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  Ensayo de Ena Lucía Portela sobre Pedro Juan Gutiérrez  
 

  Con hambre y sin dinero
  
(Segunda parte de cuatro)

   Por ENA LUCÍA PORTELA, narradora y ensayista
   La Habana, 2 de febrero de 2003
Ena Lucía Portela

® TONI PRADAS Tal fenómeno obedece a tres causas fundamentales y relacionadas entre sí. La primera, obvia, es la situación objetiva del país; nadie ignora que tras el derrumbe del comunismo soviético, a Cuba, en su condición de satélite o cliente o como se le quiera llamar, se le cortó el agua y la luz (no es metáfora) y el petróleo y cualquier ilusión de prosperidad que muchos corazones incautos albergaran
hasta entonces; con la crisis económica, profunda, aplastante, visceral, vino la crisis social, el desempleo, las carencias de todo tipo, el hambre y, como es de suponer, un enorme incremento de la desesperación, el afán de emigrar, el alcoholismo, la locura, los suicidios, la mentalidad de tiempo de guerra y el delito común en todas sus variantes. La segunda causa tiene que ver con el empecinamiento del gobierno en negar todo eso, con la falta de transparencia casi absoluta en los medios de comunicación masiva, con el hecho de que la televisión, la radio y los periódicos reflejan un país que en nada se parece al verdadero; nos muestran la mejor de las patrias posibles, la más segura, culta y democrática, algo semejante a un paraíso donde todo marcha a pedir de boca, pura ciencia ficción. La vociferante histeria nacionalista sirve lo mismo para aturdir y desinformar, en tanto propaganda política burda pero tenaz, que para subvertir (o “sobrecompensar”, diría Freud) el lacerante complejo de inferioridad nacional. Nada más lógico, entonces, que en un país sin espacios alternativos para la sátira política, sin crónica roja, sin pornografía, etc., los contenidos propios de esos digamos géneros no demasiado artísticos (nada de “subgéneros”, que también tienen su importancia y su función social) se transfieran a la literatura. La mente humana, ya se sabe, está diseñada de tal modo que todo aquello que se pretenda ocultar o prohibir, por desagradable o intrascendente que sea, automáticamente se vuelve atractivo. La tercera causa, aunque no la de menor peso, reside en ese dios tan seductor, huidizo, impredecible y caprichoso, más fuerte que el Dios cristiano y que Olofi y todos los orishas juntos, que adoramos bajo la advocación de Mercado. Lo que en la metrópolis literaria de la lengua española, o sea, en Madrid o Barcelona, allá lejos, se espera de un narrador cubano. En términos generales, puesto que hay sus excepciones, podría decirse que en lo referido a Cuba se cotizan sobre todo el sensacionalismo, la denuncia política, el sexo explícito y el “lenguaje caribeño”. Un español o un francés, y no digamos ya un anglosajón, aún puede, dentro de ciertos límites, escribir sobre lo que más le plazca, puede darse el gusto de ser “universal” y “cosmopolita”; un cubano también, desde luego, pero la tiene más difícil. Al menos en principio, un cubano debe parecer cubano. A veces he tenido la impresión (quizás se trate sólo de eso, de una funesta y lamentable impresión) de que algunos europeos nos tienen por una banda de monos lujuriosos, alegres, musicales, étnicos y folclóricos, y que como tales debemos comportarnos. Si no, ellos se sienten defraudados. ¿Y qué se le va a hacer? Con el dinero no se juega.

El valor literario, muy en función del valor comercial, de todos esos libros está determinado no tanto por una estructura original o una buena prosa, como por las historias que cuentan, y no por el interés que posean las anécdotas en sí mismas, por sus implicaciones filosóficas, psicológicas o éticas, sino por el vínculo más o menos evidente que se establezca entre ellas y la vida real en la Cuba de ahora mismo, por la noción de “autenticidad”. Y es ahí, justo ahí, donde se traba la bicicleta. Porque la inmensa mayoría de esos libros son falsificaciones. Más chapuceras o más sofisticadas, pero falsificaciones. Las muy chapuceras por lo general no llegan a ningún sitio, pasan sin pena ni gloria y sin saber que pasaron; las sofisticadas pueden engañar a quien se deje, y hasta conseguir por algún tiempo su ración de éxito (no mencionaré nombres para no herir susceptibilidades, a quien le sirva el sayo que se lo ponga). ¿Qué quiero decir con esto de “falsificaciones”? Veamos. “Regla de oro para los escritores debutantes: si escasea la imaginación hay que ser fiel a los detalles.” Así educaba el profesor de historia argentina, malhumorado y cínico, a su sobrino aprendiz de narrador en una novela de Ricardo Piglia. No sé cómo verán otros este consejito, a lo mejor lo encuentran demasiado estrecho o radical, quién sabe; a mí me parece una propuesta de lo más lúcida: o mientes en grande, por todo lo alto (v.g.: me cuentas que una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó en su cama convertido en un monstruoso insecto… ¡y procuras que te lo crea!), o te ciñes a la verdad pura y dura, pero nada de medias tintas ni de servir gato como si fuera liebre, no se insulta la inteligencia del lector. La imaginación, de momento, la haremos a un lado. Es un don y no debe, por tanto, constituir una exigencia de la crítica. Nos atendremos a la segunda alternativa del profesor: fidelidad a los detalles. Pues bien, casi ninguno entre los narradores cubanos que se han ocupado de la marginalidad, aunque sea de modo episódico o tangencial, durante los últimos tiempos, ha sido fiel a los detalles. Sospecho que los ignoran. Para empezar, habría que tener una vista de águila, un olfato de perro, un oído de lince y una voluntad de mula cerrera para conocer a fondo, desde un exilio más o menos prolongado, los detalles de la vida desarrapada, mutante y feroz en la Cuba de los noventa. Luego, incluso en la Isla, la mayoría de los escritores no proceden de tan abajo, o no han caído nunca tan abajo, ni tampoco se han dedicado seriamente a enterarse de cómo funcionan las cosas por allá abajo. No dominan el tema, idealizan o condenan, reproducen estereotipos, a menudo no saben una papa de lo que están hablando. Pero creen que sí saben, y eso es lo peor. El efecto que producen los textos se asemeja al de una foto movida o una banda sonora distorsionada, cuando no al de un teatro de marionetas manejado por un embustero torpe y mojigato con la nariz arrugada para no sentir la peste y una típica mentalidad pequeño-burguesa.

Pero volvamos a El Rey..., que sobresale en este contexto tan desafortunado como una novela veraz, incisiva, certera, rigurosamente fiel a los detalles. No es que cuente hechos reales a sangre fría (lo cual no aportaría ninguna garantía de autenticidad: también se puede contarlos y ser un farsante, un fullero, un manipulador, en dependencia del recorte que se haga de la realidad, de la selección, o sea, de qué ponemos bajo el reflector y qué dejamos a la sombra); más bien se basa en hechos reales, es decir, los toma como punto de partida, los reorganiza y los modifica para tramar una historia sólida y concentrada, verosímil de principio a fin. El cuento de lo que no pasó, pero muy bien pudo haber pasado. Aquí no se escamotean datos por ningún otro motivo que no sean los estrictamente literarios, digamos para evitar dilaciones o repeticiones innecesarias, para mantener cierta coherencia, para que no decaiga el interés, etc. Entre el narrador y su relato no se interponen ideologías, religiones, tabúes, afanes moralizantes, dogmas estéticos, respeto a esto o a aquello, buenos modales ni nada por el estilo. No se escucha, a todo lo largo de la narración, ni una sola nota falsa. Ahí va, a modo de ejemplo, una breve descripción de los trastornos mentales que puede provocar el hambre:

  (…) y de repente el hambre rugió como un tigre en el fondo de sus entrañas. Literalmente. Sucede muy pocas veces en la vida. Se siente pavor porque se cree que el tigre puede devorarlo a uno empezando por las tripas y saliendo afuera. Y ese pensamiento altera al más macho de los machos, qué cojones. Hay que buscar algo que comer urgentemente para tranquilizar al tigre.

¿Exageración? Para nada. Ni siquiera hay que ser El Rey de La Habana, ni el más macho de los machos, o la más hembra de las hembras, para que algo así le suceda a uno. Sólo que la persona más civilizada, más instruida, la que usa el cerebro de vez en cuando, quizás no razone en términos de “tigre”, sino que formule pensamientos un poco más complejos. A saber: existen, aunque no nos guste, situaciones límite donde ni la religión, ni la filosofía, ni toda la experiencia vital acumulada valen un rábano, situaciones que te devuelven a la caverna, o incluso a una época anterior a la caverna; una de ellas es el hambre extrema, el hambre de muchos días, o meses, hasta años, aquella cuyo alivio no se vislumbra por ninguna parte, y no estás en el desierto calcinante ni en la tundra helada, sino en medio de una ciudad con más de dos millones de habitantes donde a nadie le importa tu destino (no es que sean dos millones de hijoeputas, sólo que también ellos, una cuantiosa mayoría, están en las mismas); al principio no sabes qué hacer, te sientes abrumado, acorralado, lleno de pánico; el mero hecho de saber que de hambre puedes morirte basta para hacer de ti, ilustre Homo sapiens, una fiera rabiosa y enloquecida; entonces descubres que con tal de comer harías cualquier cosa (éste es el Gran Descubrimiento), sales a la calle a buscar comida, sales de cacería, usas la inteligencia o la fuerza, lo que tengas a tu alcance, lo que más te cuadre, da igual, en la lucha por la vida vale todo. Y cuando digo “todo” quiero decir exactamente eso: todo. Por suerte, como bien afirma el narrador, esto, el ataque agudo, el “golpe de hambre”, sucede muy pocas veces en la vida. Aunque inolvidable, tampoco es esa clase de calamidad que, según pretenden algunos ingenuos bien alimentados, “si no te mata, te fortalece”. No, el hambre no fortalece. Lo más que puede hacer por ti, si no mueres ni enloqueces del todo, es volverte un poquito cínico. Así, el narrador se refiere en varias ocasiones a la mirada “dura” de los personajes, a su desgaste, a su envejecimiento prematuro (el mismo Rey, a los diecisiete años, aparenta por lo menos treinta). Habrá quien se lleve las manos a la cabeza para acto seguido decir que no, que qué horror, que en Cuba socialista no ocurre tal cosa y, aunque ocurriera, no todos reaccionaríamos igual, puesto que los principios morales… bla bla bla. Bueno, tal vez en la India, con su civilización milenaria, donde llevan siglos y siglos y recontrasiglos pasando Hambre con hache mayúscula, hayan aprendido a tomárselo con más calma. Tal vez. Pero no estamos en la India. Acá, en la periferia de Occidente, el hambre suele ponernos un poco nerviosos, incómodos, de mal humor.

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