| |
Con
hambre y sin dinero
(Cuarta parte de cuatro)
 |
Está claro que
a Rey, aun cuando Magda, la manisera, sea la mujer de
su vida, a la que siempre habrá de regresar, la
blanquita de su perdición, la que lo llevará
a convertirse en una especie de Otelo del basural, en
fin, su único y verdadero amor, le importa un chícharo
lo que todos (¿todos quiénes?) digan acerca
de ella. Eso, en el caso no muy probable de que dijeran
algo, pues ¿quién además de él
se tomaría tan a pecho, al punto de dedicarle más
de un pensamiento, a semejante fulanita, pelandruja, hedionda
y medio chiflada? Me temo que nadie. Y, luego, él
no sabe nada de música, ni de muchas otras cosas
(la ignorancia de Rey es |
antológica), lo más seguro
es que hasta desconozca el significado de la palabra “bolero”.
¿Y entonces? Pues he ahí un pequeño ejemplo
de lo que en teatro se denomina “ruptura de la ilusión
dramática”: un guiño cómplice al
público enterado, un comentario burlesco que cae sobre
la escena como gota fría, un salto a otra dimensión
de la realidad. Quien piensa y desea aquí no es el personaje,
sino el narrador. Entre líneas se deja leer algo más
o menos así: “Oh, mi estimado G. Caín, era
bella tu Habana; pero ya no existe, lo que hay ahora es esto”.
Lo anterior puede entenderse tanto en el sentido inmediato y
muy real de la decadencia de nuestra ciudad, pródiga
en paisajes en ruinas tras más de cuarenta años
de abandono, donde la gente y los modos de vivir también
forman parte de esos escombros, como en el sentido si se quiere
más literario de un creador de mitología urbana
que, a la vez que reconoce la valía de otro anterior,
declara su propia independencia.
Hace un rato me refería a El Rey... como a una
novela profunda, que invita a reflexionar y que amerita, por
tanto, más de una lectura. Entre varios aspectos que
podrían resultar interesantes, por ahora cabe destacar
dos: la posición política del narrador en el contexto
cubano actual, tan convulso y tan inmóvil al mismo tiempo,
y, sobre todo, las interrogantes que se plantean acerca de la
naturaleza humana en cualquier época y lugar.
La posición política del narrador aparece de manera
bastante explícita en el recorrido de Rey por la plaza
del mercado de Cuatro Caminos:
| |
(…) Había
al menos ochenta tarimas con vegetales. Todo a precios
altísimos. El público circulaba por los
pasillos, preguntaba precios, compraba muy poco o nada,
y seguían mirando y asombrándose por los
precios, y pasando hambre. Algún que otro viejo
murmuraba: “Se están haciendo millonarios
y el gobierno no hace nada. Es contra el pueblo, todo
contra el pueblo.” Nadie le hacía caso. Algunos
viejos seguían esperando que el gobierno solucionara
algo de vez en cuando. Les habían machacado esa
idea y ya la tenían impregnada genéticamente. |
Ahí está: la indiferencia.
Porque, atención, que el gobierno jamás solucione
un problema, ni siquiera los que él mismo ha generado
y sigue generando, no implica, al menos no en esta novela,
que obligatoriamente haya que emprenderla de modo activo y
estrepitoso en contra del gobierno. No, esto sólo significa
que la vida real de la mayoría, la cotidiana, la de
la lucha por la comida, transcurre al margen del gobierno
y de la tremebunda ineficiencia, desmanes y disparates, del
gobierno. La política, así como el arte, la
filosofía y cualquier otra manifestación de
la cultura relacionada de modo directo con la espiritualidad,
ha devenido, como en todos los tiempos y lugares, un lujo
inaccesible para aquellos que aún no han resuelto el
problema del hambre. Según el narrador Leonardo Padura,
“Toda esta situación ha sido satirizada por los
cubanos al decir que en realidad en el país sólo
hay tres grandes problemas: el desayuno, el almuerzo y la
comida (…)”. Para los hambrientos el gobierno
existe de la misma manera en que existe que el clima tórrido
del Caribe, el calor húmedo y sofocante, las tormentas
eléctricas, los huracanes, la proliferación
de insectos, ratas y otras diminutas sabandijas que transmiten
enfermedades, toda clase de fiebres tropicales: algo inamovible,
estático, de lo más tieso, fijo cual eterno
verano, algo que ciertamente jode muchísimo, pero contra
lo que nada se puede hacer, puesto que jode en virtud de su
propia naturaleza. No se trata de enfrentarse, de coger al
toro por los cuernos, qué va, ¿y esa locura?,
la cuestión es “ir escapando”, o sea, ir
sobreviviendo, evitar hasta donde sea posible que el toro
se fije en uno y lo desgracie todavía más. Este
criterio, aunque desde el extranjero o desde la élite
en la Isla, pudiese parecer que no, es mayoritario, si no
en Cuba, por lo menos en La Habana. Tal vez no se note demasiado
porque la indiferencia de por sí no hace ruido. Tiene
mucho más de omisión que de acción, mucho
más de silencio que de clamor. De hecho, el fragmento
sobre la plaza del mercado contiene la única alusión
política directa que aparece a todo lo largo de la
novela, quedando el resto a cargo de la interpretación
de cada lector. Como ha declarado el propio Pedro Juan: “Esta
es la voz de los sin voz. Los que tienen que arañar
la tierra cada día para buscar algo de comer, no tienen
tiempo ni energía para nada más. Su objetivo
único es sobrevivir. Como sea. De cualquier modo. Ni
ellos mismos saben por qué ni para qué. Se empecinan
en sobrevivir un día más. Sólo eso.”
Semejante declaración ubicaría a Pedro Juan
Gutiérrez, de momento, en una suerte de “izquierda
lúcida”. Sí, ya sé que suena a
contradicción en los términos, a surrealismo,
a poemita dadá, pero ¿cómo llamarle,
si en política por lo general sólo se emplean
tres o cuatro palabrejas básicas (v.g.: “izquierda”
y “derecha”) para nombrar una amplísima
gama de nociones y conceptos muy diversos unos de otros, que,
arriba de todo, varían de país a país?
A ver si nos entendemos. Con lo de “izquierda lúcida”
me refiero a lo que pudiera constituir, y de vez en cuando
constituye, un lugar de retorno para algunos marxistas decepcionados
(más aún, espantados) tanto de la ortodoxia
comunista, salvaje y delirante por decir lo menos, como de
las izquierdas tradicionales, ciegas e ilusas o manipuladoras
y oportunistas, también por decir lo menos, y que tampoco
encuentran nada o casi nada de atractivo en las derechas,
liberales o fascistas o como sean. Así, un “izquierdista
lúcido” vendría siendo alguien que de
algún modo se interesa por los más humildes,
los más pobres, esos de los que en verdad casi nadie
se acuerda nunca (“los condenados de la Tierra”,
diría Frantz Fanon), pero sin idealizarlos, sin atribuirles
particulares virtudes ni vocación revolucionaria ni
cultura política ni conciencia de clase ni de nada,
y también sin ese ridículo tonito paternal,
de superioridad, de condescendencia, más bien propio
del filántropo con indigestión, que suelen adoptar
algunos autores izquierdosos para referirse al “pueblo”,
en fin, sin andar por ahí de arbitrista y sabelotodo,
proponiendo remedios descabellados o utópicos para
todos los males que aquejan a la sociedad contemporánea.
Porque si bien el narrador de la novela asume el punto de
vista de la indiferencia en lo relativo al gobierno –la
voz de los sin voz–, no ocurre igual con el escritor
Pedro Juan Gutiérrez –que sí tiene voz,
y de largo alcance– al escoger su tema y desarrollarlo
del modo en que lo hace. Es la suya una indiferencia estratégica,
deliberada, construida, que se opone de plano a la exigencia
partidista, al compromiso forzado, al ultimátum “o
estás a favor o estás en contra o eres un pendejo
de mierda” (en un contexto crudamente machista, donde
“los cojones” se valoran por encima de todo y
el pendejo de mierda, pobrecito, es la última carta
de la baraja), que suele perseguir cual maldición a
los escritores cubanos en la Isla y en el exilio. Inmersos
en esa esquizofrenia, muchos, sobre todo en la generación
de Pedro Juan, los que ahora rondan los cincuenta, han llegado
a creer que las cosas no pueden presentarse de otra manera,
que no hay alternativas individuales, que el plumífero
cubano es por definición un animal político,
más político que ningún otro (paradigma:
José Martí), y se sienten en el deber ciudadano
y apostólico de opinar a cada rato acerca de esto y
aquello, de proclamar y luego, a veces, retractarse de lo
antes proclamado –imaginan que “se les ha ido
la mano” en uno u otro sentido, o alguien los presiona,
y caen en trance–, de enredarse en controversias estériles,
de fruncir el entrecejo y poner la cara muy seria de quien
pronuncia el discurso muy serio, el definitivo, el imprescindible,
el que habrá de quedar para la Historia, de diseñar
repúblicas con todo el amateurismo propio del caso.
Eso, sin contar la deliciosa y equívoca sensación
de importancia propia, de proximidad con el Poder (¡ja
ja!), incluso de consistencia ontológica, que suelen
proporcionar las “definiciones” políticas,
sean éstas cuales fueren. En otros tiempos y países
la indiferencia podrá ser sólo eso, indiferencia.
En el contexto cubano actual, enunciada por un ser pensante,
por un intelectual, pone en ridículo un montón
de poses oficialistas o contestatarias, de imágenes
arrogantes, de muecas megalómanas. Es vitriolo.
Si controvertida, quizá generadora de polémicas
y aullidos, resulta la posición política del
narrador de El Rey... tal como la he descrito, cuánto
más no habrían de serlo, si expandimos la mirada
curiosa más allá del horizonte de nuestra aldea,
las interrogantes que se plantean en esta novela acerca de
la naturaleza humana en sentido general, sin importar los
contextos específicos. Veamos.
El siglo XX, que vio pasar dos guerras mundiales calientes
y una fría, regímenes comunistas y fascistas,
un bombardeo atómico, procesos de independencia en
la mayor parte del mundo colonial, un gran auge de los movimientos
nacionalistas y toda clase de conmociones sociales (el XXI,
aparatosamente inaugurado con los hechos del 11 de septiembre
de 2001 y el resurgimiento del fundamentalismo islámico,
parece que viene sabroso), produjo en las más diversas
lenguas y literaturas innumerables relatos y novelas sobre
el problema del individuo, esa ínfima criatura, esa
pequeñez, ese microbio (“aquel particular”,
diría Kierkegaard), atrapado en circunstancias extremadamente
duras que lo rebasan, lo ignoran, lo multiplican por cero.
El individuo, librado a sus propios recursos, pugna por sobrevivir
en medio del estruendo y la furia (“la gran descojonación”,
diría Pedro Juan) armada por la especie. Ahora, “sobrevivir”
no significa lo mismo para unos y para otros. La mayoría
de estos diminutos héroes de nuestro tiempo profesan,
conscientes o no de ello, un cierto culto humanista que los
impulsa a buscar no sólo la salvación del cuerpo,
sino también –por decirlo así– la
del espíritu. O sea, aspiran a preservar contra viento
y marea la salud mental, que se traduce no tanto en rígidos
principios morales, como en la capacidad de análisis,
síntesis, deducción, inducción y otras
operaciones propias del intelecto, incluyendo la fantasía
y la memoria, en fin, todo aquello que nos distingue del resto
de los bichos que pueblan el planeta. Y es lógico que
ocurra así, puesto que mientras los demás animalejos
son más veloces o más flexibles o más
fuertes que el mejor de los campeones olímpicos, para
considerarse superior, e incluso para existir en este mundo
tan competitivo, en última instancia el ser humano
sólo cuenta con su famoso cerebro. Pero éste
–y he aquí el origen de muchas tragedias–
es un arma de doble filo: dado que no lo conocemos bien, que
sobre los mecanismos profundos de su funcionamiento es mucho
más lo que se ignora que lo que se sabe, y por tanto
no podemos controlarlo del todo, al menor descuido puede volverse
en contra nuestra. Así, la lucidez extrema, entendida
como una combinación muy eficaz de inteligencia y honradez
para con uno mismo, a menudo linda con la locura. Un personaje
como Yura Zhivago, pongamos por caso, si bien se encuentra
aprisionado en una serie de situaciones bastante espantosas,
a la larga es tan víctima del entorno como de sí
mismo, de sus propias ilusiones, de sus propias creencias,
de su propio afán por comprender lo incomprensible;
uno tiene la impresión de que, si hubiera pensado un
poco menos, quizás no hubiese sufrido tanto. Pero entonces,
¿dónde queda la humanidad? Un ser humano que
renuncie a pensar, a soñar, a recordar, ¿no
estará renunciando a su propia esencia? ¿Valdría
la pena sobrevivir a ese precio? ¿Sería realmente
sobrevivir? Pasternak, como tantos otros, al parecer creía
que no.
Estas mismas interrogantes vuelven a aflorar tras la lectura
de El Rey..., pero con otra respuesta. Otra respuesta
tentativa, quiero decir, otro “quizás”,
pues para estas cuestiones, como para las grandes preguntas
filosóficas, no hay respuestas definitivas, sólo
un espacio de debate (eso es lo interesante, creo). Vamos
a ver cómo se las arreglaba Rey con su propia maltrecha
humanidad:
| |
…) Siguió
por el Malecón dos cuadras más. No sabía
adónde iba. Con hambre y sin dinero. Su suerte
y su desgracia es que vivía exactamente en el minuto
presente. Olvidaba con precisión el minuto anterior
y no se anticipaba ni un segundo al minuto próximo.
Hay quien vive al día. Rey vivía al minuto.
Sólo el momento exacto en que respiraba. Aquello
era decisivo para sobrevivir y al mismo tiempo lo incapacitaba
para proyectarse positivamente. Vivía del mismo
modo que lo hace el agua estancada en un charco, inmovilizada,
contaminada, evaporándose en medio de una pudrición
asqueante. Y desapareciendo. |
Aclaremos que esta disposición
mental, de tan paradójicas consecuencias, no surge
de la nada ni del propósito del narrador de ilustrar
alguna tesis previa –pese al significativo y discutible
epígrafe de Edmundo Desnoes: “El subdesarrollo
es la incapacidad de acumular experiencia.” –,
sino que es producto de un aprendizaje. A diferencia de lo
que sucede con Mersault, el héroe existencialista (con
el que Rey, salvando las distancias, guarda más de
un punto de contacto, v.g.: la ausencia del más mínimo
sentimiento de culpa, la violentísima reacción
contra la idea de Dios, etc.), de quien nadie sabe cómo
llegó a convertirse en “el extranjero”,
a lo largo de El Rey... asistimos, paso a paso, a
la destrucción minuciosa y en buena medida voluntaria
de las ilusiones y, sobre todo, de la memoria del protagonista.
Un proceso doloroso y brutal, que incluye desde la negativa
a discutir sus problemas con nadie, aun al costo de cargar
con una acusación de asesinato, hasta la autoagresión
física, pero que tanto el personaje, que intuye, como
el narrador, que razona, juzgan imprescindible en la lucha
por la vida. Siempre con el agua hasta el cuello, Rey se va
deshaciendo poco a poco de su espiritualidad como quien suelta
lastre para no hundirse. Como alguien que se amputara, sin
anestesia y con un filo oxidado, un miembro enfermo de gangrena,
a ver si logra que no se le envenene toda la sangre o, al
menos, retardar ese final lo más posible. Porque sus
recuerdos, de tan horrendos (se los compara con una cadena
muy pesada que él fuese arrastrando, algo peor que
un simple “sorbo”, una inmensa plasta de mierda
que le hubiera caído encima), sólo pueden acarrearle
tristeza, miedo, angustia, rabia, asco, desesperación,
y semejante estado de ánimo, donde hay hambre y violencia,
equivale al suicidio. Y aunque la vida, desde luego, carece
de sentido, ¿qué otra cosa se puede hacer con
ella sino vivirla?
Ir
al comienzo
® Ena Lucía Portela |