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  Cuentos de La Habana Vieja (narración)  
 

Oh, los bienhablados
Pedro Juan Gutiérrez

   Según opinan varios maestros de escuela, amigos míos, el mundo, al menos el hispanohablante, debe estar habitado sólo por personas bien habladas. Y lo peor es que insisten tercamente en educar a sus alumnos en este artificio edulcorado.

   Ellos se refieren a esas personas insípidas que se inhiben de soltar un coño o un carajo o un “vete a la mierda” de vez en cuando, aunque las conocen tan bien como todos.

   ¿No se dan cuenta que su propuesta, queridos maestros, equivale a cocinar sin sal ni pimienta? ¿Han pensado alguna vez qué conversaciones tan aburridas esas que no se salpican con la salsita de una palabrota por aquí y por allá?

   Recordemos ante todo que esas palabras aderezan, con mucha gracia y lozanía El Quijote, pero además, hace años que aparecen aprobadas y escrupulosamente descritas en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

   En la edición de 1984 aparecen sin sonrojos ni vergüenzas, bujarrón, pinga, culo, puta, bollo, pedo, y un largo etcétera, muy superado en la edición mejorada de 1994. Espero que mi querido editor no tache estas líneas, pues eso equivaldría a corregir a los eruditos, pecado que es preferible eludir siempre.

   Yo más bien diría que lo detestable son los extremos. No hay razón para emplear siempre la artillería pesada. Es mejor alternarla con las armas de infantería.

   Quizás quien mas ha disfrutado esta eterna discusión entre puritanos clasicistas y audaces desmelenados es el español Camilo José Cela, cuando compiló paciente y genialmente su Diccionario secreto. Evolución de las palabras prohibidas del español. Es una obra como para chuparse los dedos, y que de algún modo se complementa con Diccionario de Erotismo. Cela fue capaz de tejer 900 páginas de letra apretada con palabras y expresiones eróticas tan prohibidas por los puritanos como las palabrotas de marras.

   Alguna vez escribí un artículo sobre el idioma y entrevisté a José Antonio Portuondo y a Max Figueroa Esteva, dos cubanos de reconocido prestigio en el campo lingüístico.

   Me dijeron algo inolvidable: el lenguaje es como el vestuario. A nadie se le ocurre ir en pantalones cortos, camiseta y sonoras sandalias de caucho a una recepción en una embajada. Ni en traje y corbata a la playa.

   Así es el idioma: no hay que escribir palabras fuertes en una tesis de grado, pero si la bodeguera te roba una libra de arroz, no le puedes decir: “Distinguida señora, sería usted tan amable de corregir este error?” Porque es una ladrona de mierda y no una distinguida señora. Y, además, no cometió ningún error. Lo hizo por hijoputa. Y si la tratamos con dulzura y recato, el próximo mes nos roba dos libras y en la próxima compra ensaya con el dedo.

   Es la vida. A veces hay que mandar pa’l carajo a algunos. Y más lejos también. Que se vayan a joder a otra parte. (Bueno, debo refrescar la cabeza, porque el ejemplito de la bodeguera me sucedió de verdad y cada vez que lo recuerdo me sulfato).

   Así que no puedo estar de acuerdo en que se necesita una vacuna contra las palabrotas. Por cierto, no son malas. Según los lingüistas, no hay palabras buenas o malas. Todas tienen carta de ciudadanía dentro del idioma.

   Paradójicamente, un amigo sociolingüista de la Universidad de Colorado en Boulder, me dice que a él le son más útiles en las investigaciones las palabrotas que las palabras, y emplea escasamente las palabritas. Eso en el suroeste de Estados Unidos, un lugar de enorme complejidad lingüística y vertiginosa transformación y mezclas asombrosas de inglés-español-lenguas nativas.

   Es así. El idioma evoluciona. Hoy empleamos un lenguaje más relajado, fresco y sabroso que en siglos anteriores, tanto semántica como gramaticalmente. Lo cual se corresponde con estos tiempos, tan flexibles y volcánicos.

   De todos modos, recomiendo leer algo más científico que esta nota.

   En definitiva, confieso que ponché Gramática en la Universidad y la llevé a un agónico arrastre. Y además, la única regla ortográfica que aprendí es aquella: “antes de p y b se escribe m”. Pero bueno, así y todo me encanta discutir.

   Na’, por joder.

© Pedro Juan Gutiérrez

   Oh, los bienhablados forma parte del libro Cuentos de La Habana Vieja.

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