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Viejas
tesis sobre el cuento
Pedro Juan Gutiérrez
I
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En los
últimos años me he convencido de que lo
más importante para escribir un cuento, lo absolutamente
imprescindible, es aprender a no escribirlo. Ese ejercicio
de contención y humildad se convierte en una tortura
para alguien que se cree escritor. Y que, por tanto, debe
escribir. Hace mucho dejó de existir —si
alguna vez existió— el oficio de pensador. |
No queda más
remedio que someterse a esa angustia. Es el único modo:
guardar silencio. Pensar. Esconder el cuento dentro de uno.
No escribirlo, resistir la tentación, durante semanas,
meses, años. Olvidarlo. Hacer otra cosa mientras tanto,
por ejemplo, vender programas para personal computers
de puerta en puerta (unos años atrás hubiera
aconsejado algo más clásico, por ejemplo vender
de ese modo la Enciclopedia Británica).
Al fin, un día inesperado, sobreviene
un ataque de lucidez y en medio del resplandor uno percibe
que aquel espermatozoide de cuento, aquella célula
microscópica que hace mucho tiempo que uno eyaculó,
ha tomado forma, ha crecido, y ya es un feto de cuento. Un
intra-cuento. Listo para salir al aire y a la luz. El señorito
reclama independencia, libertad y soberanía. Y hay
que otorgárselas. De lo contrario provocará
una rebelión terrible dentro de nosotros y podría
inocularnos el virus de la locura, como le sucedió
—por citar un ejemplo cualquiera— a Kafka, que
de tanto contenerse, de tanto olvidarse, se le acumulaban
dentro muchos fetos hasta que transmutó en paranoico
total y esa enfermedad derivó en tuberculosis, se disfrazó,
quiero decir, para poder expresarse y poder acabar con la
vida que la contenía. Ojo: ese riesgo sigue latente
para cualquier escritor.
II
Supongo
que cuando al fin —vacío de todo, permeado solamente
por la lucidez— uno comienza a escribir el cuento, sabe
muy bien que lo esencial es que el lector sienta en su pellejo
el restallido del látigo. Pero no puede ver el látigo.
Sólo le dejaremos sentir el picor doloroso en su piel,
y al mismo tiempo escuchará el trallazo del cuero en
el aire. Pero —insisto— jamás podrá
ver el látigo. Ni siquiera podrá presentir por
dónde lo atizaremos. Quizás piense que será
en la espalda. Y nosotros —sarcásticos—
le meteremos el cuerazo en las nalgas.
Es el placer sádico del escritor.
Golpear sorpresivamente. Y del lector masoquista. Sentir el
gusto ansioso de recibir el latigazo en su piel, después
la morbosidad de mirar una y otra vez la marca roja y sangrante.
Y lamerse para saborear el hierro de la sangre.
Una sola flagelación. Un cuerazo
perfecto. Bien asestado. Mágico, inesperado. Que lo
haga despertar de su letargo, de la somnolencia cotidiana.
Entonces el lector dirá: «Oh, terrible la vida».
Y despertará un poco, temeroso. Asustado como un perro
callejero. Si se logra ese pánico el cuento es excelente.
El mejor elogio que he recibido jamás
de mi primer libro de cuentos (Trilogía
sucia de La Habana) me lo otorgó una señora
sutil y encantadora, deliciosa escritora ella misma, creo
que vasca, que se llama María Amezúa y que vivió
algunos años en La Habana. Cuando le pregunté
si ya se había leído el libro, me contestó,
eludiendo mi mirada y dirigiendo su vista en diagonal hacia
un enorme ventanal donde rutilaba la luz infinita y azul del
mar Caribe, intentando respirar porque se ahogaba sólo
con mi cercanía:
—Me leí las primeras páginas,
pero no pude seguir.
—¿Por qué?
—Me da miedo, Pedro Juan. Me espanta.
Pasaron los meses y comprendí que
era cierto. No sólo le tenía miedo al libro,
sino también a mi presencia. Me temía, me rechazaba,
me eludía. Le faltaba el aire cuando me veía.
A veces coincidíamos en algún sitio donde teníamos
que permanecer algunas horas, y entonces era ostensible. Hacía
todo lo posible para evitar que nuestras miradas se encontraran
y así no tenía que saludarme ni siquiera con
una inclinación de cabeza. Yo percibía que María
Amezúa —y éste es su nombre real—
tenía miedo. Se sentía asqueada con mi presencia.
Posiblemente, casi seguro, me odiaba. Me odia por haber escrito
ese libro que jamás podrá leer porque le quema
en las manos.
¡Oh, María, bendita tú eres
entre todas las mujeres! Ese es el lector-perfecto.
El no-lector. El lector-imposible. El lector
capaz de retraducir de nuevo el libro a la realidad y creer
a pies juntillas en el truco mágico que he realizado
ante sus ojos. No percibió que escribí un libro
con la mano derecha, ante sus ojos verdes (María Amezúa
tiene unos ojos verdes, verdes, verdes. Verdes hasta el agua).
Mientras con la mano izquierda ejecutaba el truco imperceptible.
Aspiro a ese lector. Aspiro modesta, humildemente,
a tener —al mismo tiempo— seis mil millones de
lectores como María. Paralizados. Tensos. Temerosos
ante mi látigo.
III
Para llegar
a ese latigazo perfecto la vía mejor es la misma que
utiliza el arquero zen. Ese buen señor se olvida de
la diana y lanza su flecha. Pero sabe que va a dar en el centro.
Está seguro de ello y sabe que su flecha llegará,
sin errar ni una micra. Jamás piensa en el blanco.
Sólo coloca su pensamiento en la flecha que tiene en
sus manos, en una cuerda que tensa, en un arco que se dobla,
en sus músculos que se endurecen. Y en el aire. Hay
una flecha que surcará el aire zumbando. Una flecha
que cortará el aire de un tajazo, con una gracia perfecta.
Una flecha que saldrá disparada hasta el sitio ideal.
Para lograrlo el arquero tiene que ser el
tipo más humilde de la tierra porque necesita olvidarlo
todo. Lo único que le interesa es su flecha. Eso es
lo único que existe en ese instante. Una flecha y un
poco de aire y el cerebro en blanco. Fuera de esos elementos,
todo lo demás es un exceso incompatible con su oficio
mágico de arquero zen.
IV
De este modo el texto
final no se agotará jamás. Será capaz
de generar lecturas diferentes una y otra vez, hasta el infinito.
Y ésa debe ser la máxima aspiración de
un escritor: fabricar máquinas generadoras de interpretaciones.
Construir mecanismos tan meticulosamente perfectos como un
reloj suizo clásico y que provoquen millones de lecturas
nuevas. Una para cada lector. Algo nuevo siempre, cada vez
que se lea. Ese es el cuento ideal.
Entonces es cuando la flecha hace diana
perfecta. Y repite siempre, con cada lector, su golpe mágico,
el latigazo restallante en el duro, cínico, desconfiado,
escamoso pellejo del lector, que espera, adormilado como un
cocodrilo, que alguien lo pinche violentamente para sentirse
vivo en medio del pantano de miasmas podridas en que a veces
se transforma la vida.
Siempre he pensado que un buen escritor
es, a fin de cuentas, como un buen mago que asombra a su público
con trucos que parecen imposibles. Pero nadie puede descubrir
jamás cuándo ni cómo los ejecuta.
Por eso me causan risa los libros y los
cursos y talleres para «enseñar» a escribir.
¿Houdini mostró alguna vez cómo lograba
zafarse a tiempo de las cadenas y candados, salía de
un baúl herméticamente cerrado, y ascendía
nadando a la superficie desde el fondo del puerto de New York?
¡Jamás tuvo ni un discípulo! Tampoco tuvo
ayudantes porque tendría que asesinarlos sistemática
y regularmente para evitar que revelaran las trampas que ayudaban
a realizar. Houdini era un asceta, un ermitaño, un
solitario, un monje, un esclavo de su arte incomparable y
fabuloso. Hizo lo que tenía que hacer: morir mientras
ejecutaba uno de sus trucos y llevarse sus secretos a la tumba.
Algo digno de un genio.
Eso hacen los grandes escritores: dejar un libro
inconcluso y llevarse sus secretos a la tumba. Ninguno puede
enseñar a escribir. Y no es que los grandes escritores
no quieran o no sean generosos y nobles. No. Se trata
simplemente de que no pueden. Y es que en realidad
no saben por qué escriben tan bien. Ni se
lo imaginan.
Claro, esto último nadie lo reconoce. En
un mundo tan racional y pragmático es imposible, es
increíble, que alguien diga tranquilamente: «No
me imagino cómo escribo, nunca me lo he preguntado».
Perdería credibilidad, imagen y todo eso que ha puesto
de moda el espíritu mercantil de la época.
Pero los escritores verdaderos saben que al final
todo es oscuro o instintivo. Que no existe una poética
particular ni una filosofía de la composición,
ni un decálogo de nada. Todo queda en el mundo táctil
de las obsesiones. Y quizás la única verdad
es que todos fabulamos. Todos, desde niños, hacemos
historias, las inventamos, las exageramos, las multiplicamos,
disfrutamos diciendo mentiras, engañando, adornando
la verdad, diciendo sólo una parte y escondiendo otra,
de acuerdo con nuestra conveniencia. Y todo obedece a una
razón simple y obvia: el hombre es un animal fabulador
que necesita de los mitos y de la magia y que necesita comunicar.
Pero a muy pocos se les ocurre escribir alguna de esas historias
que nos contamos unos a otros. Escribirlas significa pasarlas
del aire a un papel y de la memoria a un código de
signos. Esa traslación, esa traducción es la
que tiene que aprender a realizar el escritor. Y tiene que
aprender solo. Terrible pero cierto. Si tiene suerte le alcanzará
la vida. De lo contrario se le irá todo el tiempo disponible
en intentar aprender. Y jamás lo logrará. Siento
ser tan crudo, pero es la verdad. No hay otro modo de decirla.
© Pedro Juan Gutiérrez |