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Con
hambre y sin dinero
(Tercera parte de cuatro)
La cuestión del hambre es omnipresente
en El Rey..., también el mal humor y su más
inmediato corolario: la violencia. Los personajes se ofenden
unos a otros, se amenazan, se golpean, se hieren, se matan como
si esto fuera lo más natural del mundo. Y es que en determinadas
circunstancias llega a serlo. Veamos la siguiente escena:
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(…) El viejo le
asestó un buen palazo por la cabeza al otro. Y
lo lanzó al suelo. No perdió tiempo. Lo
golpeó más, con el canto de la pala. Siempre
por la cabeza. Hasta destrozarle el cráneo. Era
un viejo retorcido y pequeño, pero fuerte. Una
pulpa de sangre y masa encefálica se derramó
en el piso. El viejo agarró el cadáver.
Hizo un esfuerzo y lo cargó como un saco, sobre
sus hombros. Lo tiró en la sepultura abierta. Hasta
el fondo. Con sus grandes manazas recogió la masa
pulposa y la tiró también al fondo del hueco.
Con el pie borró las manchas de sangre que quedaron
en la tierra. Hizo lo mismo con la pala. Listo. Aquí
no pasó nada. |
Este homicidio nunca será objeto
de encuesta policial. La víctima es un vagabundo zarrapastroso
al que posiblemente nadie echará de menos. Había
sido él, en apariencia más fuerte que el viejo
sepulturero, quien provocara la pelea en el cementerio. Se
disputaban los despojos de los muertos: ropas, zapatos, anillos,
algún que otro diente de oro. Tal había sido
hasta entonces el modus vivendi del viejo, su principal fuente
de ingresos, su medio para mantenerse a flote y escapar del
hambre, y el otro había pretendido arrebatárselo.
No por diversión ni por odio al viejo ni por mero afán
de rapiña o piratería, sino porque probablemente
también él huía del hambre, también
él luchaba por su vida. Ojo: esta interpretación
de los móviles de ambos contendientes es mía;
me parece bastante obvia y creo que a Marx le hubiera encantado,
pero es mía. Debo advertir que el narrador de esta
novela apenas ofrece explicaciones acerca de la conducta de
sus personajes. La describe sin fanfarria, sin mucho aspaviento,
como algo normal, intrascendente. No se las da de psiquiatra
ni de sociólogo ni de adivino, no se mete dentro de
ninguna cabeza que no sea la del protagonista –casi
hueca, en parte por herencia y en parte por decisión
propia, por instinto–, o la de la madre al principio
–más hueca todavía, de nacimiento–.
Sobre todo no juzga, ni condena ni aprueba. No se deja impresionar
por su propio relato (ingenuidad harto frecuente entre los
narradores cubanos que se pretenden “realistas”).
Sólo cuenta una historia, la de Rey, que se entrelaza
a su vez con múltiples jirones de otras historias,
como ésta del viejo sepulturero.
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En la amplia y variada
galería de personajes marginales de El Rey...,
hombres y mujeres, jóvenes y viejos, blancos, negros
y mulatos, habaneros y guajiros, no hay uno solo que se
asemeje ni por casualidad a los que de vez en cuando aparecen
en el serial televisivo Día y noche, el de las
noches dominicales en Cubavisión destinado a glorificar
a la nunca bien ponderada PNR (Policía Nacional
Revolucionaria): un hatajo de sinvergüenzas degenerados
anormales malignos perversos (me refiero a los marginales,
no a los policías) que no se ganan la vida honradamente
con su trabajo por la sencilla razón de que no
les da la gana, porque les encanta |
desperdiciar, de perros que son, todas
las magníficas oportunidades que brinda el más
generoso de los sistemas socioeconómicos que en el mundo
han sido. Por otro lado, tampoco hay ninguno que se parezca
a los héroes románticos de las cloacas pestíferas,
onda Jean Valjean, esos que perpetran sus fechorías porque
no les queda más remedio que perpetrarlas, por tanto
que han sufrido, por traumas de la infancia, porque la vida
es una cabrona, etc., pero en el fondo son unos tipos nobles
y bondadosos que sólo esperan una oportunidad para demostrarlo,
fantoches que pululan tanto en las películas norteamericanas
de a tres por quilo como en los textos de algunos autores cubanos
que en estos últimos años han dado en idealizar
la marginalidad, ya sea por ignorancia, por llevarle la contraria
al establishment del modo más grosero o porque les asusta
o les asquea representar (e incluso ver) las cosas como realmente
son. Este síndrome de Bonnie & Clyde, o deslumbramiento
con la crápula y con los supuestos valores de la crápula,
suele ser señal inequívoca de falta de autenticidad.
Los personajes de El Rey... son gente común
en su mayoría. Quizás pudiera exceptuarse a Elenita
la boba, a su marido, que es más bobo que ella, y a la
madre del protagonista, criaturas con algún problemita
físico, lo que se llama una tara, pero en cualquier caso
resulta muy difícil establecer una línea divisoria
entre los “normales” y los “monstruos”
(tal como ocurre, si a eso vamos, en la vida real). En términos
generales son cubanos de la calle, nada extraordinarios en ningún
sentido, lo suficientemente individualizados para no devenir
arquetipos y lo bastante anónimos para que no se reconozca
en ellos a ninguna persona real. Habrá quien los considere
grotescos y esperpénticos, una fauna de bichos raros
para ver en un parque zoológico, al otro lado de las
rejas, pero eso se debe a que por lo general el concepto de
“gente común”, el famoso average man, se
asocia con la clase media, profesionales, empleados, estudiantes,
etc., jamás con el hampa o el jet, o sea, no es tanto
el individuo lo que se valora, como su posición en la
escala social. ¿Y de dónde salen tales juicios
o, más bien, prejuicios? Precisamente de la clase media,
que se considera a sí misma la medida de todas las cosas
y de ahí no la mueve nadie. Por otra parte, los que a
estas alturas de la vida aún conserven ilusiones de progreso,
civilización, mejoramiento humano y demás lindezas,
se rehusarán con total severidad a aceptar que alguien
como Rey o su hermano Nelson, el matricida, o el travesti Sandra,
que “pasa” un muerto, o Yunisleidi, la tunera “más
caliente que una plancha”, tanto que tuvo su primer marido
a los ocho años, o Carlos, que lanza al marinero por
la ventana y tan campante, o Cheo, que con la mayor naturalidad
comete incesto, o el viejo sepulturero, a quien ya tuvimos el
honor de conocer, o cualquiera de los otros, sean gente común.
Qué va, ya sería bastante milagroso que los tuvieran
siquiera por gente. De modo que no insistiré en ese punto,
¿para qué?
En cuanto a lo formal, la prosa de El Rey... es muy
sencilla. Concisa, denotativa, casi minimalista (más
que de Bukowski o de Henry Miller, en este aspecto podría
rastrearse, quizá, alguna influencia de Raymond Carver).
Oraciones breves, nada de floreos ni juegos con la sonoridad
de las palabras ni adjetivación sorprendente ni audacias
estilísticas de ninguna índole. El tono a veces
irónico, nunca sentimental, a menudo neutro, frío,
objetivo. El tempo, rápido. Sobre todo en las primeras
páginas se advierte al periodista
Pedro Juan, la voz que intenta decir lo más posible en
el espacio más reducido. Apenas emplea tiempos verbales
compuestos en las subordinaciones, sustituyéndolos por
tiempos simples no siempre equivalentes, lo que da lugar a estructuras
un tanto defectuosas, que no fluyen como debieran, que saltan
de inmediato al oído en una lectura en voz alta. Y digo
“como debieran” porque no se trata aquí de
una voluntad de estilo, de un deliberado propósito de
escribir con los dedos de los pies, sino de errorcitos gramaticales
que no aportan al texto ningún significado nuevo. Aunque
tampoco es una falla tan grave que un editing cuidadoso
no pueda subsanarla. A juzgar por el aspecto general, un poco
despeluzado, de muchísimos de los libros que publican,
las grandes editoriales españolas al parecer no se toman
muy en serio esto del editing, lo cual, entre otras
circunstancias, nos pone en desventaja con los anglosajones,
que sí lo hacen.
Lo más afortunado de esta novela, en lo relativo a la
forma, son los diálogos. No porque los personajes sean
unos brillantes conversadores, ingeniosos y aforísticos
(de hecho Rey es un tipo corto de palabras, en sentido literal,
y tampoco le gusta que le hablen demasiado), sino por su verismo,
su ritmo y colorido tan auténticos, su fidelidad a los
detalles de la jerga popular habanera. Uno se pasea por ahí,
por las calles de nuestra ciudad, por lugares donde se aglomere
mucha gente, lo mismo en Centro Habana que en el Cerro o en
la Víbora o en Luyanó o en Marianao o al otro
lado de la bahía o por el muro del Malecón, en
fin, por cualquier parte, afina el oído y escucha a los
personajes de El Rey..., ahí están, vivos,
ruidosos, en su apogeo, maltratando el idioma a más y
mejor. ¿Soez, vulgar, sucio? Es probable. ¿Hiriente?
No. O tal vez sí. Depende de cuán acostumbradas
estén las orejas a esta clase de melodías. Para
lograr tal impresión de realidad, excepcional en la narrativa
cubana de la última década, no basta con soltar
cuatro palabrotas, no es tan simple: hay que saber dónde
ponerlas y en qué momento. Por mucho que escandalice
a las viejitas indefensas, una blasfemia mal colocada pierde
eficacia, arruina el conjunto y delata al farsante. Estos diálogos,
además, llevan implícita una aceptación,
muy sensata en mi criterio, de las convenciones del realismo.
Lo que reproducen, o recrean, del habla popular habanera es
el léxico y la sintaxis, no así la fonética.
En ocasiones se eliden sonidos, como esa /d/ intervocálica
que los habaneros, al igual que los andaluces, casi nunca pronunciamos,
y algunos otros, pero no se va más allá. Una copia
exacta de nuestra jerga callejera tendría necesariamente
que tomar en cuenta el hecho de que en La Habana se suele hablar
a la velocidad de un cohete, a grito pelado y todo el mundo
a la vez (y manoteando entre mil muecas), con lo cual se eliminan
o se deforman sin el menor escrúpulo un montón
de sonidos y se arma el tremendo barullo. Trasladar todo ese
ruido a la literatura fue algo que se propuso, entre otros autores,
Guillermo Cabrera Infante. En sus cuentos y novelas nos tropezamos
a cada rato con parrafadas más o menos extensas que no
andan muy lejos de la trascripción fonética. ¿Resultado?
Bueno, en su momento, hace más de cuatro décadas,
la impresión de realidad debió resultar asombrosa.
Hoy los lectores de mi generación encontramos esos textos
envejecidos, medio fósiles, cuando no ilegibles. Porque
el habla popular es muy cambiante, quizá la mesura, la
contención en su mimesis procuren una vida más
larga y provechosa a la primera novela de Pedro Juan.
A propósito de Cabrera Infante, hay en El Rey...,
tan escasa en citas, referencias, parodias y demás juegos
intertextuales, un brevísimo y sutil homenaje al autor
de Tres tristes tigres:
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(…) Ella vendió
unos cucuruchos. Hicieron silencio largo rato. A Rey le
gustaba, pero no sabía cómo entrarle. Los
dos eran cortos de palabras. Ella vendía maní.
Le hubiera gustado que todos dijeran: “Oh, ella
cantaba boleros”. Pero no. Ella vendía maní. |
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