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  Animal tropical (Fragmento)  
 
Leer Animal tropical (fragmento)
Pedro Juan Gutiérrez


I. LA SERPIENTE DE FUEGO

1

UNA UNIVERSIDAD sueca quería invitarme a unos seminarios de literatura que realizan cada primavera. No me interesan los seminarios, y mucho menos los estudios de literatura, pero podía aprovechar la ocasión y conocer Suecia con gastos pagados. Por algún motivo que ahora no quiero recordar -creo que la socialdemocracia sueca desagradaba a quienes tenían que autorizar mi viaje- no pude dar el paseíto escandinavo. Entonces comencé a intercambiar llamadas telefónicas y correspondencia con Agneta, la coordinadora de aquellos cursos. Cada vez era más cálido. Estuvimos un año con ese jueguito. Le envié algunos de mis poemas. Después compró por correo la Trilogía Sucia de La Habana. Se la enviaron desde Barcelona. Cuando comenzó a leer aquellos cuentos me llamó cada día, trastornada. Tartamudeaba en el teléfono y ya todo comenzó a tener un matiz mucho más íntimo.

   Debido a una conjunción de caminos que se entrecruzaron muy bien, pasé la Navidad de 1998 en Los Alpes. Estuve con una amiga fotógrafa en una cabaña de madera en medio de las montañas, lo cual puede parecer un invento de novelita romántica. Pero no. Fue exactamente así. Una tarde nublada gris y con viento, bebí unos cuantos whiskies mientras mi amiga me tomaba fotos. El alcohol se me subió al cerebro y empecé a quitarme la ropa. Siempre me sucede: cuando me miran desnudo se me para. Y mucho más si es con una cámara. Normal. Las fotos quedaron muy buenas: yo en la nieve, totalmente desnudo, con la verga tiesa. Mi amiga las imprimió en sepia y realmente quedé tan juvenil, con el ego tan erecto y atractivo, que no me resistí y envié una de aquellas fotos a Agneta, como regalo de Navidad.

   Soy un seductor. Lo sé. Igual que existen los alcohólicos irremediables, los ludópatas, los adictos a la cafeína, a la nicotina, a la mariguana, los cleptómanos, etcétera, yo soy un adicto a la seducción. A veces el angelito que llevo dentro intenta controlarme y me dice: “No seas tan hijo de puta, Pedrito, ¿no ves que haces daño? ¿No te das cuenta que haces sufrir a esas mujeres?”. Pero entonces salta el diablito, y lo contradice: “Sigue adelante. Así son felices, aunque sea por un tiempo. Y tú también eres feliz. No te sientas culpable”.

   Es un vicio. Yo sé que la seducción es un vicio igual que otro cualquiera. Y no existen los Seductores Anónimos. Si existieran tal vez pudieran hacer algo por mi. Aunque no estoy seguro. Seguramente me inventaría pretextos para no acercarme por sus sesiones y tener que pararme a cara dura delante de todos, colocar la mano sobre la Biblia, y decir serenamente: “Mi nombre es Pedro Juan. Soy un seductor. Y hoy hace veintisiete día que no seduzco a nadie”.

   En marzo ya estaba de nuevo en La Habana. Muy tranquilo. Pintando. Experimentaba con algunos materiales de reciclaje. Quiero decir con basura que recogía en las esquinas. Tenía mucho material a mi alcance. Por las tardes bebía ron, fumaba mis tabacos, seducía a alguna negra, alguna mulata. Las adoro. No voy a escribir aquí que los negros son una raza superior porque eso es fascismo inverso, pero estoy convencido de que hay que mezclarse más. Provocar el mestizaje. Fabricar más mulatas y mulatos. El mestizaje salva. Por eso me gustan las negras. Bueno, no exactamente por eso, cuando uno tiempla no piensa en la salvación de nadie ni un carajo. Pero tengo un par de hijas mulatas encantadoras, que corroboran esa idea.

   En fin, ya en marzo Agneta me organizaba desde Estocolmo otro viaje a Suecia. Es de una eficacia perfecta, pero yo la sentía un poco alterada. Entre los poemas, los cuentos de la Trilogía y la foto desnudo en medio de la nieve alpina, se le habían trastornado los ritmos neuronales. Me llamaba casi a diario y me decía cosas así: “Anoche no pude dormir. Me tienes alterada. ¿Es cierto todo lo que escribes?”.

   Y yo le contestaba: “Sí. Tengo poca imaginación”.

   Y ella: “Ohhh, ¿vendrás en la primavera, Pedro Juan?. Ya está todo a punto. ¿Vendrás?”

 

2

Siempre me llamaba a las ocho de la mañana, hora de La Habana. Dos de la tarde en Estocolmo. Puntual como un reloj. Una mañana de marzo sonó el timbre del teléfono. Hacía una hora que estaba despierto, pero seguía acostado. Con tres almohadas bajo la cabeza leía La Inmortalidad, de Kundera. Agneta me interrumpió precisamente cuando leía en la página 69 un fragmento acerca de la represión, la brutalidad y la soberbia que engendra el poder: “¡Goethe! Napoleón se dio un golpe en la frente. ¡El autor de Los sufrimientos del joven Werther!. Cuando estaban en la campaña de Egipto comprobó que sus oficiales leían ese libro. Como lo conocía se enfadó muchísimo. Reprendió a los oficiales por leer semejantes tonterías sentimentales y les prohibió de una vez para siempre leer novelas. ¡Cualquier novela! ¡Que lean libros de historia, son mucho más útiles!”.

   Al contrario de Agneta yo estaba leyendo una novela lenta, pausada, reflexiva, filosófica. Leía en los pocos instantes de tranquilidad y sosiego de que disponía en medio de una ciudad especialmente vertiginosa y caótica. Un sitio estrepitoso donde nada permanece inalterable por mucho tiempo.

   A sus preguntas solo puedo responder con una frase obvia: “Si vives en un lugar como éste no puedes escribir lentamente. Aquí todo se deshace en las manos. Nada perdura. Y tienes que salir a buscar más. Así todos los días”. Ella guarda silencio. Nos gusta quedarnos así. Las personas sólo se permiten callar un buen rato y disfrutar el silencio entre dos cuando están juntos, uno al lado del otro. Pero una llamada internacional hay que pagarla. Nadie gasta su dinero simplemente para quedarse en silencio. Nosotros lo hacemos. Agneta llama desde su oficina en la universidad, así es un juego sensual y gratis. Ella en un extremo y yo en el otro. No hablamos. Unidos por el silencio. Al fin ella interrumpe el vacío y lo llena con la misma pregunta de siempre: “¿Vendrás en la primavera?”.

 

3

Hablamos poco. Tal vez cinco o seis minutos. Cuando vuelvo al libro pienso en el tempo Se escribe como se vive. Es inevitable. Un tempo lento y reposado es el ideal para la percepción de un escritor europeo sobre su material. Él vive dentro de una cultura sedimentada, extenuada. Vive al extremo de algo. Quizás de un período, de una fase histórica. Es la percepción de quien ha llegado al final de un camino y se sienta al borde a pensar tranquilamente en su largo y azaroso trayecto. Sin preocupaciones mayores. Ya después decidirá qué más puede hacer. En definitiva siempre hay un camino esperando. Por ahora piensa. Sin prisa. Lo peor es que tal vez está un poco aburrido. Tiene la impresión de que lleva mucho tiempo sentado reflexionando y no se le ocurre nada nuevo.

   En cambio, yo pertenezco a una sociedad efervescente, que convulsiona, con un futuro absolutamente incierto e impredecible. En un sitio donde hace sólo quinientos años vivían hombres en cuevas, desnudos, que cazaban y pescaban y apenas conocían el fuego. Por si fuera poco, vivo en un barrio de negros. Negros que cien años atrás todavía eran esclavos. Y han logrado muy poco. Demasiado poco en cien años sin grilletes.

   El resultado es que mi vida es un experimento perpetuo entre la nada y la nada. A veces el experimento se torna vertiginoso y brutal. No puedo separar artificialmente lo que hago y lo que pienso de lo que escribo. Si viviera en Estocolmo mi vida quizás sería lenta, monótona, gris. Los alrededores son decisivos. Lo único que puedo hacer siempre, en Estocolmo, en La Habana o dónde sea, es construir mi propio espacio Nunca puedo esperar que alguien me de la libertad. La libertad tiene que construirla uno mismo. ¿Cómo?. Cada quien tiene que descubrirlo por sí mismo. Mi libertad la construyo escribiendo, pintando, sosteniendo mi visión simple del mundo, acechando en la jungla como un animal, impidiendo intromisiones en mi vida privada. Lo esencial para el hombre es la libertad. Interior y exterior. Atreverse a ser uno mismo en cualquier circunstancia y lugar. La libertad es como la felicidad: nunca se llega. Nunca se tiene completa. Solo es el camino. Uno camina en pos de la libertad y la felicidad. Y así se vive. Es a lo único que podemos aspirar. Unos pocos años atrás, y durante mucho tiempo, mi vida estuvo atada a sistemas, conceptos, prejuicios, ideas preconcebidas, decisiones ajenas. Aquello era demasiado autoritario y vertical. Así no podía madurar. Vivía en una jaula, como un bebé al que protegen y aislan para que jamás endurezca sus músculos y desarrolle su cerebro. Todo se desmoronó delante de mí. Dentro de mí. Con mucho estruendo. Y estuve al borde del suicidio. O de la locura. Debía cambiar algo en mi interior. De lo contrario podía terminar loco o cadáver. Y yo quería vivir. Simplemente vivir. Sin agobios. Quizás con algún día feliz. Y reducir las angustias. Eso es imprescindible: reducir las angustias. Quizás es sólo un asunto de cambiar el punto de vista. Hay que estar plenamente presente donde uno se encuentra, y no escapar siempre.

   Puse a un lado La Inmortalidad. Bajé las escaleras y me senté un rato frente al mar, en el Malecón. Era sábado y serían las ocho y treinta de la mañana. Todo tranquilo y silencioso. Sólo se oía el radio de un policía cercano: “Veinticuatro cero veinticuatro. Veinticuatro cero veinticuatro. Veinticuatro cero veinticuatro. Praaaaacccc. Praaaaccccc. Síiiiiii...dime cero veinticuatro. Praaaccccc...”

   Regresé a la casa. Tenía deseos de un café. Era más saludable que seguir sentado en el Malecón mirando al mar. Caminé unos pocos metros y los dos retrasados mentales se despedían en la puerta del edificio. Son un matrimonio. Ambos son mongoloides, fronterizos, medio crazys, nadie sabe por qué no funcionan bien. A cada uno le falta un tornillo en el cerebro y aprovechan para cagarse en la escalera y atormentar a todos con sus griterías estúpidas. Entré al hall de mi viejo edificio. Lo construyeron en 1927, con escaleras de mármol blanco, apartamentos amplios y confortables, ascensor de bronce pulido, fachada como las de Boston, puertas y ventanas de caoba. En fin impecable, lujoso y caro. Ahora está en ruinas. El ascensor y la escalera huelen a orina y a mierda. En la acera, frente a la puerta, hay un hueco que permanentemente expulsa excrementos a la calle. La gente fuma mariguana y tienen largas sesiones de sexo en la oscuridad de la escalera. Muchos han dividido una y otra vez los apartamentos y ahora viven diez o quince personas donde antes vivían tres. La cisterna siempre está seca. Nadie sabe por qué el agua no llega, y todos cargamos cubos escaleras arriba. Nada excepcional. Lo mismo sucede en todo el barrio. Mugre, cochambre, desidia, abandono.

   Yo intento escapar de ese apocalipsis. Por lo menos mental y espiritualmente. Mi materia sigue anclada entre los escombros.

   La boba entró conmigo al ascensor. Pulsé el botón del siete, y la miré. Muy oscuro. Siempre está oscuro. El ascensor es una boca de lobo. No tiene bombillas. Se las roban. Y vamos bien que lleva unos días funcionando sin tropiezos. De algún modo la boba y yo nos veíamos. Muy displicente, un poco en broma, se me ocurrió decirle:

   -Elenita, se te ve feliz.

   Inmediatamente se me acercó. Me agarró por el brazo y me pegó sus grandes y sólidas tetas. Emitía unos ruiditos extraños. Algo así como “Oghn, oghn”. Uf, tenía unas tetas duras, abundantes, con espléndidos pezones erectos. Se las agarré con la mano derecha y las masajée. Mi mano izquierda bajó hasta el bollo. No tenía ropa interior. Sólo una bata ligera y raída. Oh, qué bien. Elenita debe tener veinticinco años y proviene de una mezcla extraña de mulatos, blancos, chinos, negros y parece que hay alguna pinta de jamaicanos o de haitianos. En fin, algo indescifrable. El producto final pudo quedar muy bien, si no fuera por esa tara cerebral que la acerca al mongolismo. Algo falló en el cocktail. Habla muy poco, más bien gruñe. Supongo que tampoco piensa bien. Quizás tiene obsesiones sexuales. No sé. Cuando mi mano llegó a su bollo fue una maravilla: mucho pelo. Abundante vello púbico, que al parecer es abundante vello público. Era un bollo grande, pelú, mojado y oloroso. Eso es lo que quiero decir. Introduje el dedo, batí un poco, me mojó la mano, le apreté el clítoris. Gimió. Olí mi dedo. Muy buen olor. Suave y fragante. Nada sucio. Toda una tentación para la lengua. Bajé la mano de nuevo. Introduje el dedo otra vez. Gemía más. Ya ella me apretaba la pinga por encima del pantalón, muy emocionada, y yo con una erección tremenda. Me apretaba, me masajeaba y seguía haciendo aquellos ruiditos, como un cerdo: “Oghn, oghn”. Pero no hubo tiempo para más. El ascensor subía traqueteando, de pronto se estremeció, se detuvo y con gran estrépito se abrió la reja. Salí al séptimo piso. No me despedí. Ella bajó de nuevo. Vive en el tercero. Subí otro tramo de escalera hasta mi cuarto en la azotea. Pensé fugazmente que la boba podía tener sífilis o sida o tuberculosis. ¡Ay, mi madre! ¿Por qué seré así? Quise lavarme las manos pero no había agua y no tenía deseos de bajar a la calle y caminar hasta la esquina en busca de un cubo. Al menos no la besé.

   Pensé en hacer café, pero no. Estaba agotado. Me tumbé a descansar en la cama. Llegué a unas naves enormes y oscuras, donde había gente soldando planchas de acero, con todos esos chisporroteos y las luces del arco voltaico. Quizás eran unos astilleros. Ese fue uno de mis primeros trabajos, cuando tenía diecisiete años. Ayudante de soldador en unos astilleros de reparaciones de barcos. Tenía un turno permanente de doce de la noche a ocho de la mañana. Duró menos de un año, pero rindió por veinte. No quiero recordarlo porque me sentía como un jodío esclavo. Los cabrones astilleros y los enormes buques y la soldadura regresan siempre en los sueños angustiosos. En un rincón había una mona parida, con muchos monitos mamando de sus pechos. El mono macho se le acercaba, pero ella lo rechazaba y seguía concentrada, fabricando leche para sus cachorros y por tanto no quería saber nada del tipo. Yo acaricié al mono macho y el tipo se me acercó. Y lo acaricié más, y le agarré el sexo. Lo tenía erecto. Lo masturbé un poco. El mono se quedó tranquilo, pegado a mí. Disfrutando la paja. Y se vino. Soltó mucho semen y me mojó la mano. Mucho semen. Y nos quedamos un rato juntos. Sintiéndonos. Y ya. No recuerdo qué sucedió después. Supongo que dormí un poco más y desperté.

©Pedro Juan Gutiérrez

 

Estos capítulos pertenencen al libro Animal tropical, publicado en España y Cuba.

 
   
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