Inicio
 
  Ensayo de Ena Lucía Portela sobre Pedro Juan Gutiérrez  
 

  Con hambre y sin dinero
   (Cuarta parte de cuatro)

   Por ENA LUCÍA PORTELA, narradora y ensayista
   La Habana, 2 de febrero de 2003
Ena Lucía Portela

® TONI PRADAS Está claro que a Rey, aun cuando Magda, la manisera, sea la mujer de su vida, a la que siempre habrá de regresar, la blanquita de su perdición, la que lo llevará a convertirse en una especie de Otelo del basural, en fin, su único y verdadero amor, le importa un chícharo lo que todos (¿todos quiénes?) digan acerca de ella. Eso, en el caso no muy probable de que dijeran algo, pues ¿quién además de él se tomaría tan a pecho, al punto de dedicarle más de un pensamiento, a semejante fulanita, pelandruja, hedionda y medio chiflada? Me temo que nadie. Y, luego, él no sabe nada de música, ni de muchas otras cosas (la ignorancia de Rey es
antológica), lo más seguro es que hasta desconozca el significado de la palabra “bolero”. ¿Y entonces? Pues he ahí un pequeño ejemplo de lo que en teatro se denomina “ruptura de la ilusión dramática”: un guiño cómplice al público enterado, un comentario burlesco que cae sobre la escena como gota fría, un salto a otra dimensión de la realidad. Quien piensa y desea aquí no es el personaje, sino el narrador. Entre líneas se deja leer algo más o menos así: “Oh, mi estimado G. Caín, era bella tu Habana; pero ya no existe, lo que hay ahora es esto”. Lo anterior puede entenderse tanto en el sentido inmediato y muy real de la decadencia de nuestra ciudad, pródiga en paisajes en ruinas tras más de cuarenta años de abandono, donde la gente y los modos de vivir también forman parte de esos escombros, como en el sentido si se quiere más literario de un creador de mitología urbana que, a la vez que reconoce la valía de otro anterior, declara su propia independencia.

Hace un rato me refería a El Rey... como a una novela profunda, que invita a reflexionar y que amerita, por tanto, más de una lectura. Entre varios aspectos que podrían resultar interesantes, por ahora cabe destacar dos: la posición política del narrador en el contexto cubano actual, tan convulso y tan inmóvil al mismo tiempo, y, sobre todo, las interrogantes que se plantean acerca de la naturaleza humana en cualquier época y lugar.

La posición política del narrador aparece de manera bastante explícita en el recorrido de Rey por la plaza del mercado de Cuatro Caminos:

  (…) Había al menos ochenta tarimas con vegetales. Todo a precios altísimos. El público circulaba por los pasillos, preguntaba precios, compraba muy poco o nada, y seguían mirando y asombrándose por los precios, y pasando hambre. Algún que otro viejo murmuraba: “Se están haciendo millonarios y el gobierno no hace nada. Es contra el pueblo, todo contra el pueblo.” Nadie le hacía caso. Algunos viejos seguían esperando que el gobierno solucionara algo de vez en cuando. Les habían machacado esa idea y ya la tenían impregnada genéticamente.

Ahí está: la indiferencia. Porque, atención, que el gobierno jamás solucione un problema, ni siquiera los que él mismo ha generado y sigue generando, no implica, al menos no en esta novela, que obligatoriamente haya que emprenderla de modo activo y estrepitoso en contra del gobierno. No, esto sólo significa que la vida real de la mayoría, la cotidiana, la de la lucha por la comida, transcurre al margen del gobierno y de la tremebunda ineficiencia, desmanes y disparates, del gobierno. La política, así como el arte, la filosofía y cualquier otra manifestación de la cultura relacionada de modo directo con la espiritualidad, ha devenido, como en todos los tiempos y lugares, un lujo inaccesible para aquellos que aún no han resuelto el problema del hambre. Según el narrador Leonardo Padura, “Toda esta situación ha sido satirizada por los cubanos al decir que en realidad en el país sólo hay tres grandes problemas: el desayuno, el almuerzo y la comida (…)”. Para los hambrientos el gobierno existe de la misma manera en que existe que el clima tórrido del Caribe, el calor húmedo y sofocante, las tormentas eléctricas, los huracanes, la proliferación de insectos, ratas y otras diminutas sabandijas que transmiten enfermedades, toda clase de fiebres tropicales: algo inamovible, estático, de lo más tieso, fijo cual eterno verano, algo que ciertamente jode muchísimo, pero contra lo que nada se puede hacer, puesto que jode en virtud de su propia naturaleza. No se trata de enfrentarse, de coger al toro por los cuernos, qué va, ¿y esa locura?, la cuestión es “ir escapando”, o sea, ir sobreviviendo, evitar hasta donde sea posible que el toro se fije en uno y lo desgracie todavía más. Este criterio, aunque desde el extranjero o desde la élite en la Isla, pudiese parecer que no, es mayoritario, si no en Cuba, por lo menos en La Habana. Tal vez no se note demasiado porque la indiferencia de por sí no hace ruido. Tiene mucho más de omisión que de acción, mucho más de silencio que de clamor. De hecho, el fragmento sobre la plaza del mercado contiene la única alusión política directa que aparece a todo lo largo de la novela, quedando el resto a cargo de la interpretación de cada lector. Como ha declarado el propio Pedro Juan: “Esta es la voz de los sin voz. Los que tienen que arañar la tierra cada día para buscar algo de comer, no tienen tiempo ni energía para nada más. Su objetivo único es sobrevivir. Como sea. De cualquier modo. Ni ellos mismos saben por qué ni para qué. Se empecinan en sobrevivir un día más. Sólo eso.”

Semejante declaración ubicaría a Pedro Juan Gutiérrez, de momento, en una suerte de “izquierda lúcida”. Sí, ya sé que suena a contradicción en los términos, a surrealismo, a poemita dadá, pero ¿cómo llamarle, si en política por lo general sólo se emplean tres o cuatro palabrejas básicas (v.g.: “izquierda” y “derecha”) para nombrar una amplísima gama de nociones y conceptos muy diversos unos de otros, que, arriba de todo, varían de país a país? A ver si nos entendemos. Con lo de “izquierda lúcida” me refiero a lo que pudiera constituir, y de vez en cuando constituye, un lugar de retorno para algunos marxistas decepcionados (más aún, espantados) tanto de la ortodoxia comunista, salvaje y delirante por decir lo menos, como de las izquierdas tradicionales, ciegas e ilusas o manipuladoras y oportunistas, también por decir lo menos, y que tampoco encuentran nada o casi nada de atractivo en las derechas, liberales o fascistas o como sean. Así, un “izquierdista lúcido” vendría siendo alguien que de algún modo se interesa por los más humildes, los más pobres, esos de los que en verdad casi nadie se acuerda nunca (“los condenados de la Tierra”, diría Frantz Fanon), pero sin idealizarlos, sin atribuirles particulares virtudes ni vocación revolucionaria ni cultura política ni conciencia de clase ni de nada, y también sin ese ridículo tonito paternal, de superioridad, de condescendencia, más bien propio del filántropo con indigestión, que suelen adoptar algunos autores izquierdosos para referirse al “pueblo”, en fin, sin andar por ahí de arbitrista y sabelotodo, proponiendo remedios descabellados o utópicos para todos los males que aquejan a la sociedad contemporánea. Porque si bien el narrador de la novela asume el punto de vista de la indiferencia en lo relativo al gobierno –la voz de los sin voz–, no ocurre igual con el escritor Pedro Juan Gutiérrez –que sí tiene voz, y de largo alcance– al escoger su tema y desarrollarlo del modo en que lo hace. Es la suya una indiferencia estratégica, deliberada, construida, que se opone de plano a la exigencia partidista, al compromiso forzado, al ultimátum “o estás a favor o estás en contra o eres un pendejo de mierda” (en un contexto crudamente machista, donde “los cojones” se valoran por encima de todo y el pendejo de mierda, pobrecito, es la última carta de la baraja), que suele perseguir cual maldición a los escritores cubanos en la Isla y en el exilio. Inmersos en esa esquizofrenia, muchos, sobre todo en la generación de Pedro Juan, los que ahora rondan los cincuenta, han llegado a creer que las cosas no pueden presentarse de otra manera, que no hay alternativas individuales, que el plumífero cubano es por definición un animal político, más político que ningún otro (paradigma: José Martí), y se sienten en el deber ciudadano y apostólico de opinar a cada rato acerca de esto y aquello, de proclamar y luego, a veces, retractarse de lo antes proclamado –imaginan que “se les ha ido la mano” en uno u otro sentido, o alguien los presiona, y caen en trance–, de enredarse en controversias estériles, de fruncir el entrecejo y poner la cara muy seria de quien pronuncia el discurso muy serio, el definitivo, el imprescindible, el que habrá de quedar para la Historia, de diseñar repúblicas con todo el amateurismo propio del caso. Eso, sin contar la deliciosa y equívoca sensación de importancia propia, de proximidad con el Poder (¡ja ja!), incluso de consistencia ontológica, que suelen proporcionar las “definiciones” políticas, sean éstas cuales fueren. En otros tiempos y países la indiferencia podrá ser sólo eso, indiferencia. En el contexto cubano actual, enunciada por un ser pensante, por un intelectual, pone en ridículo un montón de poses oficialistas o contestatarias, de imágenes arrogantes, de muecas megalómanas. Es vitriolo.

Si controvertida, quizá generadora de polémicas y aullidos, resulta la posición política del narrador de El Rey... tal como la he descrito, cuánto más no habrían de serlo, si expandimos la mirada curiosa más allá del horizonte de nuestra aldea, las interrogantes que se plantean en esta novela acerca de la naturaleza humana en sentido general, sin importar los contextos específicos. Veamos.

El siglo XX, que vio pasar dos guerras mundiales calientes y una fría, regímenes comunistas y fascistas, un bombardeo atómico, procesos de independencia en la mayor parte del mundo colonial, un gran auge de los movimientos nacionalistas y toda clase de conmociones sociales (el XXI, aparatosamente inaugurado con los hechos del 11 de septiembre de 2001 y el resurgimiento del fundamentalismo islámico, parece que viene sabroso), produjo en las más diversas lenguas y literaturas innumerables relatos y novelas sobre el problema del individuo, esa ínfima criatura, esa pequeñez, ese microbio (“aquel particular”, diría Kierkegaard), atrapado en circunstancias extremadamente duras que lo rebasan, lo ignoran, lo multiplican por cero. El individuo, librado a sus propios recursos, pugna por sobrevivir en medio del estruendo y la furia (“la gran descojonación”, diría Pedro Juan) armada por la especie. Ahora, “sobrevivir” no significa lo mismo para unos y para otros. La mayoría de estos diminutos héroes de nuestro tiempo profesan, conscientes o no de ello, un cierto culto humanista que los impulsa a buscar no sólo la salvación del cuerpo, sino también –por decirlo así– la del espíritu. O sea, aspiran a preservar contra viento y marea la salud mental, que se traduce no tanto en rígidos principios morales, como en la capacidad de análisis, síntesis, deducción, inducción y otras operaciones propias del intelecto, incluyendo la fantasía y la memoria, en fin, todo aquello que nos distingue del resto de los bichos que pueblan el planeta. Y es lógico que ocurra así, puesto que mientras los demás animalejos son más veloces o más flexibles o más fuertes que el mejor de los campeones olímpicos, para considerarse superior, e incluso para existir en este mundo tan competitivo, en última instancia el ser humano sólo cuenta con su famoso cerebro. Pero éste –y he aquí el origen de muchas tragedias– es un arma de doble filo: dado que no lo conocemos bien, que sobre los mecanismos profundos de su funcionamiento es mucho más lo que se ignora que lo que se sabe, y por tanto no podemos controlarlo del todo, al menor descuido puede volverse en contra nuestra. Así, la lucidez extrema, entendida como una combinación muy eficaz de inteligencia y honradez para con uno mismo, a menudo linda con la locura. Un personaje como Yura Zhivago, pongamos por caso, si bien se encuentra aprisionado en una serie de situaciones bastante espantosas, a la larga es tan víctima del entorno como de sí mismo, de sus propias ilusiones, de sus propias creencias, de su propio afán por comprender lo incomprensible; uno tiene la impresión de que, si hubiera pensado un poco menos, quizás no hubiese sufrido tanto. Pero entonces, ¿dónde queda la humanidad? Un ser humano que renuncie a pensar, a soñar, a recordar, ¿no estará renunciando a su propia esencia? ¿Valdría la pena sobrevivir a ese precio? ¿Sería realmente sobrevivir? Pasternak, como tantos otros, al parecer creía que no.

Estas mismas interrogantes vuelven a aflorar tras la lectura de El Rey..., pero con otra respuesta. Otra respuesta tentativa, quiero decir, otro “quizás”, pues para estas cuestiones, como para las grandes preguntas filosóficas, no hay respuestas definitivas, sólo un espacio de debate (eso es lo interesante, creo). Vamos a ver cómo se las arreglaba Rey con su propia maltrecha humanidad:

  …) Siguió por el Malecón dos cuadras más. No sabía adónde iba. Con hambre y sin dinero. Su suerte y su desgracia es que vivía exactamente en el minuto presente. Olvidaba con precisión el minuto anterior y no se anticipaba ni un segundo al minuto próximo. Hay quien vive al día. Rey vivía al minuto. Sólo el momento exacto en que respiraba. Aquello era decisivo para sobrevivir y al mismo tiempo lo incapacitaba para proyectarse positivamente. Vivía del mismo modo que lo hace el agua estancada en un charco, inmovilizada, contaminada, evaporándose en medio de una pudrición asqueante. Y desapareciendo.

Aclaremos que esta disposición mental, de tan paradójicas consecuencias, no surge de la nada ni del propósito del narrador de ilustrar alguna tesis previa –pese al significativo y discutible epígrafe de Edmundo Desnoes: “El subdesarrollo es la incapacidad de acumular experiencia.” –, sino que es producto de un aprendizaje. A diferencia de lo que sucede con Mersault, el héroe existencialista (con el que Rey, salvando las distancias, guarda más de un punto de contacto, v.g.: la ausencia del más mínimo sentimiento de culpa, la violentísima reacción contra la idea de Dios, etc.), de quien nadie sabe cómo llegó a convertirse en “el extranjero”, a lo largo de El Rey... asistimos, paso a paso, a la destrucción minuciosa y en buena medida voluntaria de las ilusiones y, sobre todo, de la memoria del protagonista. Un proceso doloroso y brutal, que incluye desde la negativa a discutir sus problemas con nadie, aun al costo de cargar con una acusación de asesinato, hasta la autoagresión física, pero que tanto el personaje, que intuye, como el narrador, que razona, juzgan imprescindible en la lucha por la vida. Siempre con el agua hasta el cuello, Rey se va deshaciendo poco a poco de su espiritualidad como quien suelta lastre para no hundirse. Como alguien que se amputara, sin anestesia y con un filo oxidado, un miembro enfermo de gangrena, a ver si logra que no se le envenene toda la sangre o, al menos, retardar ese final lo más posible. Porque sus recuerdos, de tan horrendos (se los compara con una cadena muy pesada que él fuese arrastrando, algo peor que un simple “sorbo”, una inmensa plasta de mierda que le hubiera caído encima), sólo pueden acarrearle tristeza, miedo, angustia, rabia, asco, desesperación, y semejante estado de ánimo, donde hay hambre y violencia, equivale al suicidio. Y aunque la vida, desde luego, carece de sentido, ¿qué otra cosa se puede hacer con ella sino vivirla?

Ir al comienzo

® Ena Lucía Portela
 
Arriba