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  Ensayo de Víctor Fowler sobre Pedro Juan Gutiérrez  
 

Innovación, repetición, adaptación, influencia

Por VÍCTOR FOWLER CALZADA

Inédito. Escrito en el año 2000.

Víctor Fowler


I

QUIZÁS para ninguno de los escritores cubanos la innovación haya sido tan angustiosa como para Alejo Carpentier; se trata de un tema que, al atravesarlo, estructura, mucho de su pensamiento cultural y al cual será fiel hasta sus días finales. Ya sea en la permanente mención a músicos de vanguardia (Stravinsky, Honegger, Bartók, Alvan Berg, entre otros), como en la sostenida reivindicación del cubismo; en la tensa relación con el surrealismo literario, como el culto rendido a Le Corbusier, una significativa zona de la teoría cultural del nuestro se organiza alrededor de la dialéctica entre tradición e innovación. Para alguien nacido cuando se reacciona con fuerza contra los modelos culturales del XIX tardío, lo nuevo no podía ser menos que un alegre disfrute al tiempo que presencia angustiosa. Fue siguiendo ese camino que publicara, en 1928, su primera novela, Ecue-Yamba-O, donde se dedica a visibilizar y dar voz a un grupo de cubanos de la raza negra. Escrita en un momento en donde, en América Latina, la atención de los hombres de cultura se vuelve hacia la profundización de las investigaciones, hacia el sacar de la sombra lo autóctono de cada lugar. Si se piensa que estas búsquedas suceden en el interior de una época en la que el vanguardismo histórico rendía sus mejores frutos y si agregamos, en el especial caso cubano, la cercanía temporal de los patrones de producción y gusto que dominaron la escena literaria durante el XIX tardío, podremos coincidir en que un texto como Ecue-Yamba-O es una compleja operación de “puesta al día” para la literatura nacional. Sin embargo, años después, como respuesta durante una entrevista, Carpentier toma tan profunda distancia de su novela primera que bien se puede decir que hay en su obra dos claros períodos: el de la obra primeriza y lo demás. Escuchemos la cita:
     Ante el increíble aburrimiento que me produjo, un día, la lectura de una novela de costumbres alsacianas, me pregunte: «¿Y si esto me aburre... por qué voy a imponer a los demás ha lectura de novelas guajiras -o gauchas o yucatecas, que es lo mismo?» Ese día deje de ser el autor de Ecue-Yamba-O!... No quiero decir con ello que yo no ame nuestras cosas vernáculas. Mis libros están ahí para demostrar lo contrario Pero toda esa materia magnifica, virgen, inexplotada, debe ser situada en un plano superior. Nuestros mitos deben ser confrontados con los grandes mitos universales Debemos mirar a la verdad profunda de nuestras cosas, sin dejarnos encandilar por embadurnos ni abalorios No vayamos a un velorio aldeano para hacer apuntes pintorescos y costumbristas: lo que debe llevarnos a tal lugar es el anhelo de saber qué concepto se tiene allí de la Muerte. Lo demás es hacer mala literatura –enteramente rebasada, por lo demás.
Entrevistas, p. 50

   Me seduce tal concepto de la literatura. Hay, primero, una voluntad creativa y una idea del texto que resultan estar equivocadas; incluso hay allí visos de la tensa lucha del creador latinoamericano con Europa. También el llamado hacia que la posible grandeza del texto literario estaría en que alcance -debajo de una anécdota, paisaje y retrato de la circunstancia que no son sino máscaras- a expresar y trabajar en la dimensión de lo que el mismo Carpentier llamó en otra entrevista “constantes humanas”. De ahí que la gran literatura, al menos en esa visión, habite en un permanente despegar hacia los universales, en un deseo de desasimiento que la acerca a la mística.

II

Pedro Juan Gutiérrez - El Rey de La Habana (Anagrama) De los textos narrativos de autor cubano que he leído en los últimos tiempos nada me ha parecido tan divertido, problemático e interesante como El Rey de la Habana, novela de Pedro Juan Gutiérrez. Escrita encima del patrón de la picaresca, la novela hace el dibujo de una Habana chillona, sórdida, profundamente marcada por divisiones raciales y sociales. Para conseguirlo reactualiza la técnica del extrañamiento mediante el protagonista, un subnormal, que atraviesa los más variados cuadros de violencia física y erotismo exacerbado. Conozco, en lo personal, muy pocos textos cubanos que hayan intentado hacer de su presente una construcción tan absolutamente sórdida, tan cerrada en sí misma, tan aparte de cualquier posibilidad de salvación o cura

   Todos o muchos de los grandes temas de una ciudad que, en poquísimos años, ha padecido la doble consecuencia de sucesivas oleadas de inmigrantes internos así como la progresión de un modo de vivir dolarizado, están presentes en la historia: jineteras, chulos, traficantes de cocaína, turismo sexual, asesinatos, violaciones, anormales haciendo el amor, locas de carroza, negros que sólo piensan en beber cerveza y metérsela a quien sea, una muchacha a quien engañan en Italia para extraerle las pupilas, policías de los que hay que huir siempre; ron, alcohol, cerveza, droga y sexo, mucho sexo, y la ética del protagonista sonando como pensada por un Hemingway histérico: “hay que resistir y ser fuerte”. Porque el caso es que no se sabe para qué o quién resistir en esta Habana del texto (no Miramar, Vedado, Kohly o antiguo Country Club) elevada al nivel de la pesadilla; de hecho, cuando la vida comienza a revelar algún sentido para el protagonista, en el final del texto, la esencial ruindad en la que sucede la epifanía, liquida toda posible salvación y lo conducen a la locura y al crimen. Un mundo de filiación tan directamente barroca, con semejante tensión y plutonismo, parafraseando a Lezama, e insertado en el corazón de la Habana verdadera: íntima, monstruosa, sobrepoblada, llena de ruinas y, sobre todo, socialista, creo que sólo tiene paralelo con el retrato de la ciudad que Arenas dejó en su novela El color del verano. Ahora bien, la Habana de Arenas está poseída, podrida, gime diríase bajo el peso de los imaginarios y prácticas de la política; en lado opuesto, y esto es un sorprendente tour de force que el autor se impone, en el mundo de El rey..., a excepción de pocos momentos, ni siquiera existen la Política, el Estado y la Ideología. Con respecto a estas grandes maquinarias discursivas los personajes del texto viven, literalmente, en una utopía; son figuras sin lugar en el presente, ruinas de alguna catástrofe pasada o anuncio de otra por venir. No entran en ningún proyecto, no son asimilables, no pertenecen: beben, trabajan, roban, fornican, corren, bailan, no piensan y lo mismo al día siguiente en una situación circular sin salida visible hoy o mañana.

   Lo que la novela desnuda es una de las ausencias más notables de la narrativa cubana contemporánea; es decir, no la marginalidad, sino la tremenda pobreza en la que viven decenas de miles de los habitantes de la ciudad. Se trata de un mundo que tuvo plasmación, por ejemplo, en el abordaje del solar hecho en textos como Cuando la sangre se parece al fuego, de Manuel Cofiño, pero esta vez sin ningún optimismo fundamental que nos consuele de la miseria, suciedad, mal olor, violencia, idiotez de los padres y de los hijos. Espacio para la proliferación del lenguaje más soez, la excrecencia urbana, el resto o detritus. El hecho de que los personajes puedan vivir sus vidas sin mencionar apenas esa trilogía tremenda que son Estado, Política e Ideología, los libera como signos; no piden que leamos sus actitudes como mensajes mántricos, oblicuidades u obscuros símbolos dentro del sistema de nuestras vidas, sino que, sencillamente, están, son, carecen de futuro y también de pasado, ni siquiera se explican. Lo destaco como artilugio retórico dado que levanta, por contraste, la más poderosa lectura crítica de la vida cubana en mucho tiempo.

   Me interesa decir ahora unas palabras sobre la marginalidad. Espero que estemos de acuerdo en que no fue la literatura quien primero utilizó la palabra para destacar, focalizar digamos, los valores y prácticas de un determinado sector minoritario de la población; en lugar de ello se trata de una palabra proveniente del lenguaje de la administración policial. En dicho lenguaje se refiere, en lo esencial, al universo retratado por la novelística de Pedro Juan Gutiérrez: desclasados, casi por norma de muy bajo nivel educacional, ladrones, asesinos, prostitutas, gente violenta, disfuncionales para el proyecto social socialista, pertenecientes a los sectores más pobres. Para ilustrarlo basta con este viejo chiste: “dos ministros se encontraron en una guagua”. Como mismo no hay ministros que monten el transporte colectivo, tampoco hay –en las zonas más pudientes de la geografía habanera- marginalidad natural, auténtica; en todo caso, pequeñas bolsas (un solar, una cuartería, una cuadra) donde es casi seguro que el “elemento” que molesta habita en las peores condiciones del barrio. Por tal razón, cuando la palabra marginalidad pasó a la reflexión sobre la literatura para referirse a grupos casi siempre de estudiantes, receptores y practicantes de modelos culturales extranjeros (la cultura del rock), poseedores de limpios historiales delictivos y rebeldes, en lo primordial, ante sus padres, quedó ejecutada una limpieza semántica que era –a la vez- mentira social y purga étnica.

III

  Me sorprende: el hecho de que nuestra época produzca tan pocas novelas que respondan al auténtico espíritu de la picaresca -de una picaresca que fuese una transposición moderna, ajustada a las realidades presentes, de lo que en su tiempo escribían los Vélez de Guevara, Vicente Espinel o Castillo Solórzano…( … ) … Y nos encontramos con que nuestra época produce una multitud de individuos cuya existencia -sin que ellos mismos lo hayan pensado- pertenece a la picaresca. Hombres nacidos en épocas difíciles, huérfanos de oficio a profesión, que hallan el modo de remontar la corriente adversa, entregándose e las actividades más pintorescas…. (… ) … una picaresca moderna está por nacer. Ningún género corresponde mejor a una época cada vez más propicie e las tribulaciones de hombres sin oficio, pero ricos en ingenio para ganarse la vida en las más peregrinas y tornadizas actividades.
Hacia una moderna picaresca.
El Nacional, 22 de septiembre de 1956.

  He traído esta larga cita de Alejo Carpentier para introducir los problemas de interpretación a que nos conduce la literatura de Pedro Juan Gutiérrez, poeta, cuentista y novelista de la Cuba de hoy. Tal vez el más leído entre sus colegas de oficio y acaso el que mayores diferencias provoca a la hora de valorar su obra.

Pedro Juan Gutiérrez - Trilogia sucia de La Habana (Anagrama)

   Siguiendo esta línea de paradojas, también uno de los menos publicados en lo que toca a la zona de su creación que mayores discusiones genera; con ello me refiero al hecho de que los que quizás sean sus dos libros mayores, Trilogía sucia de la Habana Vieja y El rey de la Habana, permanecen no sólo sin publicar en su país, sino que ni siquiera existe la más pequeña referencia crítica a su existencia en el mundo. Del lado opuesto, tanto en España (por excelencia el trampolín del escritor cubano hacia el mundo) como en muchos sitios de América Latina y Europa, la obra de Pedro Juan es ampliamente difundida y ha conseguido una importante atención de la crítica.

   En lo que toca a Cuba, sólo dos libros de narrativa (Melancolía de los leones y Animal tropical, el último en una edición practicamente inencontrable), además de algún viejo poemario) han visto la luz; exactamente aquellos en los que el desencanto, la violencia urbana, la pobreza y la falta de expectativas resultan, por imperativos del relato, más atenuados. Dicho de otro modo, al publicar tales textos se ha cumplido con la intención de dar a conocer la obra del autor, pero también se le ha reducido hasta límites manejables.

   Al comenzar hablando del sueño de una picaresca moderna que alimentó Carpentier, llamo la atención sobre el hecho de que el enunciado fue lanzado de modo general hacia la novela contemporánea y no pensando en el particular caso de Cuba; es decir, que habría que introducir las correcciones de rigor cuando el gesto del autor es el de colocar a dicho pícaro en el contexto de una sociedad socialista. Esto segundo, que lo mismo atrae a fanáticos que a críticos de Pedro Juan, impide valorar en profundidad la enormidad de la tarea literaria que, como narrador, se ha impuesto. Junto con ello, el pícaro de su literatura, resulta algo más, pues la visión del mundo que lo defiende y sustenta, se encuentra sostenida por la autonomía total del cimarronaje; de ahí la soledad esencial, ontológica casi de los personajes, así como el empeño continuado que ponen en no ser molestados, jodidos y en no reblandecerse: “porque si aflojas te joden”, como suele leerse en cualquiera de sus textos.

   Dentro de una literatura, la cubana, que durante décadas ha tenido como centro de batalla el problema de la representación de la realidad mediante el realismo como método creador y, desde la década de los 80, la cuestión del cómo realizar una crítica de las insuficiencias de la Revolución; de ahí la fascinación de los estudios literarios cubanos con períodos históricos como los de la “narrativa de la violencia” (década de los 60) o las zonas post-testimoniales de los 80 y 90 (con el grupo de jóvenes llamados “los novísimos”). En tal ordenamiento, la aparición de la literatura de Pedro Juan Gutiérrez ha convertido mucho de lo hasta él escrito (las narrativas y también sus debates) en poco más que garabatos de niños recién salidos de su cuna. Nunca antes la ciudad, la Habana, había sido tan implacablemente desmaquillada en la literatura; nunca antes las mitologías de nuestra vida fueron enfrentadas con tal ausencia de romantización.

   Nos queda, entonces, un espacio de dureza, sexualidad desbordante, violencia, pobreza, suciedad. Quizás sean esos los lugares y tiempos en los que el individuo se encuentra con quien realmente es y ya eso solo signifique que vale la pena vivirlos. Es una hipotesis. Los invito a comprobar su veracidad escuchando la voz de Pedro Juan Gutiérrez.

©Víctor Fowler

 

Leer Lea además el ensayo de Víctor Fowler Calzada Poemas

Leer

Lea la entrevista que realizara en coautoría con Jorge Molina, a Pedro Juan Gutiérrez, para la publicación La isla en peso.

Lea la entrevista que realizara a Pedro Juan Gutiérrez, como parte de un equipo de redacción, para la publicación Miradas.

     
     
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