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El nido de la
serpiente: Memorias del hijo del heladero (fragmento)
Pedro Juan Gutiérrez |
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Yo quería ser alguien en la
vida y no pasármela vendiendo helados. Pensé
que la solución podía ser aprender algún
oficio. Algo que me sirviera para engatusar a la gente. Y
me leía Cómo hablar bien en público
y ganar amigos de Dale Carnegie. Hay que engatusar. Seducir.
El que sabe hablar siempre acerca la sardina a su brasa. Por
eso los brutos se mueren dando pico y pala y de ahí
no pasan. Y los parlanchines se meten en política y
llegan a presidentes.
El libro me lo
regaló un tío que se fue a Miami. Una caja llena
de libros viejos: El poder de la voluntad, Hipnotismo
para la vida cotidiana, Himnos y salmos de la Iglesia
Científica del Señor, Historia de la
Real Policía Montada del Canadá, Cómo
hacer buenas fotos de su familia, Biblioteca condensada
del Reader´s Digest.
El de hipnotismo
me gustaba mucho. Decía que uno podía hipnotizar
a todos y vivir como un rey sin disparar un chícharo.
Eso era perfecto. Seducir con la labia e hipnotizar con la
mente. El carrito de helados pesaba mucho, el sol, el sudor.
Yo tenía quince años, pero era grande y fuerte.
Aparentaba veinte y siempre decía “tengo veinte”.
Así era más fácil.
Por esa época
mis amigos me decían “El chupavieja”, “Carroñero”
y “La tiñosa”. Me lo busqué yo mismo
por exhibirme. “Para la próxima tengo que ser
más astuto. Nada de exhibirme con putas viejas”,
pensaba. Después aprendí a ser más discreto.
A vivir solo y que nadie conociera mis secretos.
Yo vivía
en la calle Magdalena, a una cuadra de La Marina, el barrio
de las putas, en Matanzas. Lo habían cerrado hacía
dos o tres años. Todo cerrado: bares, burdeles, billares,
casinos, clubes. Todo. Casi no había marineros por
allí. El puerto de pronto se quedó semiparalizado
y la atmósfera comenzaba a ponerse insípida
y confusa. Era el año 1965. Nadie entendía muy
bien qué coño pasaba ni hacia dónde iban
las cosas. Era como un barco al garete dando bandazos en medio
de una tormenta.
Siempre me gustó
el barrio de las putas. Muy ruidoso. Corría el dinero.
Ahora menos, con las pocas putas que quedaban en el oficio
cuidándose de la policía. Cerca del río
había un pequeño zoológico. El parque
Watkin. Yo tenía poco que hacer. A veces atravesaba
el barrio de las putas, llegaba al parque y me sentaba bajo
los árboles a leer mi librito. Tenía ejercicios
de vocalización, dicción, improvisación
y memoria. Era un buen lugar para practicar.
Aquella mañana
estaba entretenido leyendo. De pronto pasó a mi lado
un monito pequeño y con un rabo muy largo. Chillaba
y corría como un desesperado. Detrás venían
dos empleados con una red. Se les había escapado. El
mono no sabía lo que hacía y se metió
en la jaula de los leones. Los tipos tenían hambre.
Rugieron y lanzaron zarpazos. El mono huyó a tiempo.
Ascendió por los barrotes y se encaramó en el
techo. Ahí lo esperaban los vigilantes con la red.
Por poco lo atrapan. El monito escapó hacia abajo de
nuevo. Uno de los leones saltó y casi lo muerde. El
monito chilló aterrorizado y volvió a subir
hacia la red. Y de nuevo logró escapar y meterse dentro
de la jaula. Me gustaba mucho cómo lo hacían
los leones: se mantenían echados, en relax aparente,
con la cabeza alta, pero tranquilos, sin mover ni un ojo.
Cuando el mono bajaba, uno de los leones, el más cercano,
daba un salto estelar de casi dos metros y a la vez lanzaba
la zarpa en un barrido mortal. El monito huía aterrado
y los leones esperaban tranquilamente. Siempre recuerdo aquella
escena. Nunca se debe huir aterrado. Hay que tener la serenidad
alerta, la paciencia astuta de los leones. El que huye aterrado
va directo a la muerte.
El mono repitió
su trayecto loco tres o cuatro veces. No se le ocurría
huir hacia otro lugar. Sólo subía y bajaba por
los barrotes. En una de esas uno de los leones lo midió
bien y le asestó un zarpazo brutal. El mono ni chilló.
Directo a la boca. Todos los huesos crujieron salvajemente.
Se lo tragó en dos segundos. Y se echó de nuevo,
muy digno, tranquilo, a digerir el lunch. Aquí no ha
pasado nada.
Desde otra jaula
cercana la monita pareja del disidente chillaba como si la
estuvieran despellejando. Daba brincos y se golpeaba contra
la reja. Cuando vio que el león se había tragado
a su marido empezó a llorar. Se recostó contra
las rejas de su jaula y sollozaba desconsoladamente, igual
que una persona. Escaló la reja hasta lo alto. Se colgó
del dedo índice de la mano izquierda, y desplomó
todo su cuerpo. Depresión total. Quería morirse
y se colgó para esperar la muerte.
Yo había
visto todo aquello riéndome. Era muy divertido. No
entendía nada de amor, ni de boleros, ni de muerte
y sensaciones de pérdida. Nada de nada. Y por tanto
era cruel, despiadado, ignorante y feliz. El hombre habitual.
Es decir, un imbécil perfecto.
En un banco frente
al mío se había sentado una mujer. Una vieja.
Podía tener cuarenta y pico de años pero representaba
sesenta. Lloraba como una magdalena. Usaba un vestido strapless,
con los hombros descubiertos, el uniforme de las putas. Estaba
buena pero muy ajada. Machucada por la vida. No había
nadie en todo aquello. Sólo nosotros. Yo era pajero.
Me botaba cuatro o cinco pajas por día, mirando unas
fotos de Brigitte Bardot. Los pajeros casi siempre son tímidos.
Yo era muy tímido. En exceso. Pero el libro decía
que los tímidos son perdedores potenciales. Hay que
arriesgar. Y me lancé. Con el corazón latiéndome
muy rápido, casi se me salía por la boca, inspiré
profundo y le dije:
-¿Por qué
usted llora? ¿Por el monito?
-Sí. Y
por la monita. Pobrecita.
Se le salían
los mocos. Yo no tenía pañuelo. Ella tampoco.
Presionó con un dedo la fosa nasal izquierda, sopló
duro y una torta amarilla de mocos densos salió disparada
al suelo. Hizo lo mismo con la derecha. Era una churriosa.
Se veía a la legua. Se limpió con el dorso de
la mano y me dijo:
-Se quedó
solita.
Y empezó
a llorar de nuevo. Decidí tutearla. No merecía
más.
-No llores. Son
animales y no sufren.
-Sí sufren.
Son hijos de Dios. ¿Tú no ves a la monita como
llora? Y mira al hijo de puta del león lo tranquilo
que está, con la panza llena.
-El mono fue muy
bruto y no supo escapar. Es la ley de la Naturaleza. Este
mundo no es para gente bruta y analfabeta.
-Ay, qué
bonito tú hablas. ¡Qué inteligente!
Se secó
las lágrimas. Sorbió mocos, y me sonrió.
De un modo especial. No supe qué decir. Las instrucciones
de Dale Carnegie ya daban resultado pero no sabía cómo
continuar.
-¿Estás
estudiando?
-Ehh…sí.
No. No tengo nada que hacer. Yo vendo helados pero ahora la
fábrica cerró y…estoy leyendo un poquito.
-Ahhh…
Se me quedó
mirando como si yo fuera Marlon Brando y ella Marilyn Monroe.
Me puse colorao y bajé la vista al suelo.
-¿Qué
edad tienes?
-Veinte.
-No digas mentiras.
Te va a crecer la nariz.
Se ponía
sata. Me fijé mejor. Tenía buen culo, buenas
tetas, buenas piernas. Pero todo machacado, sucio y blandujo.
La cara arrugada por el alcohol.
-De verdad que
tengo veinte.
-Tendrás
dieciocho si acaso…lo que pasa es que eres una tranca,
una bola de músculos. Y muy serio. ¿Por qué
eres tan serio?
Me volví
a poner colorao. Sentí mi cara ardiendo. Nunca me había
sucedido esto.
-¿Cómo
te llamas?
-Pedro Juan.
-Es muy largo.
¿Te puedo decir Pedro?
-Sí.
-¿Pedrito?
-Sí
-Yo me llamo Dinorah.
-¿Y qué
tú haces, Dinorah?
-Nada.
-¿A qué
te dedicas?
-A nada. ¿Pa´qué
preguntas tanto?
Me lo dijo sonriendo.
Me sonreí también. No tenía nada que
decir y me empezaba una erección. Era así continuamente.
Yo vivía de erección en erección. Quizás
era muy imaginativo. Como una enfermedad incontrolable. Mirándola
bien me gustaba la viejuca. Sus ojos hablaban. Se reía
con la mirada.
-Acércate,
niño. Yo no muerdo.
Me senté
junto a ella y puse el libro sobre la portañuela. Me
apenaba que viera el bulto disparao pa´arriba como una
flecha. Pero ella atacó con un directo al mentón:
-Se ve que tienes
tremendo atraso, papi.
Miró alrededor.
No había nadie. Extendió la mano, me agarró
la pinga y la apretó. Se me puso más dura y
el corazón se desbocó. Tenía unas manos
expertas. Doblé la pierna derecha. Ella estaba a mi
izquierda. Bajó el zipper del pantalón. Sacó
la pinga. La miró y me dijo:
-Ay, niño,
qué pinga más linda. Esto no se ve todos los
días.
Me botó
una paja de capuchino y en un minuto solté un chorro
a dos metros de distancia. La tranca siguió tiesa.
No cedió un milímetro. Ella me miró a
los ojos y me dijo:
-Se ve que estás
bien alimentado. ¿Qué tú comes? ¿Carne
de caballo?
Yo la miré.
Los dos teníamos los ojos chinitos.
-¿Qué
vas a hacer ahora, papi?
-Nada.
-Guárdatela
y vamos pa´mi casa que te voy a enseñar una cosita.
-¿Qué
cosa?
-Es una sorpresita.
Me metí
la pinga entre los muslos a ver si se rendía. Pero
se ponía más dura. Más y más.
Ya me dolía. Caminé junto a Dinorah tapándome
con el libro. Vivía cerca. Tenía un cuarto en
un solar en la calle Velarde. Entramos. Cerró la puerta
con dos pestillos. Encendió un bombillo que colgaba
del techo. Se sentó en la cama y me dijo:
-Quítate
la ropa, titi. Quiero verte completico pa´darte el biberón.
Tragué
en seco. Seguía con el corazón desbocado. Me
quité la ropa y me quedé en medio de la habitación.
Era una sensación extraña y ambigüa: nervioso,
tímido y arratonao y al mismo tiempo yo era Supermán
mezclado con Tarzán. Ella me vaciló bien de
arriba abajo. Se arrodilló y me la chupó mirándose
en un espejo grande que había en la pared. Yo tenía
la mente en blanco. Entonces apagó la luz y todo quedó
a oscuras. El cuarto no tenía ventanas. A tientas me
llevó a la cama. Se colocó encima y poco a poco
se la fue metiendo hasta que se la tragó completa.
No sé en qué momento se había desnudado.
Me sentía
en las nubes. Primera vez que lo hacía. Mi padre siempre
me decía:
-Yo no sé
hasta cuándo vas a ser señorito. ¿A ti
no te gustan las mujeres? Con tantas putas que hay en el barrio.
Te vas a matar a pajas. A los pajeros no se les para después
con las mujeres.
Dinorah tenía
un control muscular fabuloso en la vagina. Parecía
una mano. Una tenaza. Me apretaba la pinga, la masajeaba,
la estiraba. Tenía crema natural, una lubricación
excesiva, y succionaba. Era como una mano, una tenaza y una
boca. Tres en uno. ¡Tremendo aparatico! Podía
patentarlo. Muy pocas mujeres pueden hacer eso. Una bomba
de succión.
Estuvimos horas
así. Yo eyaculaba y seguía adelante. Después
de tres eyaculaciones ya. La pinga de palo. Una vez deslechada
era músculo solamente. Ella desfallecía con
tantos orgasmos, pero seguía. Muy golosa. Pedía
más. Debajo de la cama tenía un botella de aguardiente.
Me pasaba los buches directos de su boca. Un poco apestosa
pero el alcohol neutralizaba el vaho a hígado podrido.
No sé cuántas
horas después decidió parar. Se levantó
de la cama y encendió la luz. Mejor no lo hubiera hecho:
-Ay, niño,
me despellejaste el bollo. ¿Te gusta tanto?
-Sí.
Al fin la vi desnuda.
El vientre fláccido, piernas y muslos cubiertos de
várices, las tetas grandes y caídas, la piel
sucia y empercudida, los dientes amarillos y podridos. Me
miró con las manos en la cintura y se rió con
desparpajo:
-¿De verdad
que te gusto? Mírame bien.
Y se dio la vuelta,
alegre, modelando, como si fuera una ninfa púber, con
todas las medidas del canon griego. La miré bien y
me dio rabia conmigo mismo. O asco. No sé.
-¡Tú
lo que eres una puta vieja!
-Ah, ¿empalagao
después que te comiste el dulce de coco? Jajajá.
Sigue comiendo que es gratis, jajajá.
Me levanté
de la cama y empecé a vestirme. De pronto me sentía
furioso. Se había burlado de mi. Por eso apagó
la luz. Para que no la viera. Ella sabía que era un
trapo embarrado de mierda seca. Se me acercó muy zalamera
pero yo sentía asco. De mí mismo, supongo. Primera
vez que templaba y tenía que ser con este vómito
de perro. “Eres un imbécil, Pedrito, eres un
imbécil y esta puta se burló de ti”, me
decía a mí mismo.
-Pero, ¿qué
te pasa, papi, por qué te vas tan rápido?
-Déjame
tranquilo.
-¿Ya no
te gusto?
Se me acercó
a acariciarme por la espalda. Me viré. Con la mano
izquierda la agarré por la nuca y con la derecha le
metí unos cuantos galletazos por la cara. Duros. Le
di con deseo.
-¡Descará,
cochina, puerca, puta, singá!
-Ayy, chulito
mío, no me hagas eso que me vengo. ¡Ayy, me vas
a matar! Mira, como se me sale la leche a chorros. ¡Mira,
chulito, como tú sabes, cabrón! ¿¡Quién
te enseñó tanto!?
Abrió las
piernas y se apartó los bembos para enseñarme
cómo le corría la leche muslos abajo. Yo me
puse aún más furioso porque la erección
regresaba.
-Mira como se
te pone la estaca, papi. Mira eso. ¡Pinga de Oro! ¡Qué
pinga más linda, Dios mío!
Le soné
unos cuantos pescozones. Pero cuánto más le
pegaba más frenética se ponía. Y más
dura se me ponía. Gemía y se enroscaba, ida
del mundo. Me quité el cinto. A empujones la puse boca
abajo y le soné unos cuantos cintarazos. Gritaba como
una perra y me pedía:
-Métemela
por el culo. ¡Ay, no me des más, abusador! ¡Niño
malo! Hijo de puta. Métemela por el culo. ¡Eres
un loco! ¡Pinga de Oro! ¡Yo soy hija del maltrato!
Dame más con el cinto. Que me duela.
Se la metí
por el culo y por delante y por la boca. Me gustaba aquella
carroña. Me gustaba y me daba asco. Me sentía
bien y mal con ella. Quería besarle hasta los pies
y hasta me excitaba su aliento asqueroso a tabaco, a ron,
a cebollas y ajos, a pudrición de muelas. Quería
sacarle sangre. Me gustaba el olor a humedad, a moho, a mierda
y vómitos de su cuarto, pero al mismo tiempo quería
alejarme de aquella asquerosidad y no volver más. La
lujuria y el desepero.
Seguimos tragando
buches de aguardiente y dando jan. Horas y horas. Sudando,
alucinados, borrachos, locos, con el diablo en el cuerpo.
Tenía por allí un poquito de hierba. Nos metimos
aquello en los pulmones, hasta las tripas. Todo con Dinorah.
El mundo me daba vueltas.
Cuando salí
del cuarto era de noche. Yo no tenía reloj. Sería
de madrugada. Las calles vacías. Llegué a mi
casa desfallecido, sudado, apestoso a rayo, borracho. Casi
inconsciente. Me tiré en la cama y al instante me dormí
como una piedra.
© Pedro Juan Gutiérrez
Este texto pertenece al libro El
nido de la serpiente: Memorias del hijo del heladero,
y se corresponde con su Capítulo 1.
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