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Polizón
a bordo
Pedro Juan Gutiérrez |
El hombre nunca se imaginó
lo del naufragio. Con tantos barcos en el puerto, escogió
las bodegas del buque más grande, que naufragó
después de cinco días de navegación a
toda máquina.
Por supuesto, nadie había
visto al polizón, bien escondido entre sacos y cajas,
cuando se produjo el choque con el otro barco. Una brecha
enorme, abordar los botes salvavidas con urgencia. La sirena
rugió con intermitencia, persistente, ronca, herida
de muerte. Ya en el bote los demás marineros lo miran
con asombro. Y uno grita: ¡Es Carlos, es el fantasma
de Carlos porque no regresamos a recogerlo!
No le dieron tiempo a
hablar. Todos se lanzaron al agua despavoridos y abordaron
otras lanchas que rápidamente se alejaron de allí
a golpe de remos.
Él solo en medio
del mar, a la deriva, entre la niebla. No tiene la menor idea
para gobernar esa lancha salvavidas tan grande y cada vez
piensa con más insistencia en su inminente mutación
de polizón a náufrago, a fantasma. Aunque le
parece que no está solo. En el otro extremo del bote
sentado entre la niebla espesa hay un hombre idéntico
a él, pálido, chorreando agua.
© Pedro Juan Gutiérrez
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