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El difícil
arte de ser macho
Pedro Juan Gutiérrez |
Está comprobado
estadísticamente que los hombres morimos antes que
las mujeres. Mire a su alrededor y lo comprobará. En
los viejos matrimonios usualmente el hombre muere y la mujer
lo sobrevive, en ocasiones hasta veinte años.
Siempre me ha inquietado
eso por la sencilla pero contundente razón de que a
mí me toca morirme primero y abandonar la fiesta.
De ningún modo
deseo que las mujeres mueran primero. Válgame Dios.
Pero tal vez los hombres pudiéramos intentar durar
un poquito más, porque lo cierto es que la fiesta comienza
a ponerse buena cuando uno tiene sesenta años más
o menos.
Es decir, cuando uno
ya se jubila, los hijos al fin dejaron de ser horriblemente
adolescentes, ya uno tiene serenidad y experiencia para disfrutar
los placeres más simples y cotidianos de la vida, porque
a esa edad ya nadie aspira a las proezas de todo tipo que
pretendió realizar o realizó entre los 20 y
los cincuenta y pico.
Confieso que llevo años
pensando en el asunto y, por supuesto, he hablado mucho del
tema con la gente más diversa. Al parecer todo el mundo
coincide en que el hombre se desgasta más. El hombre
moderno se exige demasiado a sí mismo y por eso se
acarrea los infartos y lo demás.
Hay otra hipótesis
en boga, de carácter bioquímico: la mujer está
mejor preparada genéticamente que el hombre. Y puede
ser. En definitiva, la mujer es una maravillosa fábrica
de vida.
Por ahora los científicos
no dicen la última palabra. Pero me inclino a pensar
que en el asunto puede haber un poco de bioquímica
y mucho de desgaste excesivo y autoexigencia del hombre.
Creo que es un problema
de organización de la sociedad moderna. No sólo
en el Tercer Mundo. Hasta en Europa y Norteamérica
–que supuestamente van delante– sucede lo mismo:
el macho no recibe tregua. Desde que nace hasta que muere
le inyectan en la cabeza que “el hombre es el sostén
de la familia”, que “el hombre es el que tiene
que traer la comida a la casa”, y que “los machos
no lloran”, que “los hombres tienen que ser fuertes
y valientes, nada de cobardía”.
A mi modo de ver ahí
está el origen del problema. Es muy difícil
ser macho: tienes que ser físicamente fuerte, no puedes
llorar, siempre tienes que poseer dinero en el bolsillo, sexualmente
tienes que ser el uno, porque ese es un campo muy competitivo
para algunas mujeres.
No te puedes dar el lujo
de estar un día triste, alicaído, depresivo.
En la casa debes ser además de buen padre y esposo,
carpintero, plomero, albañil, mecánico, electricista,
etc., o corres el riesgo de que te acusen de inútil
y vago.
En fin, conozco mujeres
que una vez viudas se arrepienten de todo lo que le exigieron
al marido a lo largo de su vida y hasta tienen complejo de
culpa porque el hombre murió con el corazón
reventado.
Una vecina, de 68 años,
es irremediablemente peor. Perdió al marido hace unos
meses y me confiesa que a veces lo invoca para reprocharle
que se murió sin arreglarle unas ventanas y sin reparar
y pintar algunas paredes descascaradas. “Un hombre que
sabía hacer de todo, y por vago me dejó sin
terminar de hacer esos arreglitos”. Parece un chiste,
pero juro que es rigurosamente cierto. Espero que ella no
lea esta crónica.
Así las cosas,
hay que dejar que las mujeres asuman cada día más
responsabilidad, y no creernos tan importantes. Y digo responsabilidad
pensando en grande: hasta dejarles el gobierno de las naciones.
Que asuman todo el poder. En definitiva, los hombres gobernando
durante siglos hemos acarreado al mundo guerras, hambre, miseria,
contaminación y todo tipo de problemas e insensateces.
Así que no debemos estar orgullosos porque nos ha salido
bastante mal.
Hay que aprender de ellas.
Yo por lo menos cada día aprendo más de las
mujeres que me rodean y trato de ser menos macho y más
hombre.
© Pedro Juan Gutiérrez
El difícil
arte de ser macho forma parte del libro Cuentos
de La Habana Vieja.
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