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  Ensayo de Ena Lucía Portela sobre Pedro Juan Gutiérrez  
 

   Con hambre y sin dinero
   (Tercera parte de cuatro)

   Por ENA LUCÍA PORTELA, narradora y ensayista
   La Habana, 2 de febrero de 2003
Ena Lucía Portela

La cuestión del hambre es omnipresente en El Rey..., también el mal humor y su más inmediato corolario: la violencia. Los personajes se ofenden unos a otros, se amenazan, se golpean, se hieren, se matan como si esto fuera lo más natural del mundo. Y es que en determinadas circunstancias llega a serlo. Veamos la siguiente escena:

  (…) El viejo le asestó un buen palazo por la cabeza al otro. Y lo lanzó al suelo. No perdió tiempo. Lo golpeó más, con el canto de la pala. Siempre por la cabeza. Hasta destrozarle el cráneo. Era un viejo retorcido y pequeño, pero fuerte. Una pulpa de sangre y masa encefálica se derramó en el piso. El viejo agarró el cadáver. Hizo un esfuerzo y lo cargó como un saco, sobre sus hombros. Lo tiró en la sepultura abierta. Hasta el fondo. Con sus grandes manazas recogió la masa pulposa y la tiró también al fondo del hueco. Con el pie borró las manchas de sangre que quedaron en la tierra. Hizo lo mismo con la pala. Listo. Aquí no pasó nada.

Este homicidio nunca será objeto de encuesta policial. La víctima es un vagabundo zarrapastroso al que posiblemente nadie echará de menos. Había sido él, en apariencia más fuerte que el viejo sepulturero, quien provocara la pelea en el cementerio. Se disputaban los despojos de los muertos: ropas, zapatos, anillos, algún que otro diente de oro. Tal había sido hasta entonces el modus vivendi del viejo, su principal fuente de ingresos, su medio para mantenerse a flote y escapar del hambre, y el otro había pretendido arrebatárselo. No por diversión ni por odio al viejo ni por mero afán de rapiña o piratería, sino porque probablemente también él huía del hambre, también él luchaba por su vida. Ojo: esta interpretación de los móviles de ambos contendientes es mía; me parece bastante obvia y creo que a Marx le hubiera encantado, pero es mía. Debo advertir que el narrador de esta novela apenas ofrece explicaciones acerca de la conducta de sus personajes. La describe sin fanfarria, sin mucho aspaviento, como algo normal, intrascendente. No se las da de psiquiatra ni de sociólogo ni de adivino, no se mete dentro de ninguna cabeza que no sea la del protagonista –casi hueca, en parte por herencia y en parte por decisión propia, por instinto–, o la de la madre al principio –más hueca todavía, de nacimiento–. Sobre todo no juzga, ni condena ni aprueba. No se deja impresionar por su propio relato (ingenuidad harto frecuente entre los narradores cubanos que se pretenden “realistas”). Sólo cuenta una historia, la de Rey, que se entrelaza a su vez con múltiples jirones de otras historias, como ésta del viejo sepulturero.

® TONI PRADAS En la amplia y variada galería de personajes marginales de El Rey..., hombres y mujeres, jóvenes y viejos, blancos, negros y mulatos, habaneros y guajiros, no hay uno solo que se asemeje ni por casualidad a los que de vez en cuando aparecen en el serial televisivo Día y noche, el de las noches dominicales en Cubavisión destinado a glorificar a la nunca bien ponderada PNR (Policía Nacional Revolucionaria): un hatajo de sinvergüenzas degenerados anormales malignos perversos (me refiero a los marginales, no a los policías) que no se ganan la vida honradamente con su trabajo por la sencilla razón de que no les da la gana, porque les encanta
desperdiciar, de perros que son, todas las magníficas oportunidades que brinda el más generoso de los sistemas socioeconómicos que en el mundo han sido. Por otro lado, tampoco hay ninguno que se parezca a los héroes románticos de las cloacas pestíferas, onda Jean Valjean, esos que perpetran sus fechorías porque no les queda más remedio que perpetrarlas, por tanto que han sufrido, por traumas de la infancia, porque la vida es una cabrona, etc., pero en el fondo son unos tipos nobles y bondadosos que sólo esperan una oportunidad para demostrarlo, fantoches que pululan tanto en las películas norteamericanas de a tres por quilo como en los textos de algunos autores cubanos que en estos últimos años han dado en idealizar la marginalidad, ya sea por ignorancia, por llevarle la contraria al establishment del modo más grosero o porque les asusta o les asquea representar (e incluso ver) las cosas como realmente son. Este síndrome de Bonnie & Clyde, o deslumbramiento con la crápula y con los supuestos valores de la crápula, suele ser señal inequívoca de falta de autenticidad.

Los personajes de El Rey... son gente común en su mayoría. Quizás pudiera exceptuarse a Elenita la boba, a su marido, que es más bobo que ella, y a la madre del protagonista, criaturas con algún problemita físico, lo que se llama una tara, pero en cualquier caso resulta muy difícil establecer una línea divisoria entre los “normales” y los “monstruos” (tal como ocurre, si a eso vamos, en la vida real). En términos generales son cubanos de la calle, nada extraordinarios en ningún sentido, lo suficientemente individualizados para no devenir arquetipos y lo bastante anónimos para que no se reconozca en ellos a ninguna persona real. Habrá quien los considere grotescos y esperpénticos, una fauna de bichos raros para ver en un parque zoológico, al otro lado de las rejas, pero eso se debe a que por lo general el concepto de “gente común”, el famoso average man, se asocia con la clase media, profesionales, empleados, estudiantes, etc., jamás con el hampa o el jet, o sea, no es tanto el individuo lo que se valora, como su posición en la escala social. ¿Y de dónde salen tales juicios o, más bien, prejuicios? Precisamente de la clase media, que se considera a sí misma la medida de todas las cosas y de ahí no la mueve nadie. Por otra parte, los que a estas alturas de la vida aún conserven ilusiones de progreso, civilización, mejoramiento humano y demás lindezas, se rehusarán con total severidad a aceptar que alguien como Rey o su hermano Nelson, el matricida, o el travesti Sandra, que “pasa” un muerto, o Yunisleidi, la tunera “más caliente que una plancha”, tanto que tuvo su primer marido a los ocho años, o Carlos, que lanza al marinero por la ventana y tan campante, o Cheo, que con la mayor naturalidad comete incesto, o el viejo sepulturero, a quien ya tuvimos el honor de conocer, o cualquiera de los otros, sean gente común. Qué va, ya sería bastante milagroso que los tuvieran siquiera por gente. De modo que no insistiré en ese punto, ¿para qué?

En cuanto a lo formal, la prosa de El Rey... es muy sencilla. Concisa, denotativa, casi minimalista (más que de Bukowski o de Henry Miller, en este aspecto podría rastrearse, quizá, alguna influencia de Raymond Carver). Oraciones breves, nada de floreos ni juegos con la sonoridad de las palabras ni adjetivación sorprendente ni audacias estilísticas de ninguna índole. El tono a veces irónico, nunca sentimental, a menudo neutro, frío, objetivo. El tempo, rápido. Sobre todo en las primeras páginas se advierte al periodista Pedro Juan, la voz que intenta decir lo más posible en el espacio más reducido. Apenas emplea tiempos verbales compuestos en las subordinaciones, sustituyéndolos por tiempos simples no siempre equivalentes, lo que da lugar a estructuras un tanto defectuosas, que no fluyen como debieran, que saltan de inmediato al oído en una lectura en voz alta. Y digo “como debieran” porque no se trata aquí de una voluntad de estilo, de un deliberado propósito de escribir con los dedos de los pies, sino de errorcitos gramaticales que no aportan al texto ningún significado nuevo. Aunque tampoco es una falla tan grave que un editing cuidadoso no pueda subsanarla. A juzgar por el aspecto general, un poco despeluzado, de muchísimos de los libros que publican, las grandes editoriales españolas al parecer no se toman muy en serio esto del editing, lo cual, entre otras circunstancias, nos pone en desventaja con los anglosajones, que sí lo hacen.

Lo más afortunado de esta novela, en lo relativo a la forma, son los diálogos. No porque los personajes sean unos brillantes conversadores, ingeniosos y aforísticos (de hecho Rey es un tipo corto de palabras, en sentido literal, y tampoco le gusta que le hablen demasiado), sino por su verismo, su ritmo y colorido tan auténticos, su fidelidad a los detalles de la jerga popular habanera. Uno se pasea por ahí, por las calles de nuestra ciudad, por lugares donde se aglomere mucha gente, lo mismo en Centro Habana que en el Cerro o en la Víbora o en Luyanó o en Marianao o al otro lado de la bahía o por el muro del Malecón, en fin, por cualquier parte, afina el oído y escucha a los personajes de El Rey..., ahí están, vivos, ruidosos, en su apogeo, maltratando el idioma a más y mejor. ¿Soez, vulgar, sucio? Es probable. ¿Hiriente? No. O tal vez sí. Depende de cuán acostumbradas estén las orejas a esta clase de melodías. Para lograr tal impresión de realidad, excepcional en la narrativa cubana de la última década, no basta con soltar cuatro palabrotas, no es tan simple: hay que saber dónde ponerlas y en qué momento. Por mucho que escandalice a las viejitas indefensas, una blasfemia mal colocada pierde eficacia, arruina el conjunto y delata al farsante. Estos diálogos, además, llevan implícita una aceptación, muy sensata en mi criterio, de las convenciones del realismo. Lo que reproducen, o recrean, del habla popular habanera es el léxico y la sintaxis, no así la fonética. En ocasiones se eliden sonidos, como esa /d/ intervocálica que los habaneros, al igual que los andaluces, casi nunca pronunciamos, y algunos otros, pero no se va más allá. Una copia exacta de nuestra jerga callejera tendría necesariamente que tomar en cuenta el hecho de que en La Habana se suele hablar a la velocidad de un cohete, a grito pelado y todo el mundo a la vez (y manoteando entre mil muecas), con lo cual se eliminan o se deforman sin el menor escrúpulo un montón de sonidos y se arma el tremendo barullo. Trasladar todo ese ruido a la literatura fue algo que se propuso, entre otros autores, Guillermo Cabrera Infante. En sus cuentos y novelas nos tropezamos a cada rato con parrafadas más o menos extensas que no andan muy lejos de la trascripción fonética. ¿Resultado? Bueno, en su momento, hace más de cuatro décadas, la impresión de realidad debió resultar asombrosa. Hoy los lectores de mi generación encontramos esos textos envejecidos, medio fósiles, cuando no ilegibles. Porque el habla popular es muy cambiante, quizá la mesura, la contención en su mimesis procuren una vida más larga y provechosa a la primera novela de Pedro Juan.

A propósito de Cabrera Infante, hay en El Rey..., tan escasa en citas, referencias, parodias y demás juegos intertextuales, un brevísimo y sutil homenaje al autor de Tres tristes tigres:
  (…) Ella vendió unos cucuruchos. Hicieron silencio largo rato. A Rey le gustaba, pero no sabía cómo entrarle. Los dos eran cortos de palabras. Ella vendía maní. Le hubiera gustado que todos dijeran: “Oh, ella cantaba boleros”. Pero no. Ella vendía maní.

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