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Cosechas
de pedros
Pedro Juan Gutiérrez |
Dentro de Pedro hay muchos
pedritos más chicos y mezquinos y egoístas que
el pedro grande, porque ese cóctel no está fabricado
como una matrioska: todos los pedros bien metidos, gorditos
y sonrientes, uno dentro del otro, sin interrumpirse. No,
nada de eso. Todo lo contrario. Mis pedritos se pasan la vida
poniéndose zancadillas unos a los otros. El pedrito
periodista, que a su vez se subdivide en varios tipos de periodista,
el pedrito escritor de poemas, el pedrito escritor de cuentos,
el pedrito novelista, el pedrito esposo y el papá de
los dos nenes de la casa y el papá de la otra niña
que no está en la casa, y el pedrito hijo de Zoila
y el hijo de Tomás, que son bien distintos hijos, por
cierto. Y el pedrito chofer en La Habana hablando de neumáticos
y modelos de autos con los otros choferes, y el pedrito vecino
del edificio. Estos son los pedritos a flote. Pero los otros
son más subrepticios. ¿Cuántos pedritos
habitarán dentro de pedro? Parece que pedro se pasa
la vida poniendo huevos de pedritos por todas partes y algunos
los empolla dentro y se le quedan por ahí en la oscuridad,
sin salir. Esos son los pedritos peores y más mezquinos
e hijos de puta. Los que logran airearse y conversar, siempre
alcanzan un grado superior de luminosidad. Los temibles son
los agazapados. Los pedritos cavernícolas, monstruos
subversivos que a veces le han provocado impotencia con algunas
mujeres muy hermosas. Algún pedrito jodedor se pone
triste allá dentro y nada. Como si le dijera a otro
pedrito: «Así que donjuán también.
Pues nada. Dejo impotente a pedro el grande». Otras
veces lo hacen rabiar y se le echan a perder algunas tardes
por cualquier tontería sin importancia. Pedro el grande
queda triste y silencioso y no sabe por qué, y los
pedritos poniéndose zancadillas unos a otros.Lo terrible
de todo es que pedro el grande sigue procreando cada día
más pedritos y los otros pedritos no se mueren. Todavía
no ha muerto ni uno. Todos siguen vivos y coleando, agresivos,
ofendiendo a los otros, quizás a los más viejos,
que son miedosos y nobles, sinceros y confiados.
Son miles de pedritos —angelicalmente
endemoniados— luchando por sacar la cabeza. Absurdamente
ególatras. Tratando de sobresalir, dándose codazos.
En realidad los detesto a todos y sé que sin ellos
no soy nadie. O no soy nada. O sea, sin los pedritos me quedaría
transparente, como un frasco vacío. Nadie ni nada,
sin esa mezcla de miles y miles de pedritos buenos y malos,
orgullosos y modestos, mezquinos, vanidosos, nobles, generosos,
buena gente, humildes, soberbios, espías, vagos, conspiradores,
eficaces, inútiles y todo lo demás. En fin,
no se puede salir de ellos. Me están superpoblando
y con 40 años me parezco ya a Sao Paulo, Ciudad México.
New York, Buenos Aires. Pobre de mí, pedro el grande,
atiborrado con tantos súbditos poniéndose traspiés.
Atormentaditos los muchachos.
Tanto me joden que hasta lograron meterse
aquí dentro. No supieron esperar discretamente a que
se les llamara. A alguno, por supuesto. No. Todos se enteraron
y todos quisieron entrar también, robar cámara:
Yo, el pedrito más importante, no, soy yo el más
importante, yo, soy yo. ¡Señores!
¡Oh, los pedritos! Tengo que cuidarlos
y hablar con ellos y hacerles sentir mi amor. Si los ignoro
es peor. Se rebelan. Me hacen la vida imposible. Me convierten
en un tipo silencioso y amargado, con cara de frustración
neurótica. Algunos han elegido otra vía para
figurar en este libro. Los más inteligentes, por supuesto.
Me han hecho acumular material en bruto en la carpeta y en
el cerebro. Si fuera a obedecerles, me harían escribir
kafkianamente veinte horas diarias y esto tendría cien
tomos. Por suerte, a veces pedro el grande logra algún
control hegemónico en medio de esta dispersión.
Todavía no hemos llegado al caos pedrístico.
Por ahora el caos es sólo una premonición. Una
mancha gris flotando allá en el horizonte.
© Pedro Juan Gutiérrez
Cosechas de pedros forma parte
del libro Melancolía
de los leones. |