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Innovación,
repetición, adaptación, influencia
I
Quizás
para ninguno de los escritores cubanos la innovación
haya sido tan angustiosa como para Alejo Carpentier; se trata
de un tema que, al atravesarlo, estructura, mucho de su pensamiento
cultural y al cual será fiel hasta sus días
finales. Ya sea en la permanente mención a músicos
de vanguardia (Stravinsky, Honegger, Bartók, Alvan
Berg, entre otros), como en la sostenida reivindicación
del cubismo; en la tensa relación con el surrealismo
literario, como el culto rendido a Le Corbusier, una significativa
zona de la teoría cultural del nuestro se organiza
alrededor de la dialéctica entre tradición e
innovación. Para alguien nacido cuando se reacciona
con fuerza contra los modelos culturales del XIX tardío,
lo nuevo no podía ser menos que un alegre disfrute
al tiempo que presencia angustiosa. Fue siguiendo ese camino
que publicara, en 1928, su primera novela, Ecue-Yamba-O,
donde se dedica a visibilizar y dar voz a un grupo de cubanos
de la raza negra. Escrita en un momento en donde, en América
Latina, la atención de los hombres de cultura se vuelve
hacia la profundización de las investigaciones, hacia
el sacar de la sombra lo autóctono de cada lugar. Si
se piensa que estas búsquedas suceden en el interior
de una época en la que el vanguardismo histórico
rendía sus mejores frutos y si agregamos, en el especial
caso cubano, la cercanía temporal de los patrones de
producción y gusto que dominaron la escena literaria
durante el XIX tardío, podremos coincidir en que un
texto como Ecue-Yamba-O es una compleja operación
de “puesta al día” para la literatura nacional.
Sin embargo, años después, como respuesta durante
una entrevista, Carpentier
toma tan profunda distancia de su novela primera que bien
se puede decir que hay en su obra dos claros períodos:
el de la obra primeriza y lo demás. Escuchemos la cita:
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Ante
el increíble aburrimiento que me produjo, un día,
la lectura de una novela de costumbres alsacianas, me
pregunte: «¿Y si esto me aburre... por qué
voy a imponer a los demás ha lectura de novelas
guajiras -o gauchas o yucatecas, que es lo mismo?»
Ese día deje de ser el autor de Ecue-Yamba-O!...
No quiero decir con ello que yo no ame nuestras cosas
vernáculas. Mis libros están ahí
para demostrar lo contrario Pero toda esa materia magnifica,
virgen, inexplotada, debe ser situada en un plano superior.
Nuestros mitos deben ser confrontados con los grandes
mitos universales Debemos mirar a la verdad profunda de
nuestras cosas, sin dejarnos encandilar por embadurnos
ni abalorios No vayamos a un velorio aldeano para hacer
apuntes pintorescos y costumbristas: lo que debe llevarnos
a tal lugar es el anhelo de saber qué concepto
se tiene allí de la Muerte. Lo demás es
hacer mala literatura –enteramente rebasada, por
lo demás. Entrevistas, p.
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Me seduce tal concepto
de la literatura. Hay, primero, una voluntad creativa y una
idea del texto que resultan estar equivocadas; incluso hay
allí visos de la tensa lucha del creador latinoamericano
con Europa. También el llamado hacia que la posible
grandeza del texto literario estaría en que alcance
-debajo de una anécdota, paisaje y retrato de la circunstancia
que no son sino máscaras- a expresar y trabajar en
la dimensión de lo que el mismo Carpentier llamó
en otra entrevista “constantes humanas”. De ahí
que la gran literatura, al menos en esa visión, habite
en un permanente despegar hacia los universales, en un deseo
de desasimiento que la acerca a la mística.
II
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De los
textos narrativos de autor cubano que he leído
en los últimos tiempos nada me ha parecido tan
divertido, problemático e interesante como El
Rey de la Habana, novela de Pedro Juan Gutiérrez.
Escrita encima del patrón de la picaresca, la novela
hace el dibujo de una Habana chillona, sórdida,
profundamente marcada por divisiones raciales y sociales.
Para conseguirlo reactualiza la técnica del extrañamiento
mediante el protagonista, un subnormal, que atraviesa
los más variados cuadros de violencia física
y erotismo exacerbado. Conozco, en lo personal, muy pocos
textos cubanos que hayan intentado hacer de su presente
una construcción tan absolutamente sórdida,
tan cerrada en sí misma, tan aparte de cualquier
posibilidad de salvación o cura |
Todos o muchos de los
grandes temas de una ciudad que, en poquísimos años,
ha padecido la doble consecuencia de sucesivas oleadas de
inmigrantes internos así como la progresión
de un modo de vivir dolarizado, están presentes en
la historia: jineteras, chulos, traficantes de cocaína,
turismo sexual, asesinatos, violaciones, anormales haciendo
el amor, locas de carroza, negros que sólo piensan
en beber cerveza y metérsela a quien sea, una muchacha
a quien engañan en Italia para extraerle las pupilas,
policías de los que hay que huir siempre; ron, alcohol,
cerveza, droga y sexo, mucho sexo, y la ética del protagonista
sonando como pensada por un Hemingway histérico: “hay
que resistir y ser fuerte”. Porque el caso es que no
se sabe para qué o quién resistir en esta Habana
del texto (no Miramar, Vedado, Kohly o antiguo Country Club)
elevada al nivel de la pesadilla; de hecho, cuando la vida
comienza a revelar algún sentido para el protagonista,
en el final del texto, la esencial ruindad en la que sucede
la epifanía, liquida toda posible salvación
y lo conducen a la locura y al crimen. Un mundo de filiación
tan directamente barroca, con semejante tensión y plutonismo,
parafraseando a Lezama, e insertado en el corazón de
la Habana verdadera: íntima, monstruosa, sobrepoblada,
llena de ruinas y, sobre todo, socialista, creo que sólo
tiene paralelo con el retrato de la ciudad que Arenas dejó
en su novela El color del verano. Ahora bien, la
Habana de Arenas está poseída, podrida, gime
diríase bajo el peso de los imaginarios y prácticas
de la política; en lado opuesto, y esto es un sorprendente
tour de force que el autor se impone, en el mundo
de El rey..., a excepción de pocos momentos,
ni siquiera existen la Política, el Estado y la Ideología.
Con respecto a estas grandes maquinarias discursivas los personajes
del texto viven, literalmente, en una utopía; son figuras
sin lugar en el presente, ruinas de alguna catástrofe
pasada o anuncio de otra por venir. No entran en ningún
proyecto, no son asimilables, no pertenecen: beben, trabajan,
roban, fornican, corren, bailan, no piensan y lo mismo al
día siguiente en una situación circular sin
salida visible hoy o mañana.
Lo que la novela desnuda es una de las ausencias
más notables de la narrativa cubana contemporánea;
es decir, no la marginalidad, sino la tremenda pobreza en
la que viven decenas de miles de los habitantes de la ciudad.
Se trata de un mundo que tuvo plasmación, por ejemplo,
en el abordaje del solar hecho en textos como Cuando la
sangre se parece al fuego, de Manuel Cofiño, pero
esta vez sin ningún optimismo fundamental que nos consuele
de la miseria, suciedad, mal olor, violencia, idiotez de los
padres y de los hijos. Espacio para la proliferación
del lenguaje más soez, la excrecencia urbana, el resto
o detritus. El hecho de que los personajes puedan vivir sus
vidas sin mencionar apenas esa trilogía tremenda que
son Estado, Política e Ideología, los libera
como signos; no piden que leamos sus actitudes como mensajes
mántricos, oblicuidades u obscuros símbolos
dentro del sistema de nuestras vidas, sino que, sencillamente,
están, son, carecen de futuro y también de pasado,
ni siquiera se explican. Lo destaco como artilugio retórico
dado que levanta, por contraste, la más poderosa lectura
crítica de la vida cubana en mucho tiempo.
Me interesa decir ahora
unas palabras sobre la marginalidad. Espero que estemos de
acuerdo en que no fue la literatura quien primero utilizó
la palabra para destacar, focalizar digamos, los valores y
prácticas de un determinado sector minoritario de la
población; en lugar de ello se trata de una palabra
proveniente del lenguaje de la administración policial.
En dicho lenguaje se refiere, en lo esencial, al universo
retratado por la novelística de Pedro Juan Gutiérrez:
desclasados, casi por norma de muy bajo nivel educacional,
ladrones, asesinos, prostitutas, gente violenta, disfuncionales
para el proyecto social socialista, pertenecientes a los sectores
más pobres. Para ilustrarlo basta con este viejo chiste:
“dos ministros se encontraron en una guagua”.
Como mismo no hay ministros que monten el transporte colectivo,
tampoco hay –en las zonas más pudientes de la
geografía habanera- marginalidad natural, auténtica;
en todo caso, pequeñas bolsas (un solar, una cuartería,
una cuadra) donde es casi seguro que el “elemento”
que molesta habita en las peores condiciones del barrio. Por
tal razón, cuando la palabra marginalidad pasó
a la reflexión sobre la literatura para referirse a
grupos casi siempre de estudiantes, receptores y practicantes
de modelos culturales extranjeros (la cultura del rock), poseedores
de limpios historiales delictivos y rebeldes, en lo primordial,
ante sus padres, quedó ejecutada una limpieza semántica
que era –a la vez- mentira social y purga étnica.
III
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Me sorprende:
el hecho de que nuestra época produzca tan pocas
novelas que respondan al auténtico espíritu
de la picaresca -de una picaresca que fuese una transposición
moderna, ajustada a las realidades presentes, de lo que
en su tiempo escribían los Vélez de Guevara,
Vicente Espinel o Castillo Solórzano…( …
) … Y nos encontramos con que nuestra época
produce una multitud de individuos cuya existencia -sin
que ellos mismos lo hayan pensado- pertenece a la picaresca.
Hombres nacidos en épocas difíciles, huérfanos
de oficio a profesión, que hallan el modo de remontar
la corriente adversa, entregándose e las actividades
más pintorescas…. (… ) … una
picaresca moderna está por nacer. Ningún
género corresponde mejor a una época cada
vez más propicie e las tribulaciones de hombres
sin oficio, pero ricos en ingenio para ganarse la vida
en las más peregrinas y tornadizas actividades.
Hacia una moderna picaresca. El Nacional,
22 de septiembre de 1956. |
He traído esta larga
cita de Alejo Carpentier para introducir los problemas de
interpretación a que nos conduce la literatura de Pedro
Juan Gutiérrez, poeta, cuentista y novelista de la
Cuba de hoy. Tal vez el más leído entre sus
colegas de oficio y acaso el que mayores diferencias provoca
a la hora de valorar su obra.
| Siguiendo
esta línea de paradojas, también uno de
los menos publicados en lo que toca a la zona de su creación
que mayores discusiones genera; con ello me refiero al
hecho de que los que quizás sean sus dos libros
mayores, Trilogía
sucia de la Habana Vieja y El rey de la Habana,
permanecen no sólo sin publicar en su país,
sino que ni siquiera existe la más pequeña
referencia crítica a su existencia en el mundo.
Del lado opuesto, tanto en España (por excelencia
el trampolín del escritor cubano hacia el mundo)
como en muchos sitios de América Latina y Europa,
la obra de Pedro Juan es ampliamente difundida y ha conseguido
una importante atención de la crítica. |
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En lo que toca a Cuba,
sólo dos libros de narrativa (Melancolía
de los leones y Animal
tropical, el último en una edición practicamente
inencontrable), además de algún viejo poemario)
han visto la luz; exactamente aquellos en los que el desencanto,
la violencia urbana, la pobreza y la falta de expectativas
resultan, por imperativos del relato, más atenuados.
Dicho de otro modo, al publicar tales textos se ha cumplido
con la intención de dar a conocer la obra del autor,
pero también se le ha reducido hasta límites
manejables.
Al comenzar hablando
del sueño de una picaresca moderna que alimentó
Carpentier, llamo la atención sobre el hecho de que
el enunciado fue lanzado de modo general hacia la novela contemporánea
y no pensando en el particular caso de Cuba; es decir, que
habría que introducir las correcciones de rigor cuando
el gesto del autor es el de colocar a dicho pícaro
en el contexto de una sociedad socialista. Esto segundo, que
lo mismo atrae a fanáticos que a críticos de
Pedro Juan, impide valorar en profundidad la enormidad de
la tarea literaria que, como narrador, se ha impuesto. Junto
con ello, el pícaro de su literatura, resulta algo
más, pues la visión del mundo que lo defiende
y sustenta, se encuentra sostenida por la autonomía
total del cimarronaje; de ahí la soledad esencial,
ontológica casi de los personajes, así como
el empeño continuado que ponen en no ser molestados,
jodidos y en no reblandecerse: “porque si aflojas te
joden”, como suele leerse en cualquiera de sus textos.
Dentro de una literatura,
la cubana, que durante décadas ha tenido como centro
de batalla el problema de la representación de la realidad
mediante el realismo como método creador y, desde la
década de los 80, la cuestión del cómo
realizar una crítica de las insuficiencias de la Revolución;
de ahí la fascinación de los estudios literarios
cubanos con períodos históricos como los de
la “narrativa de la violencia” (década
de los 60) o las zonas post-testimoniales de los 80 y 90 (con
el grupo de jóvenes llamados “los novísimos”).
En tal ordenamiento, la aparición de la literatura
de Pedro Juan Gutiérrez ha convertido mucho de lo hasta
él escrito (las narrativas y también sus debates)
en poco más que garabatos de niños recién
salidos de su cuna. Nunca antes la ciudad, la Habana, había
sido tan implacablemente desmaquillada en la literatura; nunca
antes las mitologías de nuestra vida fueron enfrentadas
con tal ausencia de romantización.
Nos queda, entonces,
un espacio de dureza, sexualidad desbordante, violencia, pobreza,
suciedad. Quizás sean esos los lugares y tiempos en
los que el individuo se encuentra con quien realmente es y
ya eso solo signifique que vale la pena vivirlos. Es una hipotesis.
Los invito a comprobar su veracidad escuchando la voz de Pedro
Juan Gutiérrez.
© Víctor Fowler
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