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Nuestro GG en
La Habana (fragmento)
Pedro Juan Gutiérrez |
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Un Clipper cuatrimotor
de Pan American, procedente de Chicago, entró al corredor
aéreo que rodea a La Habana por el este y el sur. Descendió
suavemente, centró el eje de la pista principal, y
a la una y diez minutos tocó tierra en el pequeño
aeropuerto de Rancho Boyeros. Era un día de verano,
nublado, húmedo y caluroso en exceso.
Un grupo de unos cuarenta
turistas norteamericanos, alegres y despreocupados, algunos
vestidos con camisas floreadas y pantalones blancos, pasaron
velozmente por el trámite de emigración. El
oficial se detuvo unos segundos más con un hombre delgado
y de baja estatura que portaba un pasaporte británico.
Chequeó su foto, miró el rostro del viajero,
comprobó que eran idénticos, estampó
el cuño de entrada, y le dijo amablemente: «Welcome,
míster.»
El hombrecito salió
del edificio del aeropuerto y varios taxistas le ofrecieron
su servicio. No los miró. Subió al auto más
cercano. En un español rudimentario le dijo al chofer:
—¿Me puede
llevar a un hotel en la ciudad?
—¿Prefiere
uno de lujo?
—No.
—Alrededor del
Parque Central hay hoteles cómodos y muy bien ubicados.
—No conozco la
ciudad.
—¿Usted
es norteamericano? Quizás le gustaría...
—No soy norteamericano.
Soy británico.
—Ah, lo ideal para
usted es el Hotel Inglaterra. Tiene buenos precios y es muy
cómodo.
—Bien.
El taxista siguió
parloteando: el calor, la zona del Parque Central, el baseball
de las Grandes Ligas, las comidas típicas que podría
probar en los restaurantes. Saltaba de un tema a otro, sin
detenerse un momento. El visitante no le respondió
jamás. El chofer, de todos modos, siguió hablando
muy alto, casi a gritos, para que lo escucharan por encima
de la radio del auto, sintonizada en una estación que
mezclaba anuncios comerciales estridentes con guarachas, chachachás,
rumbas, mambo, rancheras. De todo un poco.
Aquel ruido incesante,
el calor y la humedad pegajosa, la luz tropical excesiva,
el tráfico vertiginoso por la Avenida de Boyeros, y
la falta de sueño tras un largo viaje desde Liverpool,
hicieron que el visitante se sintiera mal. Tuvo náuseas.
Reaccionó de un modo brusco:
—Por favor, haga
silencio.
—¿Apago
el radio?
—Sí. Y silencio
total. Me siento mal.
—Oh, disculpe.
El hombre se encogió
en el asiento trasero y cerró los ojos. Venía
en busca de diversión y cambio radical de ambiente.
Quizás, ¿por qué no?, cambio radical
de vida. En Liverpool no lo haría jamás. En
otro sitio sí podría dar un viraje y tomar un
nuevo rumbo.
Unos minutos después
el taxi se detuvo frente al Hotel Inglaterra. Un portero con
librea le abrió la puerta y lo condujo hasta la recepción.
El empleado le saludó cortésmente en inglés
y le ofreció una de las suites de lujo. El hombre lo
miró a los ojos con frialdad y le dijo escuetamente:
—Una habitación
simple y económica.
—Muy bien, señor.
El recepcionista abrió
el libro de registro y preguntó:
—Su nombre y procedencia,
por favor.
—Mister Greene,
británico.
Al mismo tiempo le dio
el pasaporte. Al empleado se le iluminó el rostro.
Con una sonrisa de oreja a oreja, sacó un libro que
tenía bajo el mostrador. Se lo mostró: The
Shipwrecked. Y le dijo:
—Lo estoy leyendo.
Me encanta. He leído casi todos sus libros. Su inglés
es delicioso. Aprendo muchísimo.
GG lo miró con
una sonrisa sardónica.
—Para la casa es
un honor, mister Greene. Le daré la habitación
305, con un balcón amplio y una vista excelente al
Parque Central.
—Muchas gracias.
—Y si lo permite,
a modo de bienvenida, le enviaré una botella de...
¿Qué prefiere, gin o scotch?
—Scotch.
—Es un brindis
excepcional, señor. Sólo con huéspedes
distinguidos. Es todo un honor tenerlo aquí..., ehh...,
no quiero molestarlo, pero ¿me podría firmar
el libro?
En la primera página
escribió: «Para un amigo, GG. 15 de julio, 1955.
La Habana.»
El bellboy lo condujo
a su habitación en el tercer piso. Era un hotel lujoso,
con losas esmaltadas en las paredes, techos decorados en relieve,
bellos muebles de mimbre, una iluminación suave y agradable
y plantas muy verdes en todos los rincones. Había silencio,
tranquilidad y olor a lavanda. GG se sintió muy bien.
Un lugar con clase. El bellboy, un negro flaco y no muy joven,
se movía con lentitud. No había prisa. Le abrió
la puerta de la habitación, colocó su bolsa
en el armario. Corrió las cortinas, abrió las
puertas del balcón, y en ese momento comenzó
un aguacero torrencial. El negro se sonrió y le dijo:
—Eso es bueno,
pa’ que refresque.
GG metió la mano
en el bolsillo y le dio unas monedas. El hombre se fue inmediatamente.
La ciudad bajo la lluvia era más hermosa aún.
Miró unos minutos el panorama. Sintió que la
atmósfera refrescaba y se limpiaba. Tocaron a la puerta.
Le traían una bandeja de plata con una botella de scotch,
hielo, soda y vasos. Se sirvió una dosis generosa,
con poca soda y dos cubos de hielo, y sonriendo, parsimoniosamente,
brindó por él mismo frente a la ciudad empapada:
—Bienvenido a La
Habana, mister Greene. Es usted nuestro huésped de
honor.
© Pedro Juan Gutiérrez
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