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Ensayo de Odette Casamayor sobre Pedro Juan Gutiérrez
 
 

La Habana en la narrativa de Pedro Juan Gutiérrez o la ciudad como mapa de cierto itinerario existencial

Por ODETTE CASAMAYOR

Este ensayo fue escrito en noviembre de 2003

Odette Casamayor

 

Pedro Juan Gutiérrez - Trilogía sucia de La Habana (Anagrama)

“TENÍA tres opciones : o me endurecía, o me volvía loco, o me suicidaba. Así que era fácil decidir : tenía que endurecerme ” (Trilogía, 29). Esta frase, que aparece en uno de los primeros cuentos recogidos en Trilogía Sucia de La Habana, resume hábilmente la posición existencial de su autor, Pedro Juan Gutiérrez. El libro trasmite la desesperanza y el caos que caracterizan la sociedad cubana en plena mitad de los años noventa. El narrador, hasta entonces un periodista que llevaba una existencia normal, que estaba casado y tenía varios hijos, ve su mundo desaparecer poco a poco. Los familiares le abandonan, los amigos de siempre también se disuelven en la nada, la realidad se encarga de desmantelar sus creencias. Ante la crisis, los cubanos echan mano a nuevos métodos de sobrevivencia en los que la moral inculcada por la revolución, hasta entonces considerada como la única correcta, no tiene cabida. Pedro Juan Gutiérrez, como otros muchos cubanos, también decide sobrevivir. Sus libros describen los caminos de su propia estrategia, que consiste esencialmente en el abandono de toda ética.

   Dentro del caos mismo de una nación desmembrada y abatida, el novelista traza un itinerario existencial determinado por el absurdo, es decir, por la incapacidad de solucionar la ausencia de orden en la realidad. Mientras otros autores cubanos contemporáneos pretenden resolver esta situación proponiendo la búsqueda de esencias secretas y esperanzadoras, escondidas tras el caos y la podredumbre de una ciudad - siempre, cotidianamente- apocalíptica, Gutiérrez también se sumerge en ellos, pero sin ánimo de aportar lógicas que faciliten la comprensión del mundo. Es la renuncia a toda fe en la existencia de alguna escapatoria. La fuga, ya sea huyendo hacia espacios imaginarios y utópicos, o a través del exilio o comoquiera que se le llame a alguna de sus variantes actuales, no suscitan para él gran interés, al menos al comienzo de su ciclo centrohabanero. Acepta entonces el caos tal cual y pretende incluso adoptarlo como una suerte de religión personal. De cierta manera, es su modo de salvarse, de no perderse en medio de las contradicciones.

Pedro Juan Gutiérrez - El Rey de La Habana (Anagrama)

   Los barrios en los que proliferan las ruinas y los escombros, aquellos edificios otrora lujosos y que ahora se caen en pedazos, donde conviven millares de habaneros pobres y otros tantos “inmigrantes” provenientes del oriente del país, allí donde la sobrevivencia se traduce en ilegalidad y marginalidad social: es este el espacio de las obras de Pedro Juan Gutiérrez. Sus personajes habitan y se mueven preferentemente en Centro Habana y en aquella zona de La Habana Vieja aún no restaurada, ajena a la prosperidad que acarrea el florecimiento del turismo. Más que un simple telón de fondo, este paisaje derruido es expresión de un modo de vida y de una opción existencial. Es mundo decadente, que se desploma a la par que lo hacen las convicciones del protagonista. Es cuanto sucede, al menos en las primeras obras de Pedro Juan Gutiérrez: Trilogía sucia de La Habana y El Rey de La Habana, publicados en 1998 y 1999 respectivamente.

   Son pródigas las descripciones del desmadejamiento. Derrumbes, suciedad y negligencia simbolizan también el espíritu de una época. Un laberinto tan incomprensible como la sociedad misma. Es esta la descripción de su propia morada, sita en la mismísima calle San Lázaro:

     El edificio es de 1936 y en sus buenos tiempos imitó esas moles de Boston y Filadelfia, con fachadas de bancos sólidos y eficaces. En realidad conserva la fachada […]. Pero adentro se está cayendo a pedazos y es un laberinto increíble de trozos de escaleras sin barandas, oscuridad, olor a rancio y a cucarachas y a mierda fresca. Y habitaciones añadidas, restando espacio a los pasillos y broncas y fajazones de negros. Llegué a la acera y allí al frente estaba el letrero viejísimo, ya casi ilegible: ‘Una revolución sin peligro no es Revolución. Y un revolucionario sin capacidad de asumir el riesgo no tiene decoro.’ […] En la esquina había una valla nueva y enorme. Con letras bien grandes, de colores brillantes, decía: ‘Cuba, un país de hombres de altura.’ […] No sé. Era incomprensible. (Trilogía, 82).

   Esta cita expresa claramente cierto desconcierto en el narrador, quien ya vive en un barrio popular y acepta sus códigos, pero no consigue aún adoptar un desprendimiento absoluto de su pasado. Hay todavía en él algunas reminicencias de perplejidad, al confrontar el discurso oficial, en el cual confiara también en su momento, y la realidad nacional. El cinismo total, objetivo que persigue, no domina aún al protagonista de Trilogía sucia de La Habana. Sin dudas es por ello que, a veces, persiste en encontrar explicaciones y se le escapa –con desgana casi- alguna crítica abierta al gobierno. Aunque el retrato deprimente y crudo que ofrece de la ciudad ya es de por sí una denuncia contundente, Gutiérrez no acalla entonces protestas explícitas:

     Cada día somos más en esta isla y ya no sabemos dónde meternos. Los que mandan le dicen a eso ‘hacinamiento’. Los hacinados le decimos ‘vivir espurruñaos’. Los que mandan no se imaginan ni remotamente lo que significa vivir seis o siete en un solo cuarto de cuatro por cuatro metros, con un baño colectivo para cincuenta personas o más. Y si llegan a imaginarlo, de todos modos se hacen los bobos. (Trilogía, 109)

   Estas acusaciones directas se desvanecen paulatinamente en libros sucesivos, pues el autor parece cada vez más convencido de su inutilidad. Endurecerse, alejar toda elucubración acerca de la situación cubana y mantenerse a flote en medio del naufragio: esas son sus verdaderas preocupaciones. De hecho, la existencia se restringe a aprovechar al máximo cada momento y toda oportunidad que se le presenta de disfrutar intensamente los más elementales placeres. Sexo, alcohol, marihuana rondan, o más bien inundan lo cotidiano, aderezan una particular filosofía de la vida que Gutiérrez presenta como característica de los habitantes de los barrios pobres de La Habana:

     Cuarterías con miles de personas hacinadas como cucarachas. Personas delgadas, mal alimentadas, sucias, sin empleo, tomando ron a todas horas, fumando mariguana, tocando tambor, reproduciéndose como conejos. Gente sin perspectiva, con un horizonte demasiado corto. Y riéndose de todo. ¿De qué se ríen? De todo. Nadie anda triste o quiere el suicidio o se aterra porque piense que los escombros pueden precipitarse abajo y enterrarlos en vida. No. Todo lo contrario. En medio de la debacle la gente ríe, sobrevive, intenta pasarlo lo mejor posible y aguza sus sentidos y su olfato […]. Ya que nacieron en las ruinas, se trata entonces de jamás abandonar o permitir que los golpeen tanto que al fin tengan que tirar la toalla y levantar los brazos. Todo es posible, todo es válido, menos la derrota. (Trilogía, 296)

   Es este el mejor de los mundos para el protagonista. Las cuarterías de Centro Habana constituyen el habitat adecuado para quien no desea preocuparse por ninguna otra cosa que no sea el encontrar cómo sobrevivir cada día y al mismo tiempo llevar a cabo un plan de existencia definitivamente epicúreo. Ambas cosas resultan inseparables en la consecución del cinismo que ambiciona el narrador. Alcohol, sexo y drogas sirven para anestesiar el alma que se va petrificando, despojándose de lazos sentimentales, inútiles desde su punto de vista.

Pedro Juan Gutiérrez - Animal tropical (Anagrama)

   Mas la indiferencia no llega a ser absoluta. El endurecimiento no se concretiza verdaderamente. Abandonar toda ética puede resultar una tarea titánica, pues, constituyendo al fin y al cabo cierta ética –ética del absurdo, de la “no-ética”- consume las energías de Gutiérrez. Animal tropical, su tercer libro dentro de esta serie, es la historia de un nuevo cansancio. Hastío renovado, ya no de la antigua moral mantenida y defendida hasta los años noventa, sino de la decisión que resulta de aquella primera mutación existencial. Ya en plena degeneración moral, el protagonista se reconoce prisionero de un torbellino que le aniquila lentamente. De todas maneras, han transcurrido varios años de crisis sobre la ciudad, sin que la situación evolucione verdaderamente –ni la de los habaneros ni la de Pedro Juan Gutiérrez. El mismo edificio semiderruido, el barrio igualmente estancado en la miseria, jineteras van, otras más jóvenes las suplantan directamente llegadas de las provincias orientales, un robo por aquí, otro asesinato allá, la gritería el calor el barullo y de nuevo la policía y apagones e incluso, un poco ya de aburrimiento hasta del sexo y repudio a los rones baratos. El protagonista, quien rehuyó hasta entonces toda reflexión, siente la necesidad de volver a ella, con el fin de encontrar el modo de salir de su atolladero. Su apuesta por lo absurdo no es pues definitiva. Quedará a medio camino hacia la desintegración porque, lo que le interesa, en un final, es sobrevivir.

   En este empeño, habrá pues una ligera desviación de itinerario. Para sobrevivir se hace necesaria cierta transición, un respiro, momento de descanso en medio de la vorágine arrasadora de la existencia marginal. Dicha transición es perfectamente ilustrada en Animal Tropical, novela publicada en el año 2000. El narrador cree entonces que debe imponer pausas al desenfreno: un viaje a Suecia se perfila como una eficaz manera de tranquilizarse, reflexionar y por supuesto ganar dinero. No conseguirá tanto dinero como esperase, pero tendrá efectivamente tiempo de sobra para reflexionar, hasta el aburrimiento. Habrá, por supuesto, momentos de duda entre la existencia acomodada y libre de complicaciones en Estocolmo y la dura vida habanera. Al cabo de algunos titubeos, se percata que no es huyendo de Cuba que solucionará sus problemas; incluso sabiendo que no resistirá tampoco el modo de vida que llevaba en La Habana. Aun así, regresa a la isla, donde le esperan sus mujeres ardientes, la calle en ininterrumpido trajín, el paisaje arruinado y los escandalosos vecinos. Necesita todavía esta barahúnda para sentirse vivo, aunque no le satisfaga enteramente. Intuye que entre la calma excesiva de Estocolmo y el desenfreno de La Habana del Centro debe existir alguna salida, un punto medio. En algún momento, compara el mundo sueco con la paz de los cementerios; y al rememorar a Cuba habla de una vida salvaje en la que hay que sobrevivir defendiéndose “ con garras y colmillos ”. Un sitio está muerto, el otro, a pesar de la crisis y la pobreza, sorprendentemente vital. Entre ambos espacios, él se describe a sí mismo debatiéndose en medio de la confusión y el caos. Como si, a pesar de la tranquilidad y del silencio que le rodean en la gélida Estocolmo, todos los demonios de La Habana perdurasen en él, atormentándole donde quiera que se esconda. El caos, en fin, vive en el propio protagonista; no es algo meramente exterior.

   Quiere deshacerse de ese mismo caos. Estocolmo no fue una solución. De vuelta en Cuba, indaga en otros sitios. Si Trilogía sucia de La Habana transcurre casi enteramente en los más miserables rincones de Centro Habana y La Habana Vieja, en Animal Tropical el lector descubrirá, a través del deambular del protagonista, la presencia de otros mundos habaneros. El tiempo ha pasado, el turismo se ha instalado y hasta de las propias ruinas se puede sacar provecho. Gentes completamente ajenas a la existencia marginal que bulle tras los edificios sucios, a mitad caídos, hace fugaces intrusiones en esta parte de la ciudad. Gutiérrez describe una pareja de modelos que de tan diferentes a los vecinos de su barrio son considerados por estos como extranjeros –el protagonista intenta aclararle a una señora negra del lugar que son cubanos, pero pronto desiste de ello, la señora está demasiado convencida. Los jóvenes posan ante las ruinas bajo las lentes de fotógrafos japoneses. El contraste entre la belleza y delicadeza de los modelos, sus ropas blancas, vaporosas, con el paisaje de fondo (negritos hambrientos, sucios y harapientos, perros sarnosos vagabundos, un contenedor de basura pudriéndose en mitad de la calle) es flagrante, obsceno. El narrador lo constata, se detiene un momento, luego sigue su camino sin ofrecer más comentarios. Ha quedado atrás el momento de las críticas explícitas; ahora sólo observa y circula. En otra ocasión es él quien se desplaza hacia otros barrios. En El Vedado su mirada recorre espacios muy diferentes a los de su vecindario en Centro Habana. También, los habaneros del uno y del otro son muy distintos. Diríase que ambos municipios no se encuentran en la misma ciudad. Son, sin embargo, contiguos. Las zonas del Vedado que Pedro Juan describe son aquellas habitadas por los cubanos privilegiados, para quienes tener dólares ya no constituye un problema esencial, cotidiano. Es el mundo “ respetable ” de la gente ajena a la “ lucha ”. Y por ello mismo no es extraño que para la otra gente, para la “ gentuza ” de Centro Habana, estas figuras sanas y serenas parezcan extranjeros. No, en cierto modo la vecina de Pedro Juan tenía razón, no se trata de los mismos cubanos, allá en San Lázaro, acá en la esquina de 21 y 2. Gutiérrez ahora revela : “un sitio arbolado, tranquilo, silencioso. Bastante limpio. Pasan mujeres obesas, con aspecto de ejecutivas, usaban chaquetas, pañuelos de colores pálidos al cuello y portafolios negros. Muchos vecinos tenían autos, entraban y salían de sus garajes. […] Adolescentes bien vestidos, con aspecto de hijitos de papá, […] se les veía bien alimentados, risueños, despreocupados. Algunos hacían jogging, arropados para sudar y reducir el peso excesivo de sus vientres. La gente caminaba tranquilamente bajo los árboles, muy desestresados. Algunos acompañaban a sus graciosos perritos, un poco aburridos. Los perritos olfateaban el aire al pie de los árboles, alzaban la pata y meaban un poquito. A veces se decidían y cagaban un mojoncito estreñido” (Animal tropical, 49). Como en la escena de los modelos, se percibe un tono triste en el fondo de cada frase de Pedro Juan Gutiérrez, pero no hay abierta denuncia. Una vez más el personaje se limita a observar silenciosamente y sólo conversa con una muchacha negra, hermosa y bien vestida, quien desea comprar un apartamento de la zona. Cuando el narrador le propone su propio apartamento en Centro Habana la joven se aleja ofendida, aduciendo que en aquel barrio vivían demasiados negros. Tal y como hiciera con la señora empeñada en que la pareja de modelos era extranjera, tampoco entonces el protagonista intenta alguna protesta, convencer a su interlocutora. Disfruta aún unos instantes de la paz de aquel territorio que considera en tregua y concluye para sus adentros que afortunadamente él se sentía a gusto en su barrio conflictivo, “en la cochambre y con [sus] amigos de la negritud” (Animal tropical, 50).

Pedro Juan Gutiérrez - Carne de perro (Anagrama)

   En su más reciente libro, Carne de perro, publicado en el 2003, el hartazgo de la vida trepidante en el centro de La Habana es ya definitivo. Ha sobrepasado el momento de la transición reflejado en la novela Animal tropical. En este nuevo volumen de cuentos, el deambular en pos de sosiego lleva siempre los pasos de Gutiérrez hacia las afueras de la ciudad. Parece encontrar en estos alejados territorios, tierra de nadie en la que hasta la polícia desaparece –casi-, una marginalidad más acorde con su nueva búsqueda existencial. Otros itinerarios se trazan entonces, hacia zonas también olvidadas por el éxito y la bonanza, pero un poco menos afectadas por el hacinamiento de los habaneros del Centro. En barrios como San Miguel del Padrón, el autor no percibe ya el sofoco y la promiscuidad característicos de su vecindario. “Allí [en las afueras] la gente vive más distendida. En Centro Habana la gente tiene mucha rabia contenida. Furia, desesperación, agresividad. Es contagioso. Te acostumbras a vivir con los colmillos y las garras afiladas, listo para destrozar al primero que te mire mal” (Carne de perro, 108). Con frecuencia visita a su madre en el barrio suburbano del Calvario y entra en contacto con otras formas de miseria; pero consigue mantenerse a distancia y ni siquiera se entrega como antes al desenfreno sexual. Oportunidades no parecen faltar, mas el protagonista persigue otra cosa: paz y reflexión.

   La playa, principalmente Guanabo que no ha sido atrapada por el desarrollo turístico, deviene entonces el lugar ideal y hacia allá viaja una y otra vez. Aquí dice que evita, siempre que puede, el alcohol, pesca, juega al billar, pasea en bicicleta, lee e intenta con dificultad escribir una novela. Es un hombre solo, su última esposa ha desaparecido de su vida, aniquilada por el alcohol. Hoy mantiene únicamente esporádicas relaciones con una mujer casada y que vive también en un barrio alejado, en Guanabacoa. Evita, por demás, cualquier relación complicada y parece regodearse en su propia soledad. La transformación del protagonista, más concentrado ahora en observar el mundo que le rodea que en gozar de él a plenitud, es evidente. En este estado de su existencia absurda el hastío es aún más denso. Un persistente desdén por casi todas las cosas, los sucesos y hasta las personas. El tono cada vez más apagado. La voluntad de abandono ha madurado en comparación con los primeros tiempos, los tempranos noventa de Trilogía sucia de La Habana. La cuestión entonces era despojarse de la ética y hundirse en la marginalidad sísmica. Una vez hastiado de esta elección, agotado incluso, quiere deshacerse de las últimas ataduras. La ciudad ya no parece servirle: queda el mar infinito, sereno, frente a la playa, lejos del desorden urbano. Un silencio sobrecogedor. Los nuevos derroteros de su recorrido existencial quedan expuestos claramente en estas frases:

     Sentía dentro de mí una odiosa mezcla de violencia, agresividad, lujuria, sadismo, necesidad de alcohol. Pero también sentía que mi corazón se endurecía. Cada día más y más. Era lo que quería: tener un corazón de piedra. Si me reblandecía no podría cortar por lo sano. Tenía que cortar todo lo podrido. Limpiar con desinfectante. Cicatrizar. Y seguir adelante. Preferiblemente con una sonrisa en los labios. Sin amarguras por lo que se pudrió, corté y tiré a los perros. No sabía si podría lograrlo. La lujuria y el alcohol habían erosionado mucho dentro de mí. […] Necesitaba concentrar mi energía en algo más perdurable. (Cane de perro, 46)

   Hasta la literatura, que parecía siempre colmar sus vacíos, comienza a hartarle. Dice ahora el narrador que en su capacidad de convertir toda la podredumbre en literatura, sobrepasaba este mundo doloroso y miserable. Dejándolo atrás, se iba él quedando vacío. “Nada era duradero. Todo se quemaba como si a mi alrededor sólo hubiera hojarasca seca” (Cane de perro, 46). ¿Dónde encontrar entonces lo perdurable, algo resistente a lo cual sujetarse en su deriva? El personaje hasta este momento se había dejado llevar por los tiempos vertiginosos. En el vórtice mismo del caos podía experimentar algo muy similar a la satisfacción. Todo giraba demasiado rápido, nada quedaba y en ello Pedro Juan creyó hallar perfecto acomodo existencial. Sin embargo, sucede que en los últimos estadíos de su periplo anda inquiriendo certezas, perennidades –¿aquello que denostara? No puede haber, no obstante, marcha atrás. “Corazón de piedra”, sólo podrá imaginar la salvación en los espacios naturales abandonados por el hombre (la playa, el campo) o en la depuración total (la infancia). Se le aparece entonces la visión de la Arcadia dorada, tal vez la ilusión postrera: “retirarme por ahí, a un campo, con dos o tres vacas. Ordeñarlas al amanecer y atender una huerta. Sólo eso. Lo mismo que hacía en la finca de mi abuelo cuando niño. Recuerdo muy bien los detalles de aquellos años, en los cincuenta, antes de que comenzara el caos y la diáspora. Había silencio, soledad, árboles, pájaros. Y pocas visitas. Casi nadie. Era un mundo muy pequeño. […] Eso simplificaba las cosas. Ahora todo es vertiginoso. El mundo es gigantesco y caótico. Inabarcable” (Carne de perro, 46).

   La Habana, del centro a la periferia, pero siempre una ciudad marginal, ha sido el mundo en que se desenvuelve el protagonista de las novelas y los cuentos de Pedro Juan Gutiérrez. Anda lidiando –al parecer eternamente- con el caos. Sucumbe primero a su propio magnetismo, luego trata de huirle. Prisionero pues de La Habana marginal, procurará incluso escapar de sí mismo, donde al fin y al cabo habita el caos. Y de esta verdad comienza a convencerse –certeza última de un espíritu absurdo - tal vez, en su hastío, en su cansancio, en la aniquiladora carencia de sentido y lógica, agotándole constantemente en su empeño aún persistente por sobrevivir.

* Todas las citaciones son tomadas de las ediciones Anagrama (Barcelona) de las obras de Pedro Juan Gutiérrez.

©Odette Casamayor Cisneros

 

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