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  Ensayo de Pedro Juan Gutiérrez  
 

Carpentier en los otros
Pedro Juan Gutiérrez

Encuesta ¿Cuál es su deuda con la novelística de Carpentier? Publicada en La Gaceta de Cuba, No. 6, noviembre-diciembre de 2004, La Habana, Cuba

©TONI PRADAS

   Creo que la marca de un escritor consiste en que pueda integrar un mundo propio que se amplía en cada nuevo libro.

   García Márquez lo dijo de un modo mucho más simple y perfecto: un escritor lo único que puede hacer es escribir un solo libro a lo largo de toda su vida.

   A menudo algún crítico se atreve a decir que tal o más cuál escritor “sigue abordando los mismos temas de su primer libro”. Sí, claro, no puede ser de otro modo. Al igual que los políticos siguen con sus mismas ideas hasta que se mueren, y los científicos no saltan como locos hiperkinéticos de investigar en física nuclear los huecos negros del espacio, y los deportistas no abandonan los 100 metros planos por la natación. Entre otras cosas porque la vida no es tan interminable como nos parece a los veinte años.

   Un escritor está construido con obsesiones, traumas, paranoias, miedos, locuras, jodiendas y basuritas de todo tipo. Después utiliza todo eso como materia prima. Un tipo mentalmente sano hasta el aburrimiento no tiene que escribir nada. Los medios quimbaos son los que escriben. La escritura siempre es autoantropofágica. Estamos hablando de escritura. El que quiere escribir entretenidos best sellers y ganar dinero y fama es un artesano, que es otra cosa.

   En mi juventud ya muy lejana –a veces me parece que tengo más de ochenta años– yo adoraba a Carpentier, al igual que a Hemingway, Faulkner, Truman Capote, Sherwood Anderson, Kafka, Cortázar, Borges, Herman Hesse, y dos o tres más. Ante todo porque eran escritores que habían logrado construir un universo propio, original, cerrado, perfecto y distinguible a distancia. Quiero decir, coges un libro de Carpentier y ya antes de abrirlo sabes el sabor y la textura que vas a encontrar. Si no tienes el ánimo para un mundo tan barroco, pues agarras un libro de Salinger, por ejemplo, y ya sabes por dónde va el tipo.
Uno de los aspectos que más me deslumbran en la obra de Alejo Carpentier es la coherencia y amplitud –en el sentido total del concepto– de un universo original.

   Creo que debe ser así. Mi gran tormento es que yo sabía ya con dieciocho años que iba a ser escritor y que todo lo demás sería secundario en mi vida. Y me preguntaba ¿cuál será mi tema? Hasta traté de imitar a Anderson, a Faulkner y a Erskine Caldwell. Por suerte tuve tino para esconder aquellas páginas y perderlas por ahí, en vez de hacer como Isabel Allende que imitó a García Márquez con una frescura igualada sólo por cierto cubano que imitó a Carpentier en una novelita atroz titulada El ruso.

   No me imaginaba que nuestro universo se instala poco a poco dentro de uno, a medida que la vida nos va moliendo y exprimiendo. Es inevitable. Quizás por eso los ancianos siempre hablan de lo mismo y repiten cientos de veces los mismos cuentos hasta saturar a la gente que los rodea. Entonces esa gente dice: “Papá se ha puesto matraquilloso”. Es que papá está inmerso en su mundo. El mundo que ha creado dentro de sí a lo largo de su vida.

   Estoy convencido de que los escritores que no logran crear una obra coherente, cerrada y bien cimentada en sus propias obsesiones y pesadillas es porque tiran escopetazos al aire a ver si por casualidad tumban un pato. Y por tanto no tienen la más mínima idea de qué es la literatura ni para qué sirve. Sólo el que ama profundamente la literatura como un ejercicio de pensamiento y reflexión, será capaz de insistir siempre en su mundo interior. Y estará dispuesto, además, a pagar el peaje que le toca en ese camino.

   Un instinto natural de conservación, una especie de sexto sentido, me hace alejarme siempre de los demás escritores. Creo que somos lobos solitarios, depredadores implacables, y no tenemos nada que hacer con el resto de la manada. De ese modo me perdí algunas conferencias de Carpentier a las que pude asistir. Después las leí tranquilamente. Y descubrí gracias a él que la escritura es un oficio de tiempo completo y que hay que tener disciplina, perseverancia, rigor y método, no sólo audacia, impulso, cólera y rabia. También es imprescindible el equilibrio, el trabajo constante, y el abandono de todo lo demás en aras de lo que uno hace.

Ilustración: RIGOBERTO MENA    Me quedé maravillado cuando en una de esas conferencias Carpentier explicó de qué modo absolutamente escrupuloso y milimétrico preparaba durante años una novela. Era algo mágico pero al mismo tiempo matemático y geométrico.

   Gracias a sus consejos comprendí que yo también quería escribir de ese modo tan orgánico y meticuloso. Sólo nos diferenciaba algo esencial: Carpentier se esforzaba por hacer literatura bien marcada dentro de los cánones de “lo literario”. Aceptaba a priori el canon europeo sobre qué es literatura y qué no es literatura.

   Yo apuntaba y sigo apuntando en dirección opuesta: quería desmontar todo y trabajar tan metido dentro de mis personajes que yo mismo sería un personaje más. Quería confundir al lector, sorprenderle y cambiarle las reglas del juego. Mi objetivo esencial era hacer una literatura tan “natural” que no pareciera literatura.

   Otro aspecto fundamental en el mundo carpenteriano también me seduce: hablar de lo nuestro latinoamericano. En mi caso es hablar de lo cubano, más específicamente. En una conferencia que ofreció en agosto de 1966 por Radio Habana Cuba (La cultura en Cuba y en el mundo, Biblioteca Alejo Carpentier, Ed, Letras Cubanas, 2003, p. 205-213), decía: “… ahora nosotros, novelistas latinoamericanos, tenemos que nombrarlo todo –todo lo que nos define, envuelve y circunda: todo lo que opera con energía de contexto– para situarlo en lo universal. Nuestra ceiba, nuestros árboles, vestidos o no de flores, se tienen que hacer universales por la operación de palabras cabales, pertenecientes al vocabulario universal”.

   Después de acercar la sardina a su brasa y hablar de un “realismo barroco”, decía, casi al final de aquella estupenda conferencia: “Lo cierto es que si ayer hubo verdades que señalar, hay, en nuestros días, nuevas verdades, mucho más complejas (el subrayado es mío), que toca al novelista apuntar en dimensión mayor”.

   No quiero coger el rábano por las hojas –que Dios y el Diablo me libren– pero esta idea de Carpentier es esencial y la repetía continuamente: hablar de lo nuestro y situarnos hoy y aquí. Si se hace con un estilo barroco o minimalista ya el escritor sabrá cuál es la más eficaz.

   En otra de esas conferencias radiales, una dedicada a la novelística de Carlos Fuentes (22 de nov, 1964), dice: “Difícil es escribir novelas sobre las ciudades latinoamericanas por una razón muy sencilla: hay que descubrirlo todo, hay que inventarlo todo y hay que verlo todo, es decir: hay que descubrir aspectos de la arquitectura, aspectos de la vida, aspectos, diríamos del ritmo general de una ciudad que no tiene antecedentes novelísticos. Fácil es escribir una novela sobre Toledo; fácil es escribir una novela sobre París; fácil es escribir una novela que transcurra en una ciudad-museo como Venecia o Brujas: tenemos una pintura que nos ayuda a definir esos lugares de acción, tenemos una tradición literaria, tenemos una cantidad de elementos a los que puede echarse mano… Las ciudades nuestras, lo repito, son difíciles de pintar… Y pintarlas, mostrarlas, revelarlas, universalizarlas, constituye una de las hazañas más difíciles para el novelista latinoamericano contemporáneo”.

   Carpentier fue consecuente con sus ideas originales y frescas. Colocó la literatura por encima de todo lo demás. Sólo un hombre honrado y culto, apasionado y profundo, con amplitud de pensamiento, es capaz de desplegar esas alas en su juventud y mantenerse volando contra viento y marea, suceda lo que suceda.

   La Habana, agosto, 2004

© Pedro Juan Gutiérrez

   
     
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