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Soy
un tipo muy cruel

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VF: ¿Qué es para ti ese
estatus tan raro del que disfrutas, según
el cual eres tal vez el escritor cubano más
leído, a la vez que quizás el
menos difundido en tu país.
PJ: (Risa) A cada rato me hacen esa pregunta
y nunca sé cómo responderla de
manera lógica. No, no tengo una respuesta
lógica para esa pregunta.
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Lo que pasa es que el ciclo
de Centro Habana, estos cinco libros que terminé
con Carne
de perro, no obedecen a un proyecto intelectual
preconcebido; empecé a escribir Trilogía
sucia de La Habana de manera muy compulsiva, me
sucedían cosas y escribía a medida que
iban sucediendo y estuve en eso tres años. No
me planteaba "tengo que buscar un editor"
o "tengo que dirigirme a determinado tipo de lectores".
Fueron tiempos de una escritura compulsiva, la mayor
parte de las veces borracho. Ahora, sí me pasaba
con un cuento a veces hasta quince días trabajando
la artesanía, revisando y dándole retoques;
pero la primera escritura casi siempre era muy loca,
muy trastornada, de modo que, cuando vine a ver, el
libro ya tenía 60 cuentos, estaba listo y yo
no podía más. Es una escritura que me
agota mucho emocionalmente, me entrego demasiado…
me lleva a un estado de agotamiento total. Aquí
lo tuvo la Editorial Oriente de Santiago de Cuba unos
cuantos meses hasta que lo recogí y traje de
vuelta; en eso apareció por aquí una francesa,
que venía al concurso Casa de las Américas,
lo llevó a Francia y a España, se encaminó
por allá y así vinieron las cosas; no
de una manera orgánica o planificada, sino que
fueron sucediendo como impulsadas por sí mismas.
Primero salió en España, un mes después
en Italia,
lo contrató Francia,
lo contrató Estados
Unidos, brrrrrrrrrrrrrr… ha sido un proceso
tan rápido que no he tenido tiempo ni de pensar.
Te lo digo sinceramente, no he tenido tiempo ni de analizar
nada porque he estado escribiendo como un loco; date
cuenta de que entre el 94, el año en que empecé
a escribir Trilogía sucia…, y
el 2002, cuando terminé Carne de perro,
escribí los cinco libros
del ciclo de Centro Habana, tres libros de poesía
y una novela policíaca (se ríe). En 8
años.
VF: Nueve libros.
PJ: Sí, (riendo) era una locura, una locura.
Los tres libros de poesía, bueno, son Espléndidos
peces plateados, Fuego
contra los herejes, que están publicados
en Argentina, y Yo
y una lujuriosa negra vieja, que es inédito.
Este último lo terminé el año pasado,
ahora mismo lo están evaluando en una editorial
española. El policial es en realidad una noveleta
de 120 páginas; no es un libro grande. Han sido
8 años de mucha intensidad, de trabajo agobiante…
VF: ¿Mantienes en todos estos libros
la misma voluntad de provocación que en la Trilogía…?
PJ: Creo que sí o por lo menos lo intento. Mira,
yo asumo la condición chocante de mi literatura;
es decir, sé que soy un provocador. Hay un cuento
en Trilogía… que se llama El
revolcador de mierda: yo, revolcador de mierda.
Sé que soy un tipo provocativo y lo asumo porque
uno tiene que asumir las consecuencias de lo que hace.
Para ser exacto, las consecuencias pudieran ser peores,
porque no son lo mismo los 90 que los años 70
en Cuba. Ahí tenemos el caso de Heberto Padilla,
el caso de Reinaldo Arenas, son otras las circunstancias
ahora; o sea, que las consecuencias pudieran ser peores
y yo pude pagar un precio mucho más alto del
que estoy pagando. Ya ves que publicaron Animal
tropical, aunque apenas sin distribución
y sin ninguna atención de la crítica;
pero por lo menos sigo siendo miembro de la UNEAC y
tengo el apoyo de algunos funcionarios allí…
de Sacha, de alguna gente. Así que la cosa no
va mal.
VF: Perdona, pero me sigue resultando curiosa
la contradicción entre ser ampliamente leído
a la vez que escasa (o muy selectivamente) publicado.
¿Cómo lo afrontas cuando tropiezas con
un verdadero lector de tu obra, alguien que sigue tu
trabajo en estas condiciones?
PJ: Es muy bueno, porque sobre todo es gente joven o
gente con una visión juvenil de la vida. Pueden
ser personas de 50 años, pero con una…
como yo, gente muy vital, muy dinámica y entonces
todo va bien. Incluso hay personas de bastante edad,
como el padre de Jorge Alberto Aguiar, que me hace décimas
(ríe), unas décimas muy elogiosas; no
las recuerdo, pero son algo como: "Pedro Juan le
dice al pan pan y al vino vino". Se me han olvidado,
pero eso es muy estimulante. También te encuentras
gente que se ve reflejada en los libros y se disgusta.
Cada persona hace su propia lectura de cualquier obra.
Si una película la ven tres millones de personas,
son tres millones de películas diferentes y lo
mismo sucede con un libro. Si te estoy hablando de cosas
concretas sucedidas a gente que se han acercado a mí,
dicen "bueno, tú ante todo eres un cronista".
Viene la otra que es antropóloga y me dice: "No,
tú eres un antropólogo, porque tus trabajos
son una investigación de terreno que más
tarde llevas al papel bajo una forma narrativa, con
mucha amenidad". Llega el otro erotómano
y sólo quiere ver los aspectos eróticos
de mi literatura o te encuentras con la persona muy
politizada que lo que ve es política y cree que
yo estoy haciendo política. Pienso que la literatura
se contamina con todo, la literatura se contamina cuando
tú escribes como escribo yo; se contamina de
religión, de filosofía, de antropología,
de sociología, de periodismo, de todo. Quizás
menos de matemática, física, química,
astronomía, y a lo mejor también se contamina
un poco de ciencias exactas, pero el hecho es que se
tiene que contaminar de todo. Creo que fue Proust quien
hablaba del espejo que llevas a lo largo del camino
y lo que se va reflejando es lo que vas escribiendo.
Es una forma muy bonita de decir cómo se hace
una novela, y muy sencillita, aunque en verdad sea un
proceso mucho más complicado; pero el hecho,
repito, es que vas así, con ese espejo, y todo
se va reflejando ahí: los baches, la suciedad,
los mojones de los perros… todo eso entra en la
literatura.
VF: ¿Cuáles son tus comienzos
como escritor?
PJ: Sabes qué: estoy escribiendo poesía
desde que tenía trece años… una
especie de poesía secreta. A los trece años
escribí un poemita y -que recuerde- fue lo primero
que escribí ya con una intencionalidad; antes
de eso escribía boleritos y unas cancioncitas
morrongueras ahí, con la guitarrita. Pero lo
primero con intención de "escribir"
fue un poema a una novia que por entonces tenía
y se llamaba María Elena. Compuse un acróstico
con su nombre, se lo di, funcionó muy bien y
me dije: "¡coño, este truco me conviene!".
Entonces empecé a escribir poesía y poco
a poco la fui perfeccionando. La poesía se convirtió
en una especie de pasión y leí muchísima;
también guardar los libros se convirtió
en una pasión y llegué a tener toda una
biblioteca hasta que hace unas semanas tuve que sacar
de aquí como 2000 libros de poesía, porque
era un vicio. La poesía te enseña, cuando
la elaboras durante muchos años, a escribir a
mano, palabra por palabra; con un ritmo, con una cadencia,
a escribir con lentitud. No hay prisa con la poesía,
puedes estar trabajando días, semanas, meses
en un poema; siempre lo puedes cambiar, leer de abajo
para arriba, del medio hacia abajo, del medio hacia
arriba. Con la poesía aprendes a jugar con las
palabras, a amarlas, y eso es importantísimo,
aunque estés escribiendo una novela de 300 páginas.
VF: ¿Y el periodismo?
PJ: Estuve 26 años haciendo periodismo
de todo tipo: radio, televisión, periódico,
agencia de noticias, revistas, de todo. El periodismo
te da, sobre todo, o al menos me lo dio a mí,
una capacidad para investigar lo mejor posible un tema;
te entrenas y aprendes a elegir las entrevistas que
hay que hacer, lo que es necesario poner como background
de un texto y cuando ya está todo, te sientas
y escribes en dos o tres horas. Un reportaje, para seis
páginas de la revista Bohemia, lo escribía
en 3 ó 4 horas. Después revisaba, pasaba
en limpio, entregaba, pero ya me había metido
antes meses investigando para que el reportaje quedara
lo mejor posible. Eso es importante en la literatura,
es decir, cuando vas a escribir una novela tienes que
saber perfectamente cuál es el principio, cuál
es final, más o menos qué va a pasar por
el medio. Tener mucho material para no pararte, porque
si te bloqueas a mitad de un libro, eso es depresivo
y desmoralizante, te jode todo el trabajo y lo más
probable es que, después de haber escrito 60
u 80 páginas, tengas que tirarlas a un lado y
ponerte a hacer otra cosa. El periodismo me afinó
muchísimo la capacidad de investigación,
me enseñó cómo tomar historias
de la realidad y me acostumbró a preparar el
material, cosas que hoy utilizo lo mismo en una novela
que en un libro de cuentos. Por otro lado, el periodismo
que hacía me amargaba mucho porque sufría
mucha censura y autocensura.
VF: ¿De qué escribías?
PJ: De todo, de todo…. Si pedían un reportaje
sobre jineteras o sobre la droga, salías, lo
hacías y después había que cambiarle
el título o no podía aparecer por esto
o lo otro… ¡qué sé yo! El
caso es que eso te iba amargando, amargando, amargando.
Así que cuando empiezo a escribir la Trilogía
sucia…, digo: "bueno, pa' la pinga,
aquí el jefe de redacción y el director
soy yo".
VF: Es evidente que Trilogía sucia…
es el libro con el que marcas una ruptura, ¿qué
puedes decir acerca de otro como Melancolía
de los leones, que se publica en Cuba cuando ya
eres conocido por Trilogía…?
PJ: Escribo Melancolía
de los leones viviendo en Pinar del Río,
en lo que fue una de las etapas más aburridas
de mi vida; una etapa de matrimonio, los niños
chiquitos… Por entonces trabajaba en una agencia
de noticias y era jefe, era cuadro de la UNEAC, era
cuadro de la UPEC. No…. ¡de pinga! (riéndose).
Llevaba una vida muy rutinaria, por las tardes -a las
cinco-, me iba a correr a un stadium ahí, para
poder hacer un poco de ejercicios, porque estaba inmerso
en una vida burocrática asfixiante, muy asfixiante.
Corría y escribía. Tengo como cuatro o
cinco libros de cuentos ahí escondidos y como
por lo menos dos o tres mil poemas guardados en un par
de cajas y los que cualquier día voy a desaparecer.
De ese conjunto hay como tres o cuatro organizados en
libros que yo presentaba al Concurso David, a esto,
a lo otro, pero nunca ganaba nada. Tengo una novela
terminada que se llama Todo bajo control, también
tirada y completa con sus doscientas y pico de páginas.
Tengo otra a medias que se llama Valija diplomática
y que es una novela policíaca de espionaje internacional.
Te lo cuento no porque valgan gran cosa, sino para que
sepas que desde entonces ya escribía mucho, pero
como que no acababa de encontrar mi gran tema. Melancolía
de los leones son joyitas, cosas escritas muy despacio;
tanto que me metí trece años escribiendo
esos textos. Eran 180 páginas y al final, cuando
lo entregué a la UNEAC para la edición,
quedaron en 70. El caso es que leí a Faulkner,
a Carpentier, Herman Hesse, a muchos narradores, y me
decía: "toda esta gente tiene un gran tema,
justo lo que me falta". Un escritor, en mi concepto,
es alguien que impone en la literatura un universo propio,
el suyo; y por tanto me preguntaba: "¿cuál
es el universo mío?; ¿cómo yo encuentro
eso?." Porque, además, me cuento entre los
que piensa que la literatura no se puede enseñar,
que hay que aprenderla; por eso era incapaz de acercarme
a un escritor a pedirle: "mira, léete esto
y dime algo". No, viejo, yo escribía y,
si al mes no me gustaba, lo escondía; escribía
y escondía, escribía y escondía.
El proceso mío fue más lento, el proceso
de aprendizaje. No tuve ayuda y nunca la pedí.
Llevaba una doble vida, era el periodista para todo
el mundo y el escritor,
o aspirante, qué sé yo, para mí
y para la literatura. Ya desde entonces tenía
un concepto casi sagrado de la literatura y que es el
mismo que practico hoy: la literatura no es para ganar
dinero, aunque si ganas algún dinero con ella
perfecto, no es para ser famoso ni para viajar o vivir
de ella, sino que hay que vivir para ella. ¿Y
sabes por qué?; porque la literatura es uno de
los pocos espacios de libertad de pensamiento que nos
quedan en este planeta. Imagínate entonces: yo,
con ese concepto de la literatura, y preguntándome
todo el día: ¿qué es lo importante?
¿qué tengo que escribir? ¿qué
es lo que verdaderamente hace falta? Porque también
quería decir lo que nadie se atreve a decir….
(se ríe). Parece que en algún momento,
como que Dios me dijo: "bueno, pues mira, aquí
lo tienes, toma". En ese momento yo había
caído en toda la crisis que comienza en el año
90, una crisis mía, personal, pues me divorcio,
el país cae, comienza el llamado Período
Especial, la crisis económica…. terrible.
Todo se me junta y quedo depresivo, con intenciones
malas en la cabeza, intenciones suicidas y todo; me
sentía muy mal, muy alcoholizado, muy qué
sé yo qué, y entonces empiezo a escribir.
Así que me daba igual lo que pasara, y esos son
los primeros cuentos de Trilogía sucia…
Cuando escribo uno o dos cuentos de esos me digo: "¡cojones,
es exactamente lo que yo quiero escribir!" Me llevó
30 años hacer todo ese periplo hasta llegar a
los primeros cuentos de Trilogía sucia…
Fue como encontrar la nota, como que estaba tratando
de hacer una sinfonía en Re, y era en La. Tenía
mucho material, porque estaba llevando una vida muy
loca, muy trastornada; el problema era saber el tono
exacto, porque la literatura es eso.
VF: Perdona que te interrumpa, ¿estamos
hablando del estilo?
PJ: Sí, porque el arte, en general, es estilo.
Tienes que tener un estilo. Jorgito Aguiar, por ejemplo,
me ha dicho "tú nunca vas a ser un estilista",
y entonces yo digo, "pues entonces el estilo mío
es perfecto, porque nadie se da cuenta del trabajo que
me da escribir como escribo".
VF: En tus libros hay una insistencia en la
vulgaridad -ya sea lingüística, en las situaciones
o ambientes-, pero el narrador-protagonista es un personaje
muy culto, de gustos refinados. A veces está
oyendo a Shostakovich, otras a Mahler, ¿es voluntario?
 |
PJ: Todo lo contrario:
inconsciente. Trato de que el narrador esté
lo más cercano posible a los personajes,
pero a veces, sobre todo con la música clásica,
se introduce en la historia sin que yo me de cuenta.
A veces estoy escribiendo, tengo un par de tragos
arriba y estoy escuchando a Brahms, Mahler o quien
sea y el tipo está metido dentro de mi cerebro.
Además, recuerda que en algún momento
de Trilogía sucia... se cuenta que
el personaje Pedro Juan fue periodista, pero que
se aburrió. |
Creo que dice algo como que "estaba
trabajando en una emisora de radio, haciendo unas mierdas
para que la gente no fume, para que no coja cáncer
y total, la gente sigue fumando, de manera que me fui
para el carajo, me puse a hacer otra cosa". Más
o menos así, o sea, que está justificado
ese refinamiento del que hablas.
VF: Quisiera volver sobre algo que dijiste acerca
de la manera en la que cada quien hace la lectura que
quiere de tus libros o, más bien, una lectura que
ya tiene dentro y que entonces proyecta. Tienes un cuento
en el cual una cubana, que vive en Italia, viene a verte
con una visión de lo que supuestamente debes ser
a partir de la literatura que haces y tú le dices:
"oye, espérate, esa imagen es la del tipo
de los libros y no obligadamente la de la persona que
soy".
PJ: No, si yo me río muchísimo. Primero
me asombraba y ahora me río muchísimo. Hace
poco, en Brasilia, me entrevistó una periodista
venezolana y después que hablamos se relajó
y me dijo: "bueno, menos mal que tú eres así,
porque yo estaba convencida de que tú me ibas a
entrar a golpes y me ibas a botar por la puerta del cuarto
del hotel". Entonces le pregunto: "¿yo?,
pero ¿por qué pensaste que iba a suceder
algo así?"; y ella responde que, bueno, es
el personaje mío. Le digo: "caramba, pero
tú eres periodista, eres una muchacha culta, sabes
que la literatura es una ficción". ¿Y
sabes qué contesta? Que la literatura sí,
pero que la agresividad no. Mucha gente cree que yo soy
un tipo agresivo, mal educado, que tiro a la gente por
la escalera para abajo…. Claro, el protagonista
de la Trilogía sucia… -y de esto
me acabo de dar cuenta en Italia, presentando Carne
de perro- era un tipo muy furioso y agresivo, muy
hijo de puta, con intenciones asesinas mezcladas con depresión…
de todo. Sin embargo, después va como transformándose.
En Animal tropical por
lo menos no tiene necesidades económicas imperiosas
y es un tipo que empieza a tomar distancia; no está
tan mezclado con toda la marginalidad y es un tipo un
poco más cínico. Al Pedro Juan de Animal
tropical lo veo como un personaje mucho más
cínico, mientras que en El
insaciable hombre araña y Carne de perro
es ya un tipo completamente melancólico y distante;
es decir, son cinco libros en que el tipo va de la furia
a la melancolía.
VF: Es difícil cuando uno debe hablar de
sí mismo, pero, aunque sea algo irrelevante para
la obra, ¿corresponde esa trayectoria con la del
Pedro Juan persona?
PJ: El personaje es muy autobiográfico. Siempre
he sido un tipo al que gusta que no lo jodan, que lo dejen
tranquilo; fíjate que nunca fui militante de la
juventud, ni del partido, ni nada de eso. Estuve un año
en una logia y terminé mandándola para el
carajo. No soy un tipo de asociaciones ni de grupos. Hay
quien me ha dicho que soy muy antisocial, pero no lo creo;
tal vez asocial sea una mejor definición. Soy muy
individualista, me gusta disfrutar mi tranquilidad, mi
espacio y que me dejen tranquilo y no me jodan. Quizás,
en el fondo, esto proviene de mi familia; ahora que estoy
escribiendo este libro al que he dado por título
El
hijo del heladero, estoy aprovechando para recapacitar
las actitudes de mi padre y de mi madre cuando yo era
apenas un niño y estoy entendiendo muchas cosas
de mí mismo. Vengo de una típica familia
de clase media, una clase media baja provinciana; es decir,
mis padres eran del campo, se mudaron para Pinar del Río,
tuvieron un negocio, fracasaron, se fueron para Matanzas,
hicieron un negocio y fracasaron también porque
a los tres o cuatro años nacionalizaron el negocio
y se jodieron. Ellos eran gente muy represiva, gente muy
autoritaria; a mí me criaron a base de golpes,
a base de chancleta, por cualquier cosa, chancleta y golpe,
a mí y a mi hermano. Y no era sólo el castigo
físico, sino las cosas que te metían en
la cabeza; el "esto tiene que ser así y esto
asao" sin explicación alguna. Uno no se sobrepone
a cosas así en un día, pero cuando fui rompiendo
esos esquemas, me convertí en un tipo muy loco.
Recuerdo que mi padre, por ejemplo, me sacó de
la escuela de artes plásticas de Matanzas, que
era excelente y muy selectiva, pese a que la locura mía
siempre era el dibujo y pintar.
Yo estaba asistiendo de oyente a las clases de dibujo
anatómico, que se daban en un aula grande donde
ponían a dos modelos. Uno era una viejita que había
sido puta, arrugadita, con unas manchitas de color oscuro,
flaquita, completamente desnuda, con aquellas teticas;
se quedaba dos horas así para que la pintáramos
y te advierto que dibujar a un viejo arrugado a lápiz
y a carboncillo es lo más difícil del mundo.
El otro modelo era lo contrario, un tipo fuerte, joven,
musculoso, desnudo también, aunque con un trapito
para cubrirse los huevitos. Mi padre fue a ver lo que
hacía yo -que entonces tenía 12 o 13 años-
por las noches en ese lugar y me sacó porque esa
vieja era puta y la dibujadera era cosa de maricones.
Como para entrar en la escuela había que primero
asistir un año como oyente, para uno prepararse,
y después aprobar un examen -y yo esforzándome
con mis lápices y mis carboncillos-, no pude estudiar,
porque mi padre sentenció que "¡coño,
qué va, esto es cosa de maricones!". Eso en
mi familia y después, en la vida, sufrí
todo este proceso que ha sido un proceso muy autoritario,
muy verticalista y muy represivo. Creo que eso no lo duda
nadie y que incluso los propios represores tienen que
saber que forman parte de un proceso que no admite ningún
tipo de contestación. Y eso -que te va dando rabia
por dentro- te hace al final una especie de rebelde con
causa. Creo que también por eso soy un tipo muy
liberal al cual le encantan las putas, las jineteras,
los travestis y todo el que está fuera del sistema.
Incluso por eso no me he ido nunca a Miami, ni me he ido
a vivir a otro lugar, porque en otro lugar también
me siento mal. En España me meto tres o cuatro
meses y estoy hasta los cojones ya, ¿te das cuenta?
Creo que si voy al Tibet con los budistas también
me sentiría mal cuando lleve un tiempo allí.
VF: Esa dimensión
liberal de tu literatura alcanza zonas de escándalo
a ojos de funcionarios y mojigatos, en dos fascinaciones
que parecen ser bastante destacadas: una es la sexual
y la otra es la de ambiente, es decir, la de la descripción
de la suciedad, de la miseria, de la ruina y, en mitad
de ello, el desenfreno erótico. Un mundo que
es La Habana, pero que, como universo, se puede encontrar
en cualquier parte.
PJ: Río de Janeiro puede ser, o el D.F.
VF: Respecto a eso, cuando tú fuiste
construyendo tu literatura, ¿en algún
momento te propusiste ahondar en ese mundo?
PJ: Fue absolutamente inconsciente. Estaba viviendo
aquí y tenía una vida muy promiscua; tanto,
que no sé cómo no cogí un sida
o una sífilis. Por otro lado, cuando leía
algún libro -y he leído miles- me molestaba
mucho que el momento del sexo siempre fuera "bueno,
entonces se besaron y fueron para la cama, punto y aparte".
Y entonces pensaba, coño este escritor tiene
miedo de lo que pasa. Lo mismo en el cine, donde los
directores prefieren hacer un corte cuando llega ese
momento o, todavía peor, enseñan a mujeres
que se levantan de la cama, después de lo que
uno supone que haya sido tremendo rato de sexo, con
el pelo correcto y maquilladas. Me propuse mostrar el
sexo, pero que nunca estuviese dado de manera gratuita,
sino que tenga una función dramatúrgica
y, por tanto, encaje dentro del juego narrativo y se
incorpore, con un sentido, a la acción general,
a la historia. Creo que hay que entrar en una etapa
de modernidad, de sinceridad, de romper con los tabúes
del cristianismo, porque eso no tiene nada que ver con
nosotros. Hay mucha hipocresía aquí, parecemos
jesuitas, gente de una mojigatería terrible y
eso no tiene nada que ver con nuestra sociedad que es
tan singona; aquí todos somos de pastelitos,
de que nos gusta ver la tortillera, de echar la jeba
con otra para la tortilla… Eso le gusta aquí
a todo el mundo, desde los jerarcas hasta el infeliz
que está allá abajo vendiendo la cerveza
de latica. No sé en Estados Unidos, pero yo hablo
de aquí y de cómo era la vida mía
en aquella época; de eso es de lo que escribo.
Por otra parte, me dices de la suciedad… imagínate,
si vivo en Centro Habana y lo que estoy viendo aquí
es mierda en la calle, en la escalera de mi casa….
oye, ¿de qué voy a escribir? ¿del
Vedado, de Siboney, de una casa de protocolo? No puedo…
JM: En la casa de protocolo también se
singa.
PJ: Sí, pero por lo menos no hay suciedad y hay
un mayordomo que te da los preservativos en la bandeja.
VF: ¿Hay alguna intención detrás
de la preeminencia del tema erótico en tu literatura?
¿En qué sentido es para ti el sexo una
obsesión, o sea, qué encuentras ahí?
¿Qué descubres ahí? ¿Qué
respuestas te da? o ¿Qué preguntas te
abres?
PJ: No sé, el sexo me gusta, pero esa explicación
tan filosófica ya no, no puedo y entonces te
digo que no sé. Pero sí te aseguro que
puedo renunciar a la comida y, tranquilamente, pasarme
días sin comer; pero con el sexo sufro mucho
y más ahora, con el lío del sida. Pienso
que, de algún modo, mi generación es así;
es decir, nosotros templamos de esa manera; date cuenta
de que yo nunca fui a una puta, nunca he pagado el sexo
y sólo ahora, en España, fue que estuve
ahí con una negra jamaicana. Pero mi generación
no concibió el sexo con una puta, sino como expresión,
no ya de amor, porque ya eso son palabras superiores,
pero sí como expresión de confianza. Quizás
por eso, en mi literatura, el sexo no viene de una predisposición
intelectual, de preconcebir que voy a utilizar el sexo
para, sino que está ahí de una manera
natural.
VF: Cuando hablaste de la manera en la que escribes
dijiste "la gente no sospecha el trabajo que me
cuesta escribir así". Me gustaría
que abundases alrededor del estilo y el método
de escritura.
PJ: Desde que trabajé en la radio me marcaron
mucho las exigencias de las agencias de noticias, las
normas de redacción que allí tienes; un
lenguaje muy directo, rápido… En esa época
me leí una especie de consejos que da Hemingway
por algún lugar, una suerte de normas de redacción
periodísticas: escribir oraciones afirmativas,
no hacer oraciones negativas, evitar las subordinadas,
usar oraciones cortas con punto y seguido, etc. Eso
sí lo estudié y llevé a la práctica
de modo muy consciente, porque yo -y esto es un problema
de decisión estética- detesto el barroquismo
en la literatura; quizás porque soy un hombre
eminentemente moderno y mi cultura base comenzó
con los comics, leyendo Superman, a La pequeña
Lulú. Los leía por toneladas y en el comic
tú sabes que se escriben diálogos rápidos,
hay mucha acción, no tengo que explicártelo.
También recuerdo lo que sentí al descubrir
a Truman Capote, Desayuno en Tiffany's, cuando
yo tenía 15 ó 16 años en Matanzas,
en la biblioteca Gener y del Monte. Era una traducción
al español, creo que de la Editorial Bruguera;
la leí como dos o tres veces y me decía
"coño, este tipo escribe de una manera que
parece que no está haciendo literatura."
Truman Capote lograba hacer eso, pero con mucha humildad;
hacer una especie de antiliteratura en la que todo está
medido y estudiado, cada enfoque, cada punto de vista,
cada frase. Y yo me dije que quería algún
día llegar a escribir así. A partir de
ahí me dediqué a estudiar a esta gente:
Hemingway, Sherwood Anderson (ni sé cuántas
veces he leído Winnesburg Ohio), Faulkner.
Y los policiales, por supuesto: Chandler, Hammett, toda
esa gente es lo que yo releo, los tengo ahí a
mano para poder releerlos de vez en cuando. Mi rechazo
al regodeo es un problema de decisión estética
e incluso me gusta esconder lo que sé; es decir,
yo he estudiado historia de la literatura, historia
del arte, historia de la arquitectura dos años
y pico, música dos o tres años y todo
eso lo escondo en mi literatura. Si aparece es sin darme
cuenta o por Freud… Cuando me dio por leer a Freud
leí tres o cuatro libros (se ríe). Yo,
a los 13 ó 14 años, me leí simultáneamente
El origen de la familia, la propiedad privada y
el estado, de Engels, ¿Qué es la
literatura?, de Jean Paul Sartre, una o dos cosas de
Freud que estaban por ahí a mano, creo que Abrí
la verja de hierro, el poemario de Fayad Jamís
(me fascinaba ese libro, pasé meses con él,
me lo volvía a leer, lo estudiaba) y uno de Retamar,
el poemario Con las mismas manos. ¡Mira
tú que mezcolanza! En medio de eso cojo La
metamorfosis, de Kafka, y me dio un miedo tan grande
que no pude leer a Kafka sino hasta los veintipico,
treinta años quizás.
VF: Sin embargo, la mayoría de tus comentaristas
hablan de la influencia de dos autores a los que no
mencionas en tu catálogo.
PJ: Bukowski…
VF: …y Henry Miller.
PJ: Sí, y lo mejor es que no soporto a Henry
Miller, no puedo leerlo; me parece demasiado denso,
demasiado complicado y no me convence. A Bukowski me
lo leí completo ahora porque lo publica Anagrama,
la misma editorial que me publica a mí en España,
y ellos, como me pagan tan poquito, me regalan todo
lo que les pido para tenerme contento; han publicado
como 12 ó 14 libros de Bukowski y entonces, ahora,
he podido leerlo. Pero eso de compararte con alguien
es un invento editorial; con Celine también me
comparan a veces y yo nunca he leído a Celine,
lo confieso tranquilamente. Quisiera tener algún
libro de él para leérmelo, pero no, no
he chocado con eso.
VF:
También has mencionado a Cortázar
como una de tus figuras importantes.
PJ: Si, pero Cortázar por otra cosa, por
el juego con la literatura, que me parece fascinante.
Es lo que hace Kafka, por ejemplo: te pones a leer
El proceso y de qué trata; es una
cosa interminable, de dar vueltas en el lugar, pero
tú dices "este hombre como tiene recursos
imaginativos". Es increíble Kafka. Aunque,
bueno, no es mi onda; los adoro, pero no. |
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JM: Para buscar alguna analogía
con algo de literatura cubana, te emparento un poco
con Virgilio Piñera. ¿Por qué nunca
hablas de ese tipo que a mí me parece de lo más
grande de la literatura cubana?
PJ: Yo he leído muy poco a Virgilio Piñera,
si tú supieras. Tengo una especie de prejuicio
contra la literatura cubana. Escritores cubanos de los
que te puedo decir que conozco: Alejo Carpentier y Eliseo
Diego; un libro de Carlos Montenegro, Hombres sin
mujer, en la edición de hace cinco o seis
años. Guillén tiene un librito que se
llama Música de Cámara, creo
que es el librito más delicioso de él;
hay unos versos ahí "a tus pechos caídos
como dos palomas de tu blusa", más o menos,
y es increíble, porque parece que habla de una
mujer con las tetas un poco caídas. Tiene cosas
bellísimas Guillén
VF: ¿Y Lezama?
PJ: La poesía es lo que más me gusta de
Lezama.
JM: ¿Y qué pasa que no has conectado
con Virgilio?
PJ: No sé, desconozco a Virgilio. El problema
es que también soy producto de una etapa muy
rara, muy oscura de la literatura cubana; había
algunas cositas interesantes en los años 60 y
de pronto hubo una oscuridad, una grisura, y desconecté.
Claro que se publicaban escritores: Félix Pita
Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso, pero no me interesaban
las temáticas. No es que sean buenos ni malos,
no los estoy enjuiciando, pero no me interesaban sus
mundos y cuando algo así sucede, desconecto.
Lo mismo pasó con la poesía que me interesa
hasta Fayad Jamís. A Eliseo Diego lo salvo, pues
para mí es uno de los grandes poetas del mundo.
También Alejo Carpentier y Lezama Lima. También,
tú sabes, quizás por esa misma ilusión
de ser liberal y de hacer lo que me sale de los cojones,
en todos esos años 60 y 70 hice mis propias lecturas,
casi como si llevara un diario de lectura; por ejemplo,
cogía matraquilla con Herman Hesse y me leía
todos los libros de él que podía conseguir.
Había dos muy buenas bibliotecas en Matanzas.
Trataba de leerlo completo y luego lo estudiaba. Después
la cogía con Thomas Mann y voy con Thomas Mann,
con Knut Hamssun y así con cada escritor que
me iba interesando. A talleres literarios fui unas o
dos veces, pero veía aquello tan sin sentido,
las discusiones, todo…
VF: ¿Y sobre el método
de escritura?
PJ: Bueno, mira, déjame explicarte. El libro
que he escrito con más reguero es Trilogía
sucia…, lo mismo por la noche, que borracho,
que para aquí, que para allá, pero todo
lo demás ha sido hecho con verdadero orden porque
soy un tipo muy metódico para mi trabajo. Mis
libros son tan intensos y tan locos que no puedo estar
tres o cuatro años pensando, por ejemplo, en
una novela como esa, no puedo tenerla todo ese tiempo
en mi cabeza porque me vuelvo loco. Entonces tengo que
ser muy metódico, además de que siempre
lo fui. Cuando estaba en el periodismo tenía
al mismo tiempo 6, 7, 8, 10, 15 trabajos; cogía
uno, lo sacaba, y lo entregaba, pero me quedaban 13
o 14 entre manos. Ahora es lo mismo, pero con libros,
de manera que igual tengo 6, 7, 8, 10 proyectos de libros;
entonces voy trabajando y acumulando, abriendo files
para cada uno, tomando notas para este, para el otro…
entonces, cuando digo "voy a empezar a escribir",
significa que por la mañana me levanto con la
cabeza fresca, elimino teléfono, visitas, periodistas,
gente, tener que ir a la calle, que si el televisor
está roto, que si hace falta no sé qué,
todos esos problemas pragmáticos, y me concentro
hasta las doce del día o la una, según
me encuentre. Durante ese tiempo escribo…a ver
cómo te puedo explicar… trato, como si
fuera cine, de escribir una secuencia completa y cuando,
a la mañana siguiente, voy nuevamente a arrancar,
sé cómo debe seguir la historia. Por la
tarde, después que dormí una siestecita
y me relajé, que salí a resolver cualquier
problema casero o personal, reviso lo que escribí
por la mañana y corrijo; me doy un traguito,
corrijo y voy preparando lo de la mañana siguiente.
El método es imprescindible para que no se arme
un caos cuando estás creando un universo paralelo
y tampoco puedes permitirte el lujo de estar cuatro
días sin escribir, tres días sin escribir.
Tengo una concepción del arte en general como
la de un monje budista, acere. Pienso que uno tiene
que tener un distanciamiento de la realidad, de modo
que si conviertes tu arte en una forma de negocio y
te pones a buscar dinero con él, entonces no
puedes concentrarte en lo que tienes que concentrarte,
sobre todo no puedes tener distancia. El escritor necesita
de una concentración casi absoluta en lo que
hace. Ahora trabajo en El hijo del heladero,
muy autobiográfica, pero novela al fin.; una
historia que se desarrolla en Matanzas en los años
60 y que, como ya dije, está basada en hechos
reales. Todas las mañanas me levanto directo
a escribir; hoy comencé a las seis y media de
la mañana y estuve hasta las nueve y pico por
ahí; pero ya ves, tuve que cortarla a esa hora
porque debía moverme, ir al agromercado, qué
sé yo… detesto eso, cuando estoy escribiendo,
una interrupción así me saca de ritmo.
Hubiera querido escribir hasta las once, hasta las doce
del día, me meto en un mundo ahí; pero
si te están llamando por teléfono u oye,
que el camión tal, que se ponchó, que
tienes que ir al taller y buscar al mecánico,
entonces no puedes, no puedes.
VF: Ese es el problema del novelista.
PJ: El problema del novelista es gravísimo, una
novela es algo que se sufre mucho haciéndola;
a no ser que seas un tipo frívolo, superficial,
que te sientas en la computadora y trick, trick, trick,
tecleas cualquier cosa… Pero yo no escribo así,
yo me meto en lo que estoy escribiendo con sangre, sudor
y lágrimas y estoy sufriendo con mis personajes
y estoy singando con ellos, haciendo una paja o emborrachándome.
También es una literatura muy autobiográfica,
entonces estoy recordando cosas. Te doy un ejemplo:
hoy mismo, por la mañana, mientras escribía
una escena, recordé algo que me pasó en
la catedral de Matanzas y que fue el motivo por el cual
dejé de creer en Dios y abandoné la iglesia
católica; algo que explica muchas cosas y me
hizo gritar "¡coño!" cuando lo
recordé, un hecho fundamental que ni siquiera
tenía entre mis notas, porque no lo recordaba.
Inmediatamente aparté lo que estaba haciendo
y escribí toda la secuencia. Ahora sé
que mañana o pasado mañana, según
el lugar por donde vaya en el proyecto, eso encaja.
El problema es hacerlo con gracia, que el lector crea
que todo eso fluye porque yo soy un genio. A veces estoy
nadando en la playa cuando se me ocurre alguna idea
y salgo del agua, voy hasta mi mochila y anoto la idea,
tres o cuatro palabras aunque sea porque si no se me
olvida. Otras, con la casa llena de gente, voy al cuarto
y hago lo mismo mientras la gente a lo mejor cree que
te fuiste a mear o a tomar agua. El escritor trabaja
siempre o, por lo menos, yo trabajo siempre. Tengo dos
o tres cuadernos de apuntes en los que voy anotando
cosas que me impresionan; por ejemplo, las que me cuenta
mi madre: crímenes, historias pasionales que
suceden en su barrio. Yo las anoto sin que mi madre
se dé cuenta. La otra socia mía, que es
trabajadora social y aparece en Carne de perro,
me cuenta historias increíbles, increíbles.
O es una jeva que tú tienes y que te cuenta normalmente,
o tú te enteras en la calle de mil cosas estrepitosas
y las anotas. Ya te dije que tengo ahí, inactivos,
como tres cuadernos de anotaciones. A veces me pongo
a revisar esas notas, porque todo se puede utilizar
después.
VF: La voluntad de realismo que hay en tu literatura,
¿parte sólo de la memoria u organizas
esas notas antes de escribir y digamos que "fabricas"
los mundos en los que se moverán tus personajes?
P.J: Esa es una pregunta que me parece muy interesante
y, ¿sabes por qué?, porque estudié
construcción y soy casi arquitecto. Pero no,
no soy tan racionalista como para hacer la maqueta,
aunque si te acuerdas de Muñeca, el
cuento de Carne de perro, lo cierto es que
sucede en una casa que conozco con exactitud absoluta;
sé cómo funciona el mar en la playa, cómo
va inundando poco a poco, dónde están
los cocos que el tipo tiene que salir y amarrar, los
detalles que le van dando verosimilitud a lo que cuentas,
porque la literatura tiene que ser convincente y si
no es convincente no es literatura. Funciono de esa
manera, pero no con esquemas escritos, sino mentalmente,
aunque me parece lo mismo. Por ejemplo, en todas mis
novelas sé exactamente lo que va a pasar al final,
aunque no lo escribo antes de tiempo para no hacerme
mal de ojo; pero lo sé todo: qué va a
pasar, por qué va a ser así, cómo
lo voy a escribir, y es importante que así sea
porque si no los personajes cogen mucha fuerza. Hay
que ir llevando a todo el mundo hacia allí, hacia
el cierre que te has propuesto y todo el mundo tiene
que ir jugando dentro de eso porque si no se forma un
reguero tal que terminas teniendo cuatro posibles finales
y no es eso lo que persigo. En la novela hay que saber
el principio y el final perfectamente; lo que pasa por
el medio, bueno…
VF: En esencia: un arte y un oficio.
P.J: Claro, la literatura es estilo y puedes contar
cualquier cosa con tal de que sea convincente. Por ejemplo,
tú ahora escribes: "estoy aquí, tengo
picazón en los huevos, ¡ño! habré
cogido ladilla con la negra que me singué anoche,
déjame ver, cuando hago así me encuentro
una ladilla, ¡ño! de pinga, tengo ladilla."
Eso se ha escrito muchas veces, el tipo que descubre
que tiene ladilla; ahora, ¿cómo tú
lo pones de manera que sea convincente? Ahí es
donde está el oficio, porque lo que importa es
cómo descubres que tienes ladilla, si te aterras
o no te aterras, te ríes o te echas a llorar,
te deprimes, si vas y le entras a golpe a la jeba….
Todo tiene que ser convincente y eso es estilo y es
oficio.
VF: Y el repertorio de trucos que cada quien
tenga.
PJ: ¿Por qué no? Si te fijas en mis libros,
verás que casi siempre pongo a hablar a dos personajes
nada más; evito un diálogo entre cuatro
o cinco personajes, porque entonces tendría que
poner las acotaciones: dijo Pedro, Luisito le contestó,
asintió Genaro. Eso me ralentiza el diálogo.
Oto ejemplo es que, cuando trabajo los diálogos,
estos tienen lugar entre dos personajes, cuando más
tres, pero siempre muy definidos; pueden ser un viejo,
un joven y una mujer, para que por el contexto mismo
(un personaje se pinta los labios o se pone el calzoncillo)
el lector entienda quién está hablando
y no verme obligado a ser yo quien explique. Para mí
es muy importante la velocidad, creo que hay que agarrar
al lector, de manera que cuando empiece siga a la otra
página y a la otra. Todo esto que hemos hablado
es oficio, determinadas normas que -si las respetas
y vienen bien estéticamente para lo que estás
contando- hacen que las cosas funcionen y que el lector
se enamore del libro y entonces cree que tú lo
escribiste en cuatro horas. (risa)
VF: ¿Qué opinas de quienes acusan
huellas de racismo en tu literatura?
P.J: Sé que soy un tipo muy cruel, que soy despiadado
con los negros, con los maricones, con las mujeres,
con el propio Pedro Juan, con los psicólogos,
con los psiquiatras, con los policías, con los
travestis, con los viejos, con los inválidos.
No trato cuidadosamente a nadie. Despiadado y cruel,
te repito. El que quiera pensar que soy racista, que
lo piense. El que quiera pensar que soy machista, que
lo piense. El que quiera pensar que soy un maricón
tapiñado, que lo piense. El que quiera pensar
que me gustaría ser travesti, que lo piense.
El que quiera creer que soy un hijo de puta, que me
burlo de los inválidos y de los ciegos, que lo
piense. Me da igual. Y me da igual porque esa es la
única manera de escribir de manera fuerte: yendo
hacia las sombras del ser humano. El ser humano está
hecho más con sombras que con luces. Todos ocultamos
más de lo que enseñamos, sobre todo cuando
nos vamos poniendo viejos; un niño es lo único
puro que hay en la humanidad. Mi hija que tiene dos
años y pico se comporta con toda sinceridad,
pero cuando empiece a funcionar socialmente, se jodió
la cosa. Bueno, tú lo sabes y no tengo que explicártelo.
Empiezan a esconder cosas para ser agradables, para
caer bien, para no buscarse problemas, para esto o para
lo otro. Yo no trabajo así y entonces el que
quiera creer que soy racista, que lo crea, aunque en
lo particular me encantan las negras y mis socios son
negros, pero no tengo que estar justificándome.
También me encantan los travestis y los admiro
muchísimo, porque creo que para ser travesti,
lo mismo en Cuba que en muchos países, hay que
ser muy valiente; yo no me atrevo en este país
a disfrazarme de mujer y salir por la calle y que la
gente vea y que me den una tunda de palos o un policía
me coja. Son gente muy valiente y repito que los admiro
mucho. Ahora, cuando tú escribes siempre ocurre
eso de que hay gente que te atribuye esta o aquella
manera de pensar; era lo mismo cuando hacía periodismo
y será igual cada vez que hagas algo un poco
crítico, lo que sea.
VF: Pedro Juan, ¿hay algún motivo
por el cual apenas se conozca de tu obra poética?
¿Hay algo de vida secreta en esto?
PJ: No, no es secreta, el problema es que tengo una
especie de complejo, porque en el fondo no creo mucho
en mi poesía. La escribo con mucho amor, con
mucho interés, pero no sé… como
que no creo en la capacidad de comunicación de
mi poesía. La poesía puede ser que la
lean cien personas; un cuento lo pueden leer cien mil.
Me interesa más escribirla que difundirla, como
si fuera algo más íntimo. La poesía
viene, es algo inconsciente e incontrolable, por lo
menos en mí es así, absolutamente incontrolable.
He publicado Fuego contra los herejes, Espléndidos
peces plateados y, recientemente, terminé
Yo y una lujuriosa negra vieja, que está
inédito. He tenido etapas de una poesía
más cercana al haiku o las historias zen; me
fascina esa escritura llena de obligaciones y me metía
meses para trabajar el haiku. ¡Ah, algún
día a lo mejor rescato esos haiku y los publico
como una gracia, en una revista u otro lugar! Otras
han sido etapas medio líricas y ahora esto último,
que es muy duro, muy tajante…. Los dos primeros,
Espléndidos… y Fuego…,
casi son bocetos de los cuentos de la Trilogía…
y fueron escritos en paralelo a ella; sin embargo, la
Trilogía… es la que está
publicada en 15 países y la poesía, ¿quién
la conoce?
VF: Tú anunciaste que se acabó
el Ciclo de Centro Habana…
PJ: Sí y ya sé la pregunta que me vas
a hacer. Lo que sucede es que -y esto no es mío,
sino que lo que leí una vez a García Márquez
y lo uso porque me parece muy exacto- un escritor lo
único que puede hacer es escribir un solo libro
a lo largo de su vida; es decir, lo que hablábamos
ahorita de los universos coherentes como los de Alejo
Carpentier, o el de García Márquez, o
el de Herman Hesse. Me va a ser muy difícil romper
definitivamente con el Pedro Juan de la Trilogía…
y tan es así, que en este libro de ahora, una
novela a la que puse como título El hijo
del heladero, aunque no aparece Pedro Juan, un
poco que es el narrador, el que está contando
todo cuanto sucede; un Pedro Juan jovencito, en Matanzas,
entre los 15 y 21 años. Pienso que cuando llegue
a los 21 años me lo echo y sé exactamente
cómo va a terminar. Ya puedo hablar de ella porque
está encaminada y va caminando sola. Sale, sale,
sale, sale, sale, sale, sale, sale. Ya puedo hablar
de ella tranquilamente.
miércoles
12 de diciembre de 2003
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