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Cazadores de mamuts
Pedro Juan Gutiérrez |
Era un día normal
de agosto: un sol terrible, calor y humedad agobiante. Me
fui temprano a la playa y alcancé un poco de sombra
bajo una uva caleta. Mucha gente. Detrás de las dunas
había ómnibus, autos y camiones, parqueados
en una callejuela estrecha y sin pavimentar, que une la carretera
principal con aquel trozo de playa.
El mar tranquilo y azul-verde, poco viento.
Yo intentaba ignorar a la multitud y concentrarme en el mar,
en el azul y el verde. Llegó una guagua con excursionistas.
Cuarenta o cincuenta personas. Gente de campo. Se conocen
a la legua, como en todas partes del mundo. Salen desesperados,
casi corriendo sobre la arena, buscando un pedazo de terreno
para asentarse con su familia, colonizar y marcar fronteras.
Se dispersaron por los alrededores. Uno de ellos se acercó.
Traía unos palos cortados a la medida, cepillados y
bien atados, además de unos trozos de alambre y un
pedazo de tela. Era un mulato muy activo. Escogió un
sitio a dos metros de mi, bajo el sol, y no perdió
un segundo. Venía frenético. Se le veía
en el rostro y en cada gesto: frenesí obsesivo, concepto
de propiedad, alto sentido de responsabilidad familiar.
Llamó a su mujer, una mulata oscura,
gorda y tetona. Tenía unas enormes mamas rebosantes
de leche fresca. Cargaba a un bebé de pocos meses.
Tenían dos hijos más, de unos tres o cuatro
años. El tipo era muy delgado. La mujer muy gruesa.
El tipo le dijo al hijo mayor que buscara una piedra grande
para martillar los palos y clavarlos en la arena. El niño
lo intentó, pero con desgano. El tipo, de cuatro zancadas
apresuradas, alcanzó una buena piedra. Se la apropió
rápidamente y la utilizó. Clavó los cuatro
palos en la arena y colocó la piedra a buen resguardo,
por si era necesaria en otro momento.
Dejó dos metros de cada palo fuera
de la arena. Puso estacas. Colocó alambres para tensar
los palos, que ya se habían convertido en columnas.
Encima, a modo de techo, sitúo el pedazo de tela y
lo amarró con trozos de cordel que traía en
los bolsillos. Lo tenía todo previsto. Hizo una casita
en pocos minutos. El bebé empezó a llorar. La
mujer se introdujo en la casita, sacó un pecho y se
lo metió en la boca al niño. Los otros dos empezaron
a berrear porque tenían hambre. El tipo se fue aprisa.
Diez minutos después regresó con una bolsa de
pan y croquetas y una gran botella de refresco de naranja.
Repartió la comida entre los niños y la mujer.
Ella le dijo que comiera él también. El le contestó:
“Después. Ahora no”. Se lo tomaba en serio.
No sonrió jamás en todo ese tiempo ni miró
a los lados. Concentró toda su energía en aquellas
tareas. La mujer se quejó:
—Estoy cansadísima. Este niño
pesa demasiado y tú no me ayudas.
El tipo cargó al bebé, que
se había dormido después de mamar. La mujer
le dijo que no perdiera de vista a los otros dos, que jugaban
en la orilla del agua. Ella se recostó. Utilizó
una bolsa como almohada y se durmió al momento. Roncaba.
Echó una siesta de una hora. El tipo cuidó a
los niños y evitó que hicieran ruidos o hablaran
en voz alta. Ella despertó de mal humor porque había
mucho calor y humedad y todos sudaban. El bebé gimoteaba.
Ella de nuevo le dio el pecho. El tipo seguía atentamente
a los otros dos que jugaban en la orilla del agua, a unos
veinte metros. No pestañeaba. Miraba fijamente y rechinaba
los dientes. Entonces sacó del bolso una pequeña
caneca de ron. Bebió un trago sin quitar la vista de
los niños. La mujer lo miró con enojo y le dijo:
—No empieces a beber. No puedes hacer
nada sin darte un trago.
El tipo guardó la caneca en el bolso.
Seguía muy concentrado, muy serio. En todo ese tiempo
no se había sentado. Permanecía agachado, en
cuclillas, aprovechando un pedacito de sombra que su mujer
dejaba libre. Empezó a soplar un poco de brisa fresca
del noreste y se refrescó el ambiente. El se protegió
detrás del bolso y logró encender un cigarro
después de varios intentos. Miró de reojo a
dos mulatas jóvenes, lindas y delgadas, que usaban
hilos dentales y se paseaban lánguidas y seductoras
a lo largo de la playa, inmunes al sol, al calor, a la humedad.
Parecían hechas con algún material especial.
La mujer vio de reojo que él observaba
de reojo. Rápida y frontalmente le recordó que
los niños estaban en peligro de muerte jugando en la
orilla del agua. Había que traerlos a la sombra antes
de que se deshidrataran. El tipo fue hasta la orilla y los
trajo para la sombra. Así siguió durante varias
horas más. Muy serio. Muy concentrado.
Pensé que las
mujeres siempre necesitan un cazador de mamuts eficaz, para
que no falte el alimento en la cueva.
Intenté concentrarme de nuevo en
el mar azul y verde y alejar esos pensamientos de mi mente.
Pero no logré alejarlos. Es obvio. Siguieron ahí.
En algún lugar del cerebro. Bien incrustados.
© Pedro Juan Gutiérrez
Cazadores de mamuts es un cuento
que está incluido en el volumen El
insaciable hombre araña
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