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Dejando atrás
el infierno
Pedro Juan Gutiérrez |
Salí de un cine
minúsculo que hay en la calle Industria, detrás
del Capitolio. Ponen películas viejas. El puente
sobre el río Kwai. Estuve un buen rato silbando
la marcha, Caminando y silbando. Cuando la estrenaron yo tenía
siete años. Han pasado cuarenta y y sigo silbando lo
mismo. Quizás no existe otro lugar del mundo como Cuba
para ser uno y muchos al mismo tiempo. Pero as difícil.
Uno trata de aferrarse a un espacio pequeño y manejable.
Aturde saber que el mundo es tan inmenso. O que uno es tan
insignificante.
Ya era casi de noche.
Fui atravesando Centro Habana cono quien camina por zona de
desastre, hasta la bodega de Laguna y Perseverancia.
—¿Qué
tal, Lily? ¿Qué hay de nuevo?
—¿De nuevo?,
mira. Misericordia, que Dios lo tenga en la Gloria.
De la casa de al lado
sacaban un muerto en una camilla. Cubierto con una sábana
Lo metían en una ambulancia. Me pareció que
apestaba a pudrición.
—¿Quién
es?
Lily no me prestó
atención. Miraba fijamente a la ambulancia en las penumbras
de la calle. Se persignó dos veces y repitió
«misericordia». , Me quedé un rato en silencio,
recostado al mostrador. Dos negros entraron a la bodega. Lily
tenía una botella de ron y empezaron a beber. El muerto
era un marinero de cuarenta y tres años. Vecino desde
siempre. Seis meses atrás regresó de un viaje.
Traía una molestia en la lengua. Cáncer. Empeoró
muy rápido. Vomitaba sangre y apestaba. Estuvo unas
días inconsciente hasta que murió. Era un tipo
alegre. Quería curarse rápido para salir a navegar
de nuevo. Dejó tres hijos. Con tanto hijoputa suelto
por ahí y se muere este hombre que era un alma de Dios,
porque mejor que él con sus hijos y con su mujer no
lo hay en este barrio, etcétera. Escuché el
chisme y me fui. En los últimos días me entero
de muchos casos de cáncer. Todos se mueren de cáncer.
Seguí silbando la marcha sobre el río Kwai y
recordando que en casa no tengo nada de comer. Me quedan siete
pesos. Pasó un tipo vendiendo pizzas. Compré
una. Es un decir, si un italiano ve esta pizza se cae de espaldas.
Desabrida, fría y dura como la pata de un muerto. Me
la tragué. Me quedaron dos pesos en el bolsillo. «Dios
proveerá», decía una de mis suegras, cuando
yo tenía suegras. Bueno. Confiemos. Mañana es
otro día y ya se me ocurrirá algo.
En definitiva, así
es como uno vive: por pedacitos, empatando cada pedacito,
cada hora, cada día, cada etapa, empatando a la gente
de aquí y de allá dentro de uno. Y así
uno arma la vida como un rompecabezas.
No me gusta hablar de
las etapas de mi vida porque se remueve el dolor. Pero as
así. Uno vive por capítulos. Y hay que aceptarlo.
Mucha gente a mi alrededor estuvo inyectando rencor y odio
en mi corazón. El final era invisible: ingresar al
caos, seguir hacia abajo y no parar hasta el infierno. Cuando
estuviera asándome en aceite y azufre en llamas ya
no habría remedio.
Ya mi pellejo estaba
achicharrado y pestilente a gases sulfurosos cuando logré
detener la caída. Y comencé a recuperar algo
de lo mejor. Me costó trabajo. Nunca volví a
ser el mismo. Por suerte la vida es irreversible. Y sobre
todo, no seguí rodando hasta el infierno. Pruebas que
la vida te pone. Si no sabes o no puedes rebasarlas, ahí
te quedas. Y tal vez no tienes tiempo ni para despedirte.
El ascensor de nuevo
está roto y la escalera oscura, Sin un bombillo. Se
roban los bombillos, rompen el elevador, hacen más
y más entrepisos clandestinos para más y más
gente y en cualquier momento el edificio se desploma. Estoy
hasta los cojones de tanta miseria. Los bobos otra vez se
cagaron en un escalón entre el cuarto y el quinto piso.
Insoportable la peste a mierda fresca. El consejo de vecinos
intenta arreglar la cerradura de la puerta de entrada, para
mantenerla cerrada. Sobre todo de noche. De madrugada la gente
entra a hacer de todo en la escalera: templar, fumar mariguana,
cagar, mear. Pero es imposible cerrar esa puerta y lograr
que cada vecino tenga una llave. Es ingenuo. Esto fue un edificio
elegante de ocho pisos, con sus fachadas estilo Boston hacia
San Lázaro y hacía Malecón. Pero hace
años que es un aristócrata venido a menos.
Aquí sólo
viven negros, viejas desastrosas, un par de putas jóvenes
y otras ya destruidas que fueron putas de lujo en sus tiempos,
viejos borrachos, y decenas de guantanameros que emigran en
oleadas y nadie sabe cómo caben veinte en un cuarto.
Así y todo, los
ilusos del consejo de vecinos aspiran a mantener cerrada la
puerta y recuperar seguridad y tranquilidad en la escalera.
El edificio se cae a pedazos. Literalmente. No es metafórico.
Está junto al mar. Y tanto aire y salitre lo desmigajan
y no se sabe a quién acudir para repararlo.
En fin. No sé
por qué hablo de esto si no me importa. Pude irme en
una balsa. Tuve muchas oportunidades de irme en balsas que
hicieron mis amigos. Pero no, He navegado mucho en el golfo
y sé lo que es el Caribe. Me dan miedo las balsas.
A veces es malo saber tanto. Los ignorantes son felices. La
gente los cree valientes porque se lanzan a buscar Miami flotando
en un neumático de camión. Pero no son valientes
sino kamikazes.
La azotea está
tranquila. Menos mal porque aquí siempre hay revoltura.
Un calor horrible. Ni gota de brisa. El mar como un plato.
Será una noche bellísima de luna llena. Desde
el octavo piso se ve todo. Dentro de mi cuarto no puedo estar.
Tiene el techo de fibrocemento y es un horno. Hace falta un
aguacero para que refresque un poco. Me desnudo y salgo a
la azotea. Queda agua todavía en los tanques. Me baño.
Y me quedo por allí, secándome al aire. En la
azotea hay siete cuartos. El único que vive solo soy
yo. A la gente no le gusta vivir en solitario. A mí
sí, para no responsabilizarme con nada. Ni conmigo
mismo. Siempre fui demasiado responsable. Basta con eso. Ahora
a veces viene una vecina y se queda conmigo alguna noche.
Es una negra muy delgada y fibrosa, de treinta y dos años.
Nos gustamos y tenemos buenas orgías. Es muy negra
y tiene un olor fuerte en las axilas y en el sexo. Eso me
excita tanto que parecemos dos locos revolcándonos.
Pero hasta ahí. Nada más. Luisa se perdió
de aquí desde una noche que le tumbó trescientos
dólares a un tipo. La mulata creyó que tenía
una gran fortuna y no estaba dispuesta a compartirla con nadie.
Hace dos meses que no la veo. Cualquier día de estos
regresa haciéndome algún cuento y sin un centavo
en la cartera.
Hay toques de tambor
por todas partes. Se escuchan. Es 7 de septiembre, vísperas
de La Caridad del Cobre. Los tambores suenan desde muchos
sitios y recuerdo aquellas películas de exploradores
en el Congo: «Oh, los caníbales nos rodean.»
Pero no. Los negros sólo celebran a la Virgen. Eso
es todo. Negros de fiesta. Nada que temer.
Desde aquí arriba
se ve toda la ciudad a oscuras. La termoeléctrica de
Tallapiedra lanzando humo negro y espeso, que no se mueve.
No hay viento y el humo se queda tranquilo. Un olor como amoniaco
inunda la ciudad. La luna llena lo platea todo a través
de esa niebla densa de gas y humo. Casi no hay carros. Algún
auto por el Malecón. Todo en silencio y tranquilo,
como si no pasara nada. Solo los tambores que se escuchan
apagados y lejanos. Me gusta esta lugar. El mar se ve plateado
hasta el horizonte. Cuando ya no soporto más el humo
y el gas, entro al cuarto y cierro la puerta. Sigue el calor.
Refrescará más tarde. Sólo dejo abierta
la ventana pequeña que da al sur. Desde allí
se ve toda la ciudad, plateada entre el humo, la ciudad oscura
y silenciosa, asfixiándose. Semeja una ciudad bombardeada
y deshabitada. Se cae a pedazos, pero es hermosa esta cabrona
ciudad donde he amado y he odiado tanto. Me acuesto solo y
tranquilo. Nada de sexo. Demasiado sexo en los últimos
días. Hay que descansar un poco. Descansar y agradecer
a Dios y pedirle fuerza y salud. Sólo eso. No necesito
más. Tengo que evitar a los demonios, y ser fuerte.
En definitiva sin fe cualquier sitio es otro infierno.
© Pedro Juan Gutiérrez
Dejando atrás
el infierno es un cuento que está incluido en
el volumen Trilogía
sucia de La Habana, y en el compacto Nada
que hacer.
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