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Fuego en la pradera
Pedro Juan Gutiérrez |
“Si mañana
no enloquecen todos,
mi obra será un fracaso”.
Richard Wagner
En mi cabeza resonaban los coros
incesantes
Der Fliegende Holländer
No se despegaban de mi cerebro.
Insistía dentro de mí
el holandés errante/fantasma insoportable
persistente hasta el hastío.
Nada era importante.
Todos caminaban borrachos
y sin rumbo
en aquella enorme pradera.
Incoherencia total.
Respiraban con dificultad
el cerebro desconectado
-Esto
es lo perfecto.
Me dijo un tipo gordo
que jadeaba y resoplaba
como un buey enorme
sudando en el baño.
Hacía un esfuerzo descomunal
para mear
pero no le salía el chorro.
Yo meaba a su lado/escuchaba
al gordo/y temblaba
con los coros de Wagner/Entonces
me miró bien y me preguntó:
-¿Tú
fuiste pitcher del Habana
hace
20 ó 30 años?
-Sí.
-No
recuerdo tu nombre.
-Yo
tampoco.
-¿Y
ahora qué haces?
-Nada.
Necesito una pistola.
-¡No,
no! Hay que evitar la tentación.
El gordo se echó a reír a carcajadas
y todo su cuerpo se agitaba tembloroso
como una gelatina.
Un tipo entró al baño
y meó en el piso
abundantemente.
Nos miraba y se reía
mientras lanzaba el chorro contra la pared
y las salpicaduras quemaron la hierba
en varios metros a la redonda.
La pradera se resecó demasiado
y estalló un fuego.
El tipo encendió un cigarrillo
inhaló el humo, lo metió bien al fondo
de los pulmones/y nos preguntó por Wanda.
No le contestamos
Hacía calor y el fuego se extendía
pero nos quedamos tranquilos
mirando a millones de hombres diminutos
que corrían desesperados/como insectos.
Eran microbios.
Hombres, mujeres y niños/muy pequeños/
una masa enorme de gentecilla ínfima
que corría/intentaban salvarse del fuego.
Pero eran condenados.
Desde antes de nacer.
Condenados a morir abrasados
por el fuego en la pradera.
II
Al parecer
desde nuestra altura
aquella gentuza no tenía importancia.
No existía.
Así que seguimos meando/borrachos
hasta el absurdo/
El tipo insistió:
-¿Y
la sonrisa de Wanda?
Ustedes
le robaron la sonrisa a Wanda.
Se
lo explicaron todo.
El gordo se asustó mucho y le dijo:
-Yo
no expliqué nada. Fue este hijo de puta.
Yo
no hablo jamás. Este hijo de puta sabe demasiado.
El gordo me señalaba y al mismo tiempo se alejó
de mí.
Yo era un apestado.
El tipo me dijo:
-Te
estoy cazando hace años, Johnny. Ahora te jodiste.
Voy
a traer a la policía. Y no corras porque
no
tienes donde meterte. Esto es una jaula.
Y se fue, riéndose, sacudiendo el pito
y soltando gotas de orina y baba de gonorrea.
Entonces lamenté el paso del tiempo:
-Ya
no puedo pitchear.
El gordo me miró pujando, sudaba más aún
pero seguía sin mear. Se puso serio y me dijo:
-¡Jódete!
Y se fue.
Había olor a gas en el baño.
Quizás era amoniaco y mierda.
Salí de nuevo
a la gran borrachera
y la algarabía.
Bebían vodka
tragaban canapés de caviar
y se ponían medallas unos a otros.
Había medallas y aplausos para todos.
Todos eran estupendos/todos
se atragantaban desesperados.
Se reían y se abrazaban y se felicitaban
con entusiasmo. Y hablaban sin parar.
Cualquier mierda. Había que hablar y sonreír
y ser felices. El Gran Jefe lo veía todo
por circuito cerrado. Había que sonreír.
Todos querían hacer largos discursos
frente al micrófono y las cámaras.
Discursos redentores
para salvar a la humanidad/y agradecer las medallas
por las que habían luchado heroicamente
allende los mares.
Por cada nuevo discurso alguien venía
y les ponía nuevas medallas
diseñadas por el Gran Jefe de la Tribu.
El fuego se extendía por la pradera
y millones de gente diminuta corría
intentando salvarse/pero nosotros
éramos colosos y no corríamos.
Aquí todos permanecían a salvo.
El fuego jamás llegaría a estos
salones de lujo climatizados
insonorizados
y protegidos contra cualquier peligro
inventado o por inventarse.
En un rincón vi a mi padre
muerto 12 años atrás.
Bebía vodka y fumaba
silencioso y lento
con su cara triste de siempre.
Me acerqué
y nos quedamos uno junto al otro
bebiendo en silencio
alejados/mirando/distantes.
Queríamos olvidar que todo es cierto.
Tan cierto
como la niebla
que borra el paisaje.
Seguí bebiendo.
Aturdido
Entre la niebla.
Recordando
el final de Tristán e Isolda.
© Pedro Juan Gutiérrez
Este poema pertenece al libro Lulú
la perdida y otros poemas de John Snake
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