por lo general no llegan a ningún sitio, pasan sin pena
ni gloria y sin saber que pasaron; las sofisticadas pueden engañar
a quien se deje, y hasta conseguir por algún tiempo su
ración de éxito (no mencionaré nombres
para no herir susceptibilidades, a quien le sirva el sayo que
se lo ponga). ¿Qué quiero decir con esto de “falsificaciones”?
Veamos. “Regla de oro para los escritores debutantes:
si escasea la imaginación hay que ser fiel a los detalles.”
Así educaba el profesor de historia argentina, malhumorado
y cínico, a su sobrino aprendiz de narrador en una novela
de Ricardo Piglia. No sé cómo verán otros
este consejito, a lo mejor lo encuentran demasiado estrecho
o radical, quién sabe; a mí me parece una propuesta
de lo más lúcida: o mientes en grande, por todo
lo alto (v.g.: me cuentas que una mañana, tras un sueño
intranquilo, Gregorio Samsa se despertó en su cama convertido
en un monstruoso insecto… ¡y procuras que te lo
crea!), o te ciñes a la verdad pura y dura, pero nada
de medias tintas ni de servir gato como si fuera liebre, no
se insulta la inteligencia del lector. La imaginación,
de momento, la haremos a un lado. Es un don y no debe, por tanto,
constituir una exigencia de la crítica. Nos atendremos
a la segunda alternativa del profesor: fidelidad a los detalles.
Pues bien, casi ninguno entre los narradores cubanos que se
han ocupado de la marginalidad, aunque sea de modo episódico
o tangencial, durante los últimos tiempos, ha sido fiel
a los detalles. Sospecho que los ignoran. Para empezar, habría
que tener una vista de águila, un olfato de perro, un
oído de lince y una voluntad de mula cerrera para conocer
a fondo, desde un exilio más o menos prolongado, los
detalles de la vida desarrapada, mutante y feroz en la Cuba
de los noventa. Luego, incluso en la Isla, la mayoría
de los escritores no proceden de tan abajo, o no han caído
nunca tan abajo, ni tampoco se han dedicado seriamente a enterarse
de cómo funcionan las cosas por allá abajo. No
dominan el tema, idealizan o condenan, reproducen estereotipos,
a menudo no saben una papa de lo que están hablando.
Pero creen que sí saben, y eso es lo peor. El efecto
que producen los textos se asemeja al de una foto movida o una
banda sonora distorsionada, cuando no al de un teatro de marionetas
manejado por un embustero torpe y mojigato con la nariz arrugada
para no sentir la peste y una típica mentalidad pequeño-burguesa.
Pero volvamos a El Rey..., que sobresale en este contexto
tan desafortunado como una novela veraz, incisiva, certera,
rigurosamente fiel a los detalles. No es que cuente hechos reales
a sangre fría (lo cual no aportaría ninguna garantía
de autenticidad: también se puede contarlos y ser un
farsante, un fullero, un manipulador, en dependencia del recorte
que se haga de la realidad, de la selección, o sea, de
qué ponemos bajo el reflector y qué dejamos a
la sombra); más bien se basa en hechos reales, es decir,
los toma como punto de partida, los reorganiza y los modifica
para tramar una historia sólida y concentrada, verosímil
de principio a fin. El cuento de lo que no pasó, pero
muy bien pudo haber pasado. Aquí no se escamotean datos
por ningún otro motivo que no sean los estrictamente
literarios, digamos para evitar dilaciones o repeticiones innecesarias,
para mantener cierta coherencia, para que no decaiga el interés,
etc. Entre el narrador y su relato no se interponen ideologías,
religiones, tabúes, afanes moralizantes, dogmas estéticos,
respeto a esto o a aquello, buenos modales ni nada por el estilo.
No se escucha, a todo lo largo de la narración, ni una
sola nota falsa. Ahí va, a modo de ejemplo, una breve
descripción de los trastornos mentales que puede provocar
el hambre:
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(…) y de repente
el hambre rugió como un tigre en el fondo de sus
entrañas. Literalmente. Sucede muy pocas veces
en la vida. Se siente pavor porque se cree que el tigre
puede devorarlo a uno empezando por las tripas y saliendo
afuera. Y ese pensamiento altera al más macho de
los machos, qué cojones. Hay que buscar algo que
comer urgentemente para tranquilizar al tigre. |
¿Exageración? Para nada.
Ni siquiera hay que ser El Rey de La Habana, ni el más
macho de los machos, o la más hembra de las hembras,
para que algo así le suceda a uno. Sólo que
la persona más civilizada, más instruida, la
que usa el cerebro de vez en cuando, quizás no razone
en términos de “tigre”, sino que formule
pensamientos un poco más complejos. A saber: existen,
aunque no nos guste, situaciones límite donde ni la
religión, ni la filosofía, ni toda la experiencia
vital acumulada valen un rábano, situaciones que te
devuelven a la caverna, o incluso a una época anterior
a la caverna; una de ellas es el hambre extrema, el hambre
de muchos días, o meses, hasta años, aquella
cuyo alivio no se vislumbra por ninguna parte, y no estás
en el desierto calcinante ni en la tundra helada, sino en
medio de una ciudad con más de dos millones de habitantes
donde a nadie le importa tu destino (no es que sean dos millones
de hijoeputas, sólo que también ellos, una cuantiosa
mayoría, están en las mismas); al principio
no sabes qué hacer, te sientes abrumado, acorralado,
lleno de pánico; el mero hecho de saber que de hambre
puedes morirte basta para hacer de ti, ilustre Homo sapiens,
una fiera rabiosa y enloquecida; entonces descubres que con
tal de comer harías cualquier cosa (éste es
el Gran Descubrimiento), sales a la calle a buscar comida,
sales de cacería, usas la inteligencia o la fuerza,
lo que tengas a tu alcance, lo que más te cuadre, da
igual, en la lucha por la vida vale todo. Y cuando digo “todo”
quiero decir exactamente eso: todo. Por suerte, como bien
afirma el narrador, esto, el ataque agudo, el “golpe
de hambre”, sucede muy pocas veces en la vida. Aunque
inolvidable, tampoco es esa clase de calamidad que, según
pretenden algunos ingenuos bien alimentados, “si no
te mata, te fortalece”. No, el hambre no fortalece.
Lo más que puede hacer por ti, si no mueres ni enloqueces
del todo, es volverte un poquito cínico. Así,
el narrador se refiere en varias ocasiones a la mirada “dura”
de los personajes, a su desgaste, a su envejecimiento prematuro
(el mismo Rey, a los diecisiete años, aparenta por
lo menos treinta). Habrá quien se lleve las manos a
la cabeza para acto seguido decir que no, que qué horror,
que en Cuba socialista no ocurre tal cosa y, aunque ocurriera,
no todos reaccionaríamos igual, puesto que los principios
morales… bla bla bla. Bueno, tal vez en la India, con
su civilización milenaria, donde llevan siglos y siglos
y recontrasiglos pasando Hambre con hache mayúscula,
hayan aprendido a tomárselo con más calma. Tal
vez. Pero no estamos en la India. Acá, en la periferia
de Occidente, el hambre suele ponernos un poco nerviosos,
incómodos, de mal humor.
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